La Tetona de Fellini en suspensión

Sigo vivo. El articulo anterior no es la despedida de la Tetona de Fellini. Esta larga pausa, más de un mes, se debe a varias razones: 1) ahora tengo un trabajo de tiempo completo. La tetona de Fellini fue acariciada en el 2006 mientras hacia medio tiempo en mi tranquilo trabajo de medio tiempo, allá por el 2006, que terminó tristemente. 2) El festival de cine de Lima fue hace poco, asi que durante esos días, bendecidos por acreditaciones de prensa, vimos cuanta película fuera posible. 3) Estoy por mudarme (no a causa del terromoto, suerte mía) y cambios en mi vida se aproximan. Pero, al grano, la razón principal de mi demora es que estoy redactando el siguiente Especial de la Tetona de Fellini. Me reservo el tema, pero adelanto que implicó ver más de quince películas y será extenso. Aunque, eso espero, ameno y lleno de figuritas para quienes no quieren esforzar la vista. Estaré con lo nuevo pronto. Muchas gracias a quienes me leen y vuelven. La Tetona de Fellini todavía tiene para rato. "Leer nota completa" esta vez no te lleva a ninguna parte.


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Viaje alrededor de un nombre

¿Cómo empezar esta vez? Pensé que por mi cumpleaños me podía permitir ser atípicamente personal. Así pues, la única manera de “celebrar” mi existencia, pero sin dejar de hablar de cine, era eligiendo “Dersu Uzala” (1975). La relación entre los dos es trivial pero drástica (para quien escribe): mi madre tomó mi primer nombre de esta cinta de Akira Kurosawa. En mi recuerdo más antiguo en una sala de cine me veo presenciando “Dersu Uzala” a los seis años. Trascendental momento que apenas entendí, gracias a las explicaciones que mi mamá me susurraba. Desde entonces tuve que referirme a esta película muchísimas veces para responder a la simple curiosidad del prójimo. Pero hoy todo es diferente. Renuncié, hace varios años, a seguir siendo Derzu y decidí hacerme llamar por mi segundo y silvestre nombre, Andrés. Y, para mi gran pesar, desde hace dos meses, mi madre ya no puede llamarme de modo alguno.

Hoy, mi cumpleaños ya está a muchas horas de distancia (18 de Junio). Decidí que este nuevo encuentro con “Dersu Uzala” no podía ser en solitario, por eso esperé hasta que fuera posible congregar a otros alrededor de una película de dos horas y media. Finalmente, cuando la justificación cumpleañera ya no existía, la ví con mi novia Juana y mi hermano menor, Vladimir. Como pasó conmigo la primera vez, mi hermano cayó completamente dormido.

Ahora que puedo hacer averiguaciones me entero que “Dersu Uzala” fue una película muy apreciada. El movimiento ecologista, todavía reciente en esos años, debió haberse sentido muy inspirado con este gran relato sobre la armonía entre el hombre y la naturaleza. Para comenzar prácticamente salvó una vida, la de su director, Akira Kurosawa, antes inmerso en una honda depresión (con intento de suicidio) a causa del fracaso de su anterior trabajo. La reconciliación consigo mismo (de paso con la crítica y el público) sería posible gracias a que la Unión Soviética se interesó en producir su viejo proyecto de adaptar el clásico de la literatura rusa, “Dersou Ouzala”. El libro fue escrito por Vladimir Arseniev, un geógrafo que por encargo del Estado exploró la Siberia Oriental a principios del siglo XX. En medio de ese territorio entonces poco conocido por el europeo, Arseniev cuenta en su libro haberse encontrado con el anciano cazador Dersu, quien sería su gran amigo y guía a través de la taiga, la selva siberiana.

Dersu es el arquetipo del hombre fusionado a la naturaleza. Toda su familia fue víctima de la viruela, por eso Dersu vaga solitario por la taiga cazando (con extraordinaria puntería) lo indispensable para continuar su existencia austera. Conoce como ninguno las señales del bosque, capta los mensajes de la naturaleza y de su multitud de “gentes”. Para él todo fenómeno natural tiene ánimo y anuncia algo. Es bondadoso por instinto y se sorprende de la ambición y el egoísmo. Todo esto fascinó al Capitán Arseniev y ambos entablarían una profunda amistad. Este encuentro entre dos opuestos, la civilización y la naturaleza, es precisamente tema principal del film. Solos en la taiga, el Capitán y su expedición no habrían sobrevivido. Por eso, Dersu inmediatamente se vuelve esencial. Incluso salva la vida del Capitán en una magnifica escena (la única que recordaba desde los seis años) en la que en medio de una tormenta helada, Dersu logra levantar un refugio utilizando hierbas y el teodolito del Capitán. Sin embargo, para Dersu el mundo de la ciudad no puede significar ningún bien. Cuando comienza a perder la vista, el anciano acepta la invitación de vivir en la casa de su amigo. Pero allí se sentirá infeliz, incapaz de entender las reglas de la convivencia urbana. Decide, entonces, regresar al bosque pero no imagina que llevará consigo lo que sería una trágica intromisión del progreso: un rifle moderno que Arseniev le obsequia.

Quizá por una falla de la memoria o un error tipográfico, yo terminé inscrito como “Derzu” con “z”. La pronunciación también sería deformada. Al revés del original, a mí me llamarían con la fuerza de voz en “Der”. Oídos distraídos aportarían también brutales mutaciones en formas que van desde “yerson” hasta “versus”. Estas desviaciones quizá anticipaban mi futura condición de ser un Dersu en negativo, un sarcástico homenaje. A las bondades de Dersu, yo antepondría un egoísmo entusiasta, miopía, vanidad de a pie, escepticismo vicioso, parálisis urbanita y la capacidad de desconexión total de cualquier mensaje que no sea dicho a gritos y en letras grandes. Es decir, simple alimento para osos en Siberia. Si a todo esto consuelo hiciese falta puedo anotar que, irónicamente, yo Derzu con “z” desde hace tiempo trabajo para quienes se preocupan por proteger la naturaleza y la sobrevivencia de los Dersu con “s” del mundo. Me refiero al movimiento ambientalista. Si no fuera consuelo suficiente (de seguro no lo es), puedo pensar que si bien no fui iluminado por Dersu, de hecho lo fui por “Dersu Uzala”, la película de Kurosawa. Quien sabe si la semilla de mi amor por el cine no fue plantada por aquella remota pantalla cinemascope donde Dersu y el Capitán resistieron la tormenta helada, frente a mis ojos, y vieron el sol salir la mañana siguiente.

Pero si alguna identificación con Dersu es factible, inevitable sería pensar en mi madre, que eligió este nombre fascinada por un personaje cuya filosofía, a su manera, ella siguió durante toda su vida. Mi mamá desde joven fue apasionada de la medicina natural. La estudió y practicó con éxito muchas veces. Su estilo de vida estaba guiado por la certeza de que si tu cuerpo se sentía bien, ningún pesar racional o emocional podía derribarte. Con esta visión ejerció variedad de habilidades y oficios, ninguno de ellos sentada frente a un escritorio: nadadora, actriz, profesora de teatro (principalmente), instructora de yoga y tai chi. Pero fue un infortunio, de esos malos de verdad, el que la inmovilizaría. Le descubrieron un cáncer de seno cuyo tratamiento la obligó a recurrir a la medicina tradicional, en la que nunca confió, y peor aún, en una de sus formas más agresivas, la quimioterapia. Meses después, la enfermedad se complicó sorpresiva y drásticamente. Sobrevinieron increíbles dolores de cabeza y su capacidad para caminar quedo muy afectada. Tuvo que ser hospitalizada durante casi un mes. Al salir de alta, enflaquecida y en silla de ruedas pero algo más restablecida, se propuso seguir combatiendo el cáncer con el tratamiento natural más radical de su vida. De acuerdo a lo indicado por su médico naturista, tomaba extractos cada hora, vitaminas e infusiones de hierbas chinas. Mostró signos de mejora y hubiera seguido adelante si la enfermedad no hubiese estado tan avanzada y su cuerpo tan debilitado por quimios y radioterapias. Falleció en Abril, a los cincuenta y un años. En su mente, inclusivo en agonía, sé que una tenue esperanza de sanar se mantenía encendida.

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La gran casa de las muñecas

Del menú del cine para caballeros ningún plato más surtido que una película de Cárceles de Mujeres. Los más alocados ardores de la fantasía masculina encuentran placer aquí. Para ti que buscas engreír tu misoginia, o si apreciar bellezas acaloradas por el deseo es lo que te emociona, mujeres en prisión es el aliciente indicado. Un subgénero que urdió tramas donde la desnudez, la tortura y el lesbianismo son rutinas de la vida carcelaria. Mujeres enjauladas que en su largo cautiverio nunca llegarían a preguntarse: ¿cómo es posible que aquí todas seamos tan sexys?

La respuesta es que habitan “The Big Doll House” (La gran casa de las muñecas, 1971), una de las primeras cintas de cárceles de mujeres con intenciones meramente explotation. Las heroínas encarceladas no eran cosa nueva en el cine, desde los años treinta inspiraron melodramas retorcidos donde las protagonistas recibían escarmiento por algún pecadillo o soportaban la desgracia de ser apresadas siendo inocentes (en más de un sentido). En los cincuenta, estas películas fueron menos panfleto moralista y más solapada truculencia para mentes aficionadas a la fotonovela, las escándalos y la sección policiales. Una vez ocurrida la revolución sexual gringa, en los setenta, el cine de cárceles femeninas se convertía en terreno para la fantasía sadomasoquista de las masas. Si antes los argumentos eran pocos realistas ahora hasta impresionaban a los psicoanalistas. Los ingredientes estaban dispuestos, y aunque combinados componían un insulto a la inteligencia, podían ser todo un halago al paladar: reas esculturales uniformadas con microfaldas, peleas de “gatas” (con desgarramiento de ropa), duchas colectivas, inspección de cavidades corporales, bellas adictas a la heroína, guardianas nazis sadolesbianas, toqueteos de apaciguamiento, trabajos forzados con camisetas mojadas, lesbianismo desatado, hembras violadoras, rebeldes escarmentadas y tímidas torturadas. Además como toda película de cárceles que se precie, el objetivo supremo no podía ser otro que la fuga, con el expendio de municiones, explosiones y apuñalamientos que ello suele requerir.

“The Big Doll House” fue una producción del maestro de las películas de bajo presupuesto, Roger Corman. Para inaugurar su nueva empresa, New World Pictures, Corman envió a su director protegido, Jack Hill, con unos fajos de billetes y media docena de hermosuras a la lejana Filipinas, donde todo era más barato. Al regreso cada dólar que cruzó el océano se multiplicó en dividendos exorbitantes al estreno de “The Big Doll House” en el circuito drive-in de Estados Unidos. En nada opacó la torpeza histriónica el brillo de una nueva estrella del cine de medianoche, Pam Grier. Una guapísima actriz negra que había renunciado a su trabajo de recepcionista para unirse al elenco. El éxito le proporcionaría roles de prostituta, sensual vengadora o drogadicta en muchas cintas blaxploitation, muy recordadas algunas como “Coffy” (1973) o “Foxy Brown” (1974). Finalmente, en los noventa, Grier sería redescubierta por un admirador, Quentin Tarantino, para lograr su consagración mainstream protagonizando “Jackie Brown” (1997).

Pero ¿cuál es el argumento de “The Big Doll House”? Entramos en calor con la canción “Long Time Woman”, cantada por Pam Grier, mientras las chicas son traídas en jaulas hacia el presidio de una banana republic. Crímenes: desde espionaje hasta prostitución. Condenas: 99 años de trabajos forzados. Por suerte, el penal no está muy al día en tecnología de máxima seguridad. Las instalaciones se ven de lo más precarias y el control de las reclusas está en manos de un puñado de menudas asiáticas, lideradas por la estricta Miss Dietrich (garrote y minifalda). En las celdas las internas, siempre limpias y bien peinadas, se entretienen con carreras de cucarachas. Los rigores de la vida carcelaria incluyen ser torturadas por orden de un hombre misterioso en un sillón. Los deseos contenidos impulsan a una de la presas a forzar a Harry, vendedor de frutas y golosinas, a fornicar con ella, cuchillo en mano: "Get it up or I'll cut it off!" (Levántalo o te la corto). Y que mejor manera de resolver las disputas por el liderazgo que una pelea en el barro.

Dicen que Roger Corman quedó impresionado con los excesos de “The Big Doll House”. Yo no estaría tan seguro, quizá mi percepción ya esté curtida de tantos retorcimientos visuales, por lo que encontré la película moderada en desnudez y violencia. Inclusive en la escena de la ducha, las actrices están bastante conscientes de no mostrar sus pechos más de lo que exige el guión. Sin embargo, para aquellos tiempos, la película dio con una formula que propició la aparición casi inmediata de otras por el estilo, cada cual sumando más contenido explicito a medida que los grilletes de la censura se iban aflojando.


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Falsificaciones turcas

¿Batman en Lima? ¿Acuamán en La Paz ? ¿Hulk en El Cairo? ¿El Hombre Araña en Bombay? Superhéroes en visita extraoficial al Tercer Mundo. Sin licencias que los acrediten, los héroes importados fueron capturados por el cine popular en países de bajo presupuesto. En Turquía, cuya cinematografía recreó sin trámites ni pudores muchos refritos occidentales, arribó de contrabando el ataúd de Killing, temible villano de la fotonovela italiana. Su maldad en tierra turca se tituló “Kilink Istanbul'da” (Kilink en Estambul, 1967), blockbuster nacional. Pero Killing era a su vez reflejo de otro personaje, Kriminal. En el mundillo de los enmascarados las extrañas coincidencias, por no decir los plagios, eran cosa frecuente. Así que ladrón que roba a ladrón…no paga derechos de autor.

Ningún otro villano hubiera podido elegir atuendo más contundente que Kriminal. De todas las apariencias posibles, este maestro del disfraz escogió como su uniforme una calavera de pies a cabeza, por delante y detrás. La Muerte personificada en una historieta donde el malvado siempre reía al final. En el comic de los 60´s, el antihéroe podía ser el protagonista, su mundo de violencia y el sexo era el anzuelo para el morbo juvenil. En este caso, Kriminal, personaje inglés creado en Italia, lucía una crueldad grotesca y su amante Lola Hudson aportaba el trazo de sus curvas. Casi en simultáneo, Kriminal es reciclado con otros personajes para dar origen a Killing en la fotonovela, varios puntos más arriba en la escala del sadismo.

Como en muchas partes, entre toda la marea de productos extranjeros debió llegar Killing a Turquía. Por esos años, mediados de los sesenta, la serie de televisión Batman era popular en todas partes. Si se falsifican marcas gringas para vender con publicidad gratis, lo mismo solía hacer una industria cinematográfica pobre. El brevemente prospero cine turco se apropió de cuanto personaje circulara con popularidad. Productores ávidos en hacer dinero invocaron a los superhéroes y estos acudieron en duplas imposibles (Santo y el Capitán América), como híbridos deformes (Superman cruzado con Batman), cambiando de bando (Hombre Araña como villano) o resistiendo enemigos ajenos (Superman contra Fantomas).

“Kilink Instanbul'da” (1967) es vestigio de aquella “edad de oro” del cine turco. Periodo en que un puñado de productoras se cebaron con dinero a base de ideas robadas, presupuestos bajos y rodajes en tiempo record, pero una vez pasada la bonanza no quedaría tras ella una industria nacional establecida. “Kilink en Estambul” es una clásica mezcolanza de referencias que su director, Yilmaz Atadeniz, culminó en tres semanas. Tenemos al villano cadavérico y megalómano, un superhéroe con la “S” de Superman y la máscara de Batman, y una banda sonora plagiada de James Bond.

Killink se traslada de Inglaterra a Turquía en un ataúd. En Estambul, sus secuaces lo resucitan (es curioso, pues Kilink no está muerto, la calavera es sólo un disfraz, como después afirmaría) y sale en busca del Dr. Houloussi, científico que ha dado con la formula para crear el arma más destructiva (Kilink aspira al dominio mundial, por si no lo saben). El científico se niega a revelar el secreto, Kilink lo mata, secuestra a su hija, la tortura en una mazmorra. No es suficiente, entonces secuestra y tortura a más gente, pero la esquiva formula sigue oculta. Mientras tanto, el hijo del Dr. Houloussi es bendecido por un espirito bienhechor llamado Shazam que lo convierte en Uçan Adam (Superman), relleno con esponja en brazos y pecho. Cuando no está urdiendo complots o amenazando a sus subordinados, Kilink goza de la compañía de bellezas turcas, a quienes abraza o tortura de acuerdo a su ánimo.

“Kilink Instanbul'da” fue tal éxito de taquilla que los productores deliraron de avaricia. El mismo año estuvieron terminadas las dos siguientes partes en las que enfrentó enemigos tal inesperados como Frankestein y Mandrake. En el tope del oportunismo, crearon una versión femenina de Kilink (Disi Kilink), con la máscara de calavera pero exhibiendo tetas y nalgas nada mortuorias.

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Añejos instrumentos de placer

Una de las primeras cosas en registrarse con aquel invento llamado cinematógrafo fue, sin duda, el apareamiento humano. Baratísimo en producción, infalible en rentabilidad, el porno es el llamado a ser el veterano de los géneros. Su invocación a lo más imperativo de lo humano le aseguró una prospera sobrevivencia contra incontables perseguidores. Al iniciarse los 70´s, década que los críticos pornófilos recordarían como la edad dorada, apareció el documental “History of the blue movie” (1970) repasando el género desde sus expresiones prehistóricas hasta aquel momento, cuando hacia discreto ingreso en la sociedad diurna. Todavía lejana estaba su cibernética apoteosis.

De cierto modo, “History of the blue movie” de Alex de Renzy es el recuento de la noción de lo prohibido en la mente del espectador. La cuota de morbo de la platea daba sentido al “blue movie”, por lo tanto es una historia de pudores y fetiches desde el lado masculino del mundo. “Blue”, en USA, es el color de los chistes subidos de tono (los que nosotros llamaríamos “colorados”) y es precisamente de ese repertorio de humor susurrado de donde las primeras producciones pornográficas toman su formato y argumentos. Un buen ejemplo sería “A Free Ride”(1915), el primer corto del documental y quizá el material pornografico más antiguo que se conserva, donde un caballero convence a dos muchachas a ir de paseo al campo en su auto último modelo (para la epoca). Ya imaginarán lo que sucede, lo curioso es que el desencadenante de la excitación femenina es ver al tipo orinar. La moraleja es: en los lugares sin testigos “men are men” y “girls are girls”.

Estos cortos de humor grueso y sexo explicito, conocidos también como “stag films”, eran artículos de lujo, accesibles solamente a burgueses hedonistas y dueños de burdeles. Eran de producción clandestina y anónima, no había actor que se atreviera a exhibir su nombre real y a veces ni siquiera su rostro. Las actrices enmascaradas eran cosa frecuente y los directores renunciaban a la gloria ocultándose en sus seudónimos. “A Free Ride” está realizada por un tal “Will B. Hard”, por ejemplo. La mayor parte de este porno arcaico se ha perdido, pero gracias a la colección fílmica del Dr. Kinsey, “History of the blue movie” obtuvo sus referentes más lejanos.

Una de las piezas más extraordinarias de esta recopilación es el primer cartoon porno “Buried Treasure” (Tesoro Enterrado, 1929) de excelente factura para su época. Se presume que es obra de un equipo de animadores, principalmente Walter Lantz, creador de “El pájaro loco”, como regalo de cumpleaños para Winstor McCay, uno de los pioneros de la animación en el mundo. Qué conmovedor regalo debió haber sido, pues el corto es una delicia. Un hombrecillo, con un enorme pene con vida propia, divisa a lo lejos una mujer masturbándose. Utilizando sus tres piernas corre hacia ella para enterrar su "tesoro", pero el pene huye despavorido atenazado por un cangrejo (¡de hábitat vaginal!). El hombre recupera su miembro, cual gato asustado, pero nuevamente se meterá en problemas llamémosle contranaturales.

En los cincuenta se popularizaron los cortos de strip tease, los “nudie films” y las máquinas tragamonedas que permitieron a tantos adolescentes la oportunidad de dar un vistazo fugaz a una mujer en ropa interior, o incluso desnuda si el vil metal se lo permitía. Que tortuosa frustración debía producir la aparición del cartel “insert one more coin” (inserta otra moneda) justo cuando por fin podía entreverse una teta o una nalga. Peor aún al descubrir que el fragmento siguiente sólo mostraba el rostro de la mujer haciendo muecas a la cámara.

Como documental, “History of the blue movie” puede ser acusada, con razón, de utilizar un formato mucho más exhibicionista que histórico, oportunismo que no era novedad a principios de los setenta. Por aquella época, algunas producciones pornográficas comenzaban a burlar la valla de la censura alegando su calidad de estudio científico, aunque con la virtud de producir erecciones. Alex de Renzy ya había debutado en el mundillo con otro documental excitatorio, “Pornography in Denmark” (1970), sobre los liberales daneses y su legalización pionera del porno. Su siguiente obra, “History of...”, tampoco ocultaba sus intenciones, aunque en este caso lo pintoresco de la mayor parte del material y los comentarios irónicos de un narrador dan al conjunto un sentido mucho más humorístico que excitante. Sin embargo, en tiempos remotos, el público los disfrutó con toda la picazón de lo prohibido, que daba más placer rascarse. Quizá por eso se respeta la extensión de las piezas recopiladas como invocando sus añejos poderes de placer.

“History of the blue movie” concluye el repaso con un corto del mismo Alex de Renzy para ilustrar el porno “actual”, inspirado en la liberación sexual y las atmósferas psicodélicas. Justo en ese momento se estaba iniciando el mejor periodo del género, los setenta traerían al porno sus primeros y único clásicos, como “Deep Throat” (1972), “Behind the green door” (1972), “The Devil in Miss Jones” (1973), “The Opening of Misty Beethoven” (1976) o “Pretty Peaches” (1978), esta última dirigida tambièn por Alex de Renzy. Pero décadas después la tecnología traería nuevos gustos y formatos. En la producción noventera de un anciano De Renzy, la palabra “anal” antecede casi todos los títulos.


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Los dominios del escorpión

El hombre bajo el influjo de Escorpio. La vieja estética y la represión cristiana son derribadas, en su lugar domina un caos de cuero negro y rugidos de motocicletas. El film “Scorpio Rising” (1963) es la celebración de una nación clandestina. Poses desafiantes, pechos al descubierto, braguetas protuberantes celebran la belleza del sexo fuerte de una manera que sólo puede ser gay. Ni Cristo ni sus alegres discípulos se libraron del poder del Escorpión.

“Scorpio Rising” de Kenneth Anger es un corto, de treinta minutos, decididamente provocador para su época. Su estilo personal, no narrativo y donde la música pop domina como única banda de sonido, despejó el camino para la posterior llegada de los video clips. “Scorpio Rising” es un collage donde la muerte se asoma, representada por cráneos de todo diseño. La iconografía del cuero negro, el cromo, las calaveras y esvásticas de las bandas de motociclistas, se mezcla, de manera nada inocente, con estampas varoniles del cine (Brando, Dean) y un repertorio musical a lo Top Ten (Ray Charles, Elvis Presley, Martha and the Vandellas). La ruptura más llamativa de “Scorpio Rising” frente al cine hollywoodense de su época fue justamente la yuxtaposición de temas pop con imágenes. Puede parecer que la música va en su propia dirección, como si fuera una transmisión radial, pero coincide muchas veces y aporta al conjunto una ironía sediciosa y sutil.

Pero la mayor audacia de “Scorpio Rising”, que inevitablemente la proscribió en su momento, fue expresar abiertamente las preferencias homosexuales de su autor. Mandíbulas viriles, pechos trabajados, cinturas y cuellos adornados con metales son algunos de los fetiches que se invocan una y otra vez. Confundiéndolos entre los mitos americanos, “Scorpio Rising” teje un “machismo romántico” donde la rudeza es erótica y donde toda aparición masculina desliza un guiño gay. Incluso hasta llegar a la herejía: alternado con imágenes de una carrera de motos y un enmascarado nazi, Cristo y sus discípulos (fragmentos de una remota película educativa) se unen a este desfile, de fondo la canción (“He´s a Rebel” de Crystals) proclama, cual sermón: “No hay razón para que no le de mi amor”.

Cortometrajista desde los once años, Kenneth Anger fue de los primeros cineastas norteamericanos en reconocer su homosexualidad y expresarla sin disfraces en toda su obra. Cosa tan peculiar para la época, que un corto suyo, el primero en recibir cierta notoriedad, “Fireworks” (1947) llamó la atención del Dr. Kinsey en su rastreo de material sobre las “peculiaridades” de la conducta sexual de los gringos. Al conocerse se harían amigos, Anger colaboró con Kinsey con el archivo fílmico, donde él mismo habría sido registrado masturbándose.

Desde su temprana juventud, la pasión principal de Anger fue el ocultismo. Su cine hace constantes referencias a las ciencias ocultas, en “Scorpio Rising” tenemos un signo astrológico vinculado a la fuerza y la transformación. Anger comulgó con Thelema, credo fundado por Aleister Crowley, un pensador que proclamaba, a principios del siglo XX y en la Inglaterra reprimida, la sexualidad libérrima y la experimentación con alucinógenos, rodeándolas de una densa coraza mística.

Su selecta agenda de contactos incluía también a Anton LaVey, fundador de la Iglesia de Satán, los Rolling Stone, la familia Manson, Jimmy Page y seguramente una larga lista de estrellas, que aprovechó para ganar notoriedad con la publicación de un libro sobre escándalos faranduleros: “Hollywood Babylon” (1958).

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