El verdugo aterrado



En Lima, el Centro Cultural de España tenía una alternativa cada vez que la película programada no llegaba a tiempo. Cuando el público ingresaba a la sala, luego de una cola de dos cuadras, se encontraba con el cartel: “Lo sentimos, por razones de fuerza mayor en lugar de X proyectaremos “El Verdugo” (1963) de Luís García Berlanga”. Nadie se puede quejar en un cine gratuito, además, en vista de la espera, peor es irse sin película. Cuando me sucedió, anunciaban “Tango” de Carlos Saura, a la salida sentí que difícilmente el titular podía haber sido mejor que el suplente.

Desde luego, “El Verdugo” era una opción infalible para olvidar la decepción. Una de las comedias españolas más queridas de un director rebelde y erotómano, Luís García Berlanga, cineasta en la lista negra durante el franquismo y puesto después entre los más altos nombres del cine español. La realización de “El Verdugo” ya fue en sí misma un acto arriesgado. Hasta ahora se preguntan cómo pudo Berlanga salir adelante con un argumento así, en tiempos donde no estaba permitido mostrar una visión crítica, y menos aún, socarrona, de la realidad de España. “El Verdugo” es una agria comedia centrada en el empleo más oscuro de un Estado que aplica la pena de muerte: el encargado de, mediante el garrote vil, “ajustarle la bolilla al pescuezo más incivil”, en palabras de Javier Krahe. La primera en fijarse en ella fue, desde luego, la censura que le limó las uñas reduciéndole hasta 25 minutos de metraje. Aún así, “El Verdugo” obtuvo el reconocimiento del público cuando pasó la ventolera. Repuestos sus fragmentos recortados, hoy es uno de los mejores films españoles de todos los tiempos.

Escrita con Rafael Azcona, colaborador frecuente de Berlanga y guionista de varios clásicos, “El Verdugo” parte de la idea que hasta el propio ejecutor puede temblar de nervios a la hora de matar. José Luís es empleado de una funeraria, conoce a Don Amadeo, el verdugo, y a su hija Carmen, candidata a solterona por el lúgubre oficio de su padre. Como su empleo tampoco lo convierte en un buen partido, José Luís se acerca a Carmen, tanto que pronto es sorprendido por Don Amadeo con los pantalones abajo. De un momento a otro, se ve obligado a casarse y asumir el puesto de verdugo cuando Don Amadeo se jubile, es decir, inmediatamente. A regañadientes, José Luís acepta por el beneficio de recibir una vivienda del Estado. La idea de algún día ponerse detrás del garrote lo aterra constantemente. Hasta que llega una carta.

El momento más divertido de la cinta es el más dramático para el protagonista. Camino al patíbulo va tranquilamente el condenado, tras él, el verdugo, a punto de desmayarse, conducido por los carceleros. Recuerdo cómo todo el público se caía de risa. El humor de “El Verdugo” proviene del patetismo, de las frustraciones cotidianas, de la desesperanza de los personajes, ya bastante fastidiados por la pobreza y los prejuicios de clase. La desgracia ajena puede ser de lo más divertida. Quizá por eso a los críticos (oficiales) no les hacía gracia que “El Verdugo” ventile las desgracias de España: el desempleo, la falta de vivienda, la marginación. Cosas con las que los pobres vienen a molestar de vez en cuando y se ven tan mal en la pantalla.


3 comentarios:

le mutante dijo...

es bueno cuando el cambio es para mejor. las veces que me pasó en el festival de la cinemateca no fue demasiado positivo, menos cuando dejaste otras pelís que SI te interesaban por ver ESO que no habías elegido.

tango la voy a ver en breve, esta semana está en cartel. la alternativa ya veré cuando tenga ese honor.

Rosenrod dijo...

Pues creo que sí que saliste ganando. Me alegra que la película siga funcionando con tanta fuerza como en su momento... ¿o eso, en realidad, debería desazonarnos?

Un saludo!

Oscar Pita Grandi dijo...

Como dices, te ganaste y cine, es cine.