La fascinación del sadismo

¿Cómo lidiar con el pasado que más ha asqueado a la gente consigo misma? Tal vez encontrándole un gusto retorcido a ese asco. Si hay películas que nos han golpeado la retina con severas representaciones del Holocausto, hubo otras que lo utilizaron como vago pretexto histórico para fantasear sádicamente. Olvídate de los desdichados con la piel pegada a las costillas y de la alienación de miles que abrazaron el nazismo. Olvídate de las razones y el después. “Ilsa, She wolf of the SS” (1974) te presenta a una comandante nazi, aunque cruel como ninguna, pero rubia, pechugona y ninfómana. La desnudez de los prisioneros no es de lamentar. Muchachas esbeltas con copiosas matas de vello púbico y buena disposición para resistir experimentos macabros. Con ustedes, el Naziexplotation. La misma misoginia, y más sangre, pero además esvásticas, cuero negro y retratos de Hitler.

Los más malvados entre los villanos. El Nazismo produjo, para el asco y el cine explotation, dos personajes cuya crueldad se derramó más allá de lo requerido. Sádicos vocacionales como el médico Josef Mengele y la guardiana de prisión, Ilse Koch. El primero fue el peor. Mengele profesó la “mala práctica” como nadie y fue el más amarrete con la anestesia. Practicó con prisioneros cuanta ocurrencia tuvo sobre una mesa de operaciones. Tenía predilección por los gemelos e intentó descubrir una manera de “producirlos”. Cuando acabó la guerra fue uno de los más afortunados. Huyó a Sudamérica y más de una vez se salvó de ser capturado. Murió viejito, en Brasil, sin que nadie pudiera siquiera escupir en su lápida, que además tenía un nombre falso. Dicen las malas lenguas que sus experimentos con gemelos continuaron en Brasil, esta vez con éxito, pues existe un pueblito allí, Cândido Godói, con el mayor porcentaje de gemelos en el mundo y todos con rasgos arios. Pero esa es otra historia. Hubo varias películas, incluso un canción trash metal, inspiradas en los crímenes de Mengele, el “científico loco” menos imaginario.

 El caso de Ilse Koch es menos espectacular. Su mayor vileza es un rumor sin confirmar. Su esposo comandaba un campo de concentración y ella era la jefa de las guardianas. Con gusto por el decorado de interiores, Ilsa ordenaba extirpar los tatuajes más llamativos de los prisioneros y, según la leyenda, convertía esos jirones de piel en pantallas para lámparas. Nunca se encontraron las lámparas pero si la colección de “pieles” adornando la salita de su casa. Ilse también fue acusada por torturar prisioneros y obligarlos a tener sexo entre ellos para su deleite. Pero Ilse no gozó de la protección del ángel de la impunidad. Antes de terminada la guerra, los mismos alemanes les echaron el guante por sus excesos. Su esposo fue condenado a muerte y ella enviada a prisión por un tiempo. Luego los norteamericanos la volvieron a encarcelar y, en 1967, la mujer se ahorcó en su celda.

No habría servido para impedir ese suicidio, más bien al contrario, saber que poco tiempo después Ilse Koch sería invocada como parte de otro esperpento del cine sensacionalista. A decir verdad, tampoco han servido de mucho los párrafos anteriores para explicar “Ilsa, she wolf of the SS” (1974). Podría decirse que su protagonista es un cruce entre Josef Mengele e Ilse Koch en el cuerpo de una madura ex bailarina de Las Vegas. Del primero heredó el sádico interés científico, de la segunda, el carácter de verdugo libidinoso y de la última, un buen par de tetas.

 Inmediatamente después de un solemne cartel que informa de la inexactitud histórica de los hechos representados e invita a que “esos monstruosos crímenes no vuelvan a ocurrir”, vemos a Ilsa desnuda y montada sobre un prisionero. “¡No, todavía no! ¡No, por favor!”, le dice ella entre jadeos, pero el hombre no puede evitar venirse. “Deberías haber esperado”, le dice Ilsa, ahora con un tono de voz más preocupante. El amante incontinente acaba de caer en desgracia. Como ocurrió con los anteriores, su insatisfactorio desempeño será castigado con la castración, que ella misma realiza con una cuchilla diseñada para este fin. Así Ilsa, durante toda la película, tiene dos obsesiones, de placer y de Ciencia. El placer: encontrar entre los prisioneros un hombre de control eyaculatorio absoluto. La Ciencia: demostrar que las mujeres son capaces de resistir más dolor que los hombres, y por lo tanto pueden ser soldados.

Como será de poco contenida esta película que David F. Friedman, su productor, nada conocido por su recato, prefirió no ponerle su crédito. Friedman había sido el productor de “Blood Feast” (1963), considerada la primera película gore, y de otras tantas marranadas de Herschell Gordon Lewis. En los 50´s, Friedman se había iniciado enlatando señoritas desnudas, las Nudie Cuties, y a medida que el mercado de las pieles se fuera saturando, Friedman terminaría produciendo las “Roughies", las ruditas, latas con mucho más picor, pues incluían sexo simulado y buenas cantidades de violencia. Para los 70, llegó al tope y prefirió hacerse el loco con el crédito, para que no le vaya a traer mala fama.

Años atrás, Friedman ya venía explotando con éxito películas baratas sobre campamentos nazis, donde podía explayarse con el sadismo y economizar pretextos argumentales. “Ilsa, la loba Nazi” iba ser una más. La filmaron en el set de una serie de televisión cancelada, que pudieron utilizar gracias a que su guión decía que al final quemaban la locación y así los dueños se ahorraban la demolición. Con una vieja locación de la Segunda Guerra Mundial a disposición, ya sólo se necesitaban algunos uniformes y pijamas, unas cuantas chicas de buen ver y un muchacho habilidoso en efectos especiales del tipo sangriento. No se esperaba que el muchacho, esta vez uno llamado Joe Blasco, recién iniciado en el oficio de maquillar cuerpos y dejarlos como si les hubieran dado la peor paliza, haría un trabajo tan eficiente en “Ilsa, la loba Nazi”. Así que la película resulto muy llamativa, se vendió muy bien y hasta tuvo secuelas oficiales y apócrifas. Se le considera la mejor representante de un difuso sub-género, el naziexplotation, que no es otra cosa que women in prison pero con parafernalia del tercer reich.

“Ilsa, la loba Nazi” es una película vil. Uno no sabe qué escribir. La crítica de cine no tiene herramientas para valorar este tipo de películas. ¿Debemos escarbar y preguntarnos por las oscuras pulsiones mentales que las demandan? ¿O debemos simplemente calificarlas de “basura” y recomendar que sean evitadas? Como espectador tuve la esperanza que el humor, voluntario o no, aligeraría lo detestable de las situaciones. Pero hay que hacer un esfuerzo para reír aquí, el sadismo lo abarca todo. Ilsa es una malvada a sus anchas sin nadie que le haga frente. Consigue un semental, un prisionero norteamericano para variar, orgulloso portador del “don” de venirse a voluntad. Y en la sala de experimentos, luego de haber torturado a varias mujeres gritonas, Ilsa encuentra a una que no emite ni un gemido. La tortura con esmero y la víctima se queda muda, con lo cual nuestra científica confirma su teoría acerca de la resistencia de las mujeres. Luego vienen otros nazis a la casa y arman una fiesta. A un tiempo, el anodino héroe, que ha estado muy ocupado demostrando su propia habilidad, aprovecha ser el único que puede coger a Ilsa con la guardia baja.

Lo que queda entonces, después de tan ingrato visionado, es preguntarse por aquellas oscuras pulsiones detrás. Es bien sabido que mucho antes del cine de explotación existió el Coliseo Romano. Los antiguos no iban a esperar que se inventara el cine y sus inocuas convenciones, para disfrutar de un espectáculo que brinde una ilusión de dominio sobre lo más temido: la muerte. Somos los únicos seres vivos conscientes de nuestro propio fin, entonces la mente, que no puede aceptar la idea de perecer, tiene que inventar maneras de lidiar con la muerte que nos ayuden a vivir. Una de las formas que hemos encontrado es matando a otros. Quitarte la vida es apartarte de todo lo que tienes. Nada puede hacernos sentir más poderosos que cuando controlamos la muerte de otros. Y esa es una idea demasiado poderosa que todos, dementes o con certificado de sanidad, guardamos en algún sótano de la mente. Pues para aliviar estos impulsos están estas películas. Mejor irse al cine, observar una representación de lo que te gustaría hacer contra los que te desprecian, volver a tu casa, meterte en la cama y pensar que mañana será otro día. En el caso específico de “Ilsa, She wolf of the SS”, y en todo el cine women in prison o naziexplotation, los espectadores pueden además aplacar sus pasiones misóginas. Mujeres que te rechazaron, que jamás te miraron o que te partieron el alma, aquí puedes encontrar satisfacción a tu despecho. Lo más hermoso reducido a carne y sangre. Luego puedes intentar nuevamente reconciliarte con las mujeres.

Tampoco hay que darle mucha vuelta. Todavía los intelectuales no encuentran una explicación convincente de cómo fue posible que el humano hiciera cosas tan terribles como el Holocausto. Tampoco entendemos del todo la existencia de tantos holocaustos vicariales del cine, pero ahí están, ayudándonos con su locura a mantenernos cuerdos.


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7 comentarios:

Alvaro G. Loayza dijo...

Andrés, como siempre la Tetona es un nicho de extravagancias que te permiten apreciar por que extremos confines merodeo el cine en sus diferentes géneros e "Ilsa..." es otro elocuente ejemplo de eso. Otra vez, felicidades por el esfuerzo y un abrazo desde La Paz, Bolivia.

Caín dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Nelson, un habitante del patio dijo...

Interesante película, nunca había escuchado de ella. La pongo en mi lista de cine por ver.
Concuerdo con el artículo: este tipo de locuras cinematográficas, nos ayuda a mantenernos cuerdos.
Saludos,

barry lyndon dijo...

gran blog!!! q extravagante peli! la voy a ver

Juan dijo...

Super sadica esta pelicula, la vi hace 2 años mas o menos, tiene 2 secuelas me parece que nunca he visto.

EL OTRO KELSEN dijo...

Esta frase es simplona, pero tiene sus buenas dosis de verdad: la historia la escriben -y la juzgan- los vencedores.
Colocados nosotros del lado de los enemigos del poderío alemán, es natural que todas nuestras ideas se encuentren teñidas con el color de la propaganda aliada. Si después de leer la historia oficial propagada por los aliados, tan sólo nos animáramos también a revisar la historia de los vencidos... caeríamos en la cuenta siguiente: Las guerras modernas se desarrollan tanto en el frente de combate como en las páginas de la imprenta. La propaganda es una arma poderosa, a veces decisiva para engañar a la opinión mundial.

claudia dijo...

Esto me parece de deprabados