Falsificaciones turcas
¿Batman en Lima? ¿Acuamán en La Paz ? ¿Hulk en El Cairo? ¿El Hombre Araña en Bombay? Superhéroes en visita extraoficial al Tercer Mundo. Sin licencias que los acrediten, los héroes importados fueron capturados por el cine popular en países de bajo presupuesto. En Turquía, cuya cinematografía recreó sin trámites ni pudores muchos refritos occidentales, arribó de contrabando el ataúd de Killing, temible villano de la fotonovela italiana. Su maldad en tierra turca se tituló “Kilink Istanbul'da” (Kilink en Estambul, 1967), blockbuster nacional. Pero Killing era a su vez reflejo de otro personaje, Kriminal. En el mundillo de los enmascarados las extrañas coincidencias, por no decir los plagios, eran cosa frecuente. Así que ladrón que roba a ladrón…no paga derechos de autor.Ningún otro villano hubiera podido elegir atuendo más contundente que Kriminal. De todas las apariencias posibles, este maestro del disfraz escogió como su uniforme una calavera de pies a cabeza, por delante y detrás. La Muerte personificada en una historieta donde el malvado siempre reía al final. En el comic de los 60´s, el antihéroe podía ser el protagonista, su mundo de violencia y el sexo era el anzuelo para el morbo juvenil. En este caso, Kriminal, personaje inglés creado en Italia, lucía una crueldad grotesca y su amante Lola Hudson aportaba el trazo de sus curvas. Casi en simultáneo, Kriminal es reciclado con otros personajes para dar origen a Killing en la fotonovela, varios puntos más arriba en la escala del sadismo.
Como en muchas partes, entre toda la marea de productos extranjeros debió llegar Killing a Turquía. Por esos años, mediados de los sesenta, la serie de televisión Batman era popular en todas partes. Si se falsifican marcas gringas para vender con publicidad gratis, lo mismo solía hacer una industria cinematográfica pobre. El brevemente prospero cine turco se apropió de cuanto personaje circulara con popularidad. Productores ávidos en hacer dinero invocaron a los superhéroes y estos acudieron en duplas imposibles (Santo y el Capitán América), como híbridos deformes (Superman cruzado con Batman), cambiando de bando (Hombre Araña como villano) o resistiendo enemigos ajenos (Superman contra Fantomas).“Kilink Instanbul'da” (1967) es vestigio de aquella “edad de oro” del cine turco. Periodo en que un puñado de productoras se cebaron con dinero a base de ideas robadas, presupuestos bajos y rodajes en tiempo record, pero una vez pasada la bonanza no quedaría tras ella una industria nacional establecida. “Kilink en Estambul” es una clásica mezcolanza de referencias que su director, Yilmaz Atadeniz, culminó en tres semanas. Tenemos al villano cadavérico y megalómano, un superhéroe con la “S” de Superman y la máscara de Batman, y una banda sonora plagiada de James Bond.
Killink se traslada de Inglaterra a Turquía en un ataúd. En Estambul, sus secuaces lo resucitan (es curioso, pues Kilink no está muerto, la calavera es sólo un disfraz, como después afirmaría) y sale en busca del Dr. Houloussi, científico que ha dado con la formula para crear el arma más destructiva (Kilink aspira al dominio mundial, por si no lo saben). El científico se niega a revelar el secreto, Kilink lo mata, secuestra a su hija, la tortura en una mazmorra. No es suficiente, entonces secuestra y tortura a más gente, pero la esquiva formula sigue oculta. Mientras tanto, el hijo del Dr. Houloussi es bendecido por un espirito bienhechor llamado Shazam que lo convierte en Uçan Adam (Superman), relleno con esponja en brazos y pecho. Cuando no está urdiendo complots o amenazando a sus subordinados, Kilink goza de la compañía de bellezas turcas, a quienes abraza o tortura de acuerdo a su ánimo.“Kilink Instanbul'da” fue tal éxito de taquilla que los productores deliraron de avaricia. El mismo año estuvieron terminadas las dos siguientes partes en las que enfrentó enemigos tal inesperados como Frankestein y Mandrake. En el tope del oportunismo, crearon una versión femenina de Kilink (Disi Kilink), con la máscara de calavera pero exhibiendo tetas y nalgas nada mortuorias.









Una de las primeras cosas en registrarse con aquel invento llamado cinematógrafo fue, sin duda, el apareamiento humano. Baratísimo en producción, infalible en rentabilidad, el porno es el llamado a ser el veterano de los géneros. Su invocación a lo más imperativo de lo humano le aseguró una prospera sobrevivencia contra incontables perseguidores. Al iniciarse los 70´s, década que los críticos pornófilos recordarían como la edad dorada, apareció el documental “History of the blue movie” (1970) repasando el género desde sus expresiones prehistóricas hasta aquel momento, cuando hacia discreto ingreso en la sociedad diurna. Todavía lejana estaba su cibernética apoteosis.
Estos cortos de humor grueso y sexo explicito, conocidos también como “stag films”, eran artículos de lujo, accesibles solamente a burgueses hedonistas y dueños de burdeles. Eran de producción clandestina y anónima, no había actor que se atreviera a exhibir su nombre real y a veces ni siquiera su rostro. Las actrices enmascaradas eran cosa frecuente y los directores renunciaban a la gloria ocultándose en sus seudónimos. “A Free Ride” está realizada por un tal “Will B. Hard”, por ejemplo. La mayor parte de este porno arcaico se ha perdido, pero gracias a la colección fílmica del Dr. Kinsey, “History of the blue movie” obtuvo sus referentes más lejanos.
En los cincuenta se popularizaron los cortos de strip tease, los “nudie films” y las máquinas tragamonedas que permitieron a tantos adolescentes la oportunidad de dar un vistazo fugaz a una mujer en ropa interior, o incluso desnuda si el vil metal se lo permitía. Que tortuosa frustración debía producir la aparición del cartel “insert one more coin” (inserta otra moneda) justo cuando por fin podía entreverse una teta o una nalga. Peor aún al descubrir que el fragmento siguiente sólo mostraba el rostro de la mujer haciendo muecas a la cámara.







El hombre bajo el influjo de Escorpio. La vieja estética y la represión cristiana son derribadas, en su lugar domina un caos de cuero negro y rugidos de motocicletas. El film “Scorpio Rising” (1963) es la celebración de una nación clandestina. Poses desafiantes, pechos al descubierto, braguetas protuberantes celebran la belleza del sexo fuerte de una manera que sólo puede ser gay. Ni Cristo ni sus alegres discípulos se libraron del poder del Escorpión.
Pero la mayor audacia de “Scorpio Rising”, que inevitablemente la proscribió en su momento, fue expresar abiertamente las preferencias homosexuales de su autor. Mandíbulas viriles, pechos trabajados, cinturas y cuellos adornados con metales son algunos de los fetiches que se invocan una y otra vez. Confundiéndolos entre los mitos americanos, “Scorpio Rising” teje un “machismo romántico” donde la rudeza es erótica y donde toda aparición masculina desliza un guiño gay. Incluso hasta llegar a la herejía: alternado con imágenes de una carrera de motos y un enmascarado nazi, Cristo y sus discípulos (fragmentos de una remota película educativa) se unen a este desfile, de fondo la canción (“He´s a Rebel” de Crystals) proclama, cual sermón: “No hay razón para que no le de mi amor”.
Desde su temprana juventud, la pasión principal de Anger fue el ocultismo. Su cine hace constantes referencias a las ciencias ocultas, en “Scorpio Rising” tenemos un signo astrológico vinculado a la fuerza y la transformación. Anger comulgó con Thelema, credo fundado por Aleister Crowley, un pensador que proclamaba, a principios del siglo XX y en la Inglaterra reprimida, la sexualidad libérrima y la experimentación con alucinógenos, rodeándolas de una densa coraza mística.






Esta mujer, poco antes ofrecida al público en toda su desnudez, está por ser sacrificada para el éxtasis gore. ¿Qué puede ser más horrible que perder los ojos en el cine? Hordas de amantes del cine clamaron: “dale a mis ojos, repulsión.¡Hazlos explotar!” Un director bañó de sangre sus globos oculares y se convirtieron en sus adoradores. El desmesurado Lucio Fulci inició su fama robando el título de una película exitosa y embaucando al publico con una falsa secuela, “Zombi 2” (1979). Pero nadie reclamó devolución de la entrada.
En lugar de imitar a quién supuestamente precede, “Dawn of the dead”, el argumento de “Zombi 2” se inspira más en las primeras películas sobre el tema como “White Zombie” (1932) y “I Walked with a Zombie” (1943). Como en aquellas, la acción transcurre principalmente en una isla del Caribe, de preferencia Haití. Los hechizos vudú de los nativos serían la causa por la cual los muertos se reaniman con apetito caníbal. La ciencia del hombre blanco es incapaz de explicar este prodigio. Desgraciadamente, tampoco tendrían mucho tiempo para investigaciones, pues rápidamente los exploradores-científicos-aventureros terminarán mordisqueados por los zombies locales.









“Es falsa la historia que nos enseñaron”. “Un pueblo sin odio no puede triunfar”. “Ningún orden social se suicida”. Mucho después del cine mudo, los carteles en una película volvieron a gritar. Autoproclamado subversivo, el documental argentino “La hora de los hornos” (1968) fue concebido como un instrumento para encender la revolución. Pero aquellos fines sólo podían desearse en la clandestinidad, por eso su realización tenía que ser secreta, su exhibición furtiva y visionarla, un asunto comprometedor.
“La hora de los hornos” es un documental de agitación social que presenta la historia de América Latina, la “patria grande”, como una sucesión de dominios coloniales. Primero en manos de España, luego de Inglaterra y de allí al “neocolonialismo” de Estados Unidos. La República Argentina recibe también los golpes de la “violencia neocolonial”: campesinos sin tierras, clases trabajadoras oprimidas, disidentes violentamente reprimidos. “La hora de los hornos” hace escarnio de la burguesía y la intelectualidad argentina, presentándola como traidora, alienada y vanidosa de su origen europeo. Las clases medias, por su parte, se adormecen bajo el opio de los medios masivos: la mejor arma del "neocolonialismo" (“mejor que el napalm”). Alentando la indignación de la clase trabajadora ("la única recuperable"), el documental recrea la realidad del pueblo como un régimen de injusticia extenuante. La única opción para los pueblos latinoamericanos, concluye el film, es apostar por su propia vida o muerte a través de la revolución contra el imperialismo. Cuatro minutos del rostro cadavérico del Che Guevara, tambores indígenas de fondo, cierran con solemnidad la primera parte de “La hora de los hornos”.
La propuesta cinematográfica del Grupo Liberación tenía su sustento teórico en el manifiesto Por un tercer cine, que cuestionaba el cine de evasión venido de Hollywood (el primer cine) y el cine de autor (el segundo cine) como expresiones del imperialismo y el arte burgués. A diferencia de aquellos, el tercer cine (independiente, militante y experimental) rechaza la autoría individual, es resultado de la creatividad crítica colectiva. Puesto que persigue el cambio social, el tercer cine debe recurrir a las técnicas más efectivas para remover con su mensaje la base emocional del espectador. El perfecto ejemplo de este "tercer cine" es “La hora de los hornos” que, independiente de su matiz político, es una obra maestra del cine de propaganda, con lecciones muy bien aprendidas de Eisenstein pero también de Brecht y De Sica. Habiendo renunciado desde el principio a toda neutralidad, la película es un catalogo de técnicas de “desinformación”. Recurre a la exaltación, al mensaje subliminal, metáforas, metonimias, caricaturizaciones, al uso profuso de carteles con citas y arengas, de voces testimoniales y piezas musicales que en contraposición con las imágenes redondean la conmoción. Como resultado tenemos secuencias muy efectivas dignas del mejor cine soviético: un partido de golf es utilizado para ilustrar el relato de la oligarquía en el poder desde la Independencia; las robustas y orgullosos cabezas de ganado de un certamen son metáfora del latifundismo; el trajín de un matadero es alternado con íconos publicitarios e imágenes de represión policial. Cada secuencia tiene una propuesta formal diferente con climas que van desde lo didáctico, a lo exultante e indignante. Todo desemboca en la sensación estremecedora de que la realidad es una larga noche de opresión ante la cual sólo nos queda despertar (o morir).













