Las manos voraces

Las penurias del pasado se disipaban. En Japón, los analistas hablaban de un “milagro”. Con el amanecer de los sesentas, las nuevas generaciones descansaban del "esfuerzo nacional" matando el rato frente a la TV y el cine. En la pantalla grande ahora cabía lo que en la chica estaba proscrito. Del frondoso cine japonés la rama del erotismo ganó grosor. Los besos estaban permitidos desde algún tiempo atrás, ya era el momento de los azotes. Evidenciando una sexualidad compleja, por decir lo menos, las pinku eigas ofrecían un menú que mezclaba violación, tortura, sadismo y tetas pequeñas. Toda mujer llevaba dentro de sí a una masoquista reprimida. El viril latigazo las hacía libres.

Aquella sociedad apretujada por tradicional rigidez, desahogaba obsesiones a través del cine erótico. Se hicieron miles de películas que empujaron, centímetro a centímetro, los muros de la censura. Pero las fronteras eran sinuosas: se admitían celebraciones de sadismo, pero nunca ni un asomo de vello púbico. La mayoría de estas películas expiraba con la amnesia de la retina, pero hubo un puñado que viajó a las respetadas vitrinas de festivales en Occidente. Eran méritos de jóvenes directores que aprovechaban las livianas condiciones del género para hacer sus experimentos. Obras que discretamente sobrepasaban el formato para dejar entrever los ligamentos de un submundo encaprichado por el placer.

Uno de aquellos directores era Yasuzo Masumura, que navegó a través de una filmografía inhóspita (más de 50 films) y cuyos triunfos arribaron muy tarde en el ojo occidental. Formado en Roma, con maestros como Fellini y Visconti, Masumura regresó a casa sin ganas de neorrealismo, pero dispuesto a romper con el mainstream japonés. Acusaba al cine tradicional de estar distante de la realidad, y al realismo de acorralar al sujeto entre la resignación y la opresión del “ser colectivo”. El objetivo de su cine era rebelarse contra la derrota de la individualidad, mediante la descripción exagerada de las pasiones humanas. En las películas de Masumura los personajes socialmente exitosos están perdidos moralmente, son proclives al egoísmo y la crueldad, mientras que los protagonistas se estrellan de cara en su pasión por la libertad. Una de sus obras maestras, redescubierta décadas después en el Oeste, es “Blind Beast” (Bestia ciega o “Moju”, 1969), precursora de “El Imperio de los Sentidos”(1976), el pinku eiga más conocido en todo el mundo.

“Blind Beast” es un relato elegantemente desquiciado. En un museo, la modelo Aki encuentra a Michio, un ciego que acaricia salaz una escultura de su cuerpo. Un rato después, Aki se siente tensionada y solicita un masajista. Michio suplanta al masajista para entrar en su casa, tocarla por un buen rato y después secuestrarla. Despierta en su extraño taller, un gran salón de cuyas paredes brotan esculturas de bocas, ojos, narices, piernas y tetas. Michio es un escultor obsesionado con modelar el cuerpo de Aki. Ella se niega pero él logra convencerla prometiendo que la dejará libre cuando termine la obra. ¿Pero como puede esculpir un ciego a una mujer? Pues, tocándola detallada y repetidamente. Michio es un lujurioso del tacto para quien la expresión “mano larga” se queda corta. Durante las sesiones, el escultor irá sumergiendo a su modelo en un frenesí epidérmico que motivará los celos de la madre, encubridora de los delirios artísticos de su hijo. Intentando impedir que Aki sea ahorcada, Michio mata a su madre accidentalmente. Ahora a solas, y a pesar que la escultura ya fue terminada, Michio y Aki perderán la cabeza explorando sensaciones de la piel cada vez más extremas.

Sin dejar de ser una película de género, “Blind Beast” se distingue por una propuesta visual minimalista pero de atmósfera exacerbada. La mayor parte de la acción transcurre en el gran “utero” que es el taller, un refugio casi en penumbras que es un santuario a las formas femeninas, pero recreadas desde el punto de vista de un bebé. Sin embargo, la desnudez real en el film, aunque constante, es esquiva a exhibirse. La naturaleza perversa del relato es más una proyección psicológica que una agresión física. Las manos voraces del ciego traducen el cuerpo tenue de Aki en una escultura de formas mucho más voluptuosas.

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Alonzo, the Armless

Entre las sobrevivientes de una edad en la que el celuloide solía incendiarse, el cine silente; “The Unknown” (1927) es el cuento más apasionadamente sórdido. Fue el encuentro de dos entusiastas de la deformación: Tod Browning, el cineasta de lo disparejo, y Lon Chaney, el actor que gustaba sufrir las pieles de los desiguales. La colaboración mutua ya contaba varias películas previas, pero sería este film, titulado originalmente “Alonzo, the Armless” (Alonzo, el manco), el clímax sarcástico de lo macabro. Las medias tintas del morbo comenzaban a espesarse.

La sórdida historia de “The Unknown”, o “Garras humanas” como se le conoce en español, sucede en un lugar extranjero y en un ambiente propicio para lo escandaloso, “esta es una historia que cuentan en el viejo Madrid”, inicia el primer cartel. Un circo de gitanos presenta el número de Alonzo (Lon Chaney), un hombre sin brazos que dispara dardos con los pies alrededor de Nanon, la hija del patrón. Alonzo está enamorado de la joven (muy lozana Joan Crawford) y Nanon parece destinada a estar con él, pues sufre un ¿trauma sexual? por el cual rechaza el abrazo de un hombre. Pero Alonzo no es en realidad manco, más bien es un pillo que se oculta de la policía fajándose todas las mañanas y trabajando en el circo. Durante las noches se libera y sale a cometer fechorías. En una ocasión, el dueño del circo lo sorprende con brazos y Alonzo no tiene más opción que ahorcarlo. Nuevamente fugitivo, perturbado por su pasión por Nanon y queriendo ganar ventaja frente a Malabar, el fortachón, que también la pretende, aunque ella no pueda tolerar sus acercamientos; Alonzo decide cortarse los brazos.

Me seducía la tentación de revelar el final, pero admitiendo que mayor placer es no saber antes de ver, decido que al menos mi pluma no arruinará la sorpresa. Puedo decir, para dar una idea, que la expresión de Alonzo al reencontrarse con Nanon es quizá la más cataclísmica de todo el cine mudo. Al verla comprendemos mejor por qué algunos cineastas de la época sintieron que su oficio moriría con la llegada del sonoro. Parte de la gloria de aquel cine está reflejada en la figura de Lon Chaney, llamado el “hombre de las mil caras”. Fue la estrella del plantel en muchas películas sin tener que decir una palabra. Criado por sus padres sordomudos, desde niño la vida de Lon Chaney fue una película muda, obligado a enfatizar sus expresiones para poder comunicarse. Con una madre enferma y varios hermanos, el joven Lon consigue el sustento con la pantomima. Naturalmente se dedica después al teatro de variedades donde sobrevive mal que bien. Pero sería con la novedad del cine donde obtendría aplausos interminables. Su extensa filmografía se destacaría por sus radicales transformaciones, generalmente representando villanos maltrechos y deformes desdichados. Varios papeles le demandarían padecimientos como soportar un gran peso sobre la espalda (“The Hunchback of Notre Dame") o llevar un doloroso arnés para simular piernas amputadas (“The Penalty”). En “The Unknown”, para el canon su película más importante junto con “El Fantasma de la Opera” (1925), el propio acto de transformación sería exhibido como rasgo clave del personaje.

Posiblemente, Lon Chaney hubiese continuado con éxito su carrera después del difícil trance hacia el sonoro. Su única película hablada, “The Unholy Three” (1930), demostraría que su don para lo camaleónico también incluía sonidos. En este film, Chaney interpreta a un ventriloguo y a sus cinco voces. Pero lamentablemente, dos meses después del estreno, murió el hombre que enseñó al público a amar al actor capaz de crucificarse por dar credibilidad a la mentira del cine. Quien sabe si aquella fascinación de Hollywood por los roles de esfuerzo físico no provenga de los films de Chaney. Quizá en eso estaban pensando quienes premiaron a Robert de Niro por convertirse en tiempo record de boxeador a gordinflón para “Toro Salvaje”.

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Los pasatiempos de la histeria

Cine norteamericano de Ciencia Ficción de los 50´s


Para una década histérica, pastillas contra el nerviosismo. “Salido de nuestras profundidades primordiales para destruir el mundo”, “¡Algo está sucediendo, envía hombres de Ciencia rápido!”, “Vea a la Tierra atacada por platillos voladores”, advertían las prescripciones de los afiches. En los cincuentas, el cine de Ciencia Ficción norteamericano fue el escaparate de las tensiones de una generación. Aquellos llamados en la fantasía “it” o “them”, criaturas inclasificables venidas de otro mundo, tenían nombre propio en la vida cotidiana bajo “comunistas” o “guerra nuclear”. Esta formidable retroalimentación entre el inconsciente colectivo y el cine, es lo que mantuvo fascinadas a las generaciones posteriores. La mayoría de estas películas eran pobres en presupuesto, confinadas a la Serie B y al espectador a veces distraído del drive-in, pero usualmente eran atrevidas en sus aspiraciones visuales: tres minutos de alienígenas atacando a un ejercito (o, al menos, a una muchacha) podían ser el plato fuerte. Cuando el género recibía la atención de estudios más holgados, la narración se esmeraba y el espectáculo visual marcaba precedentes. Salías del cine pensando que el mundo iba por un rumbo desconocido, algún día un hombre viajaría por el Espacio o la tecnología nuclear acabaría con la Tierra. Lo que sucediera primero.

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La Tetona de Fellini en suspensión

Sigo vivo. El articulo anterior no es la despedida de la Tetona de Fellini. Esta larga pausa, más de un mes, se debe a varias razones: 1) ahora tengo un trabajo de tiempo completo. La tetona de Fellini fue acariciada en el 2006 mientras hacia medio tiempo en mi tranquilo trabajo de medio tiempo, allá por el 2006, que terminó tristemente. 2) El festival de cine de Lima fue hace poco, asi que durante esos días, bendecidos por acreditaciones de prensa, vimos cuanta película fuera posible. 3) Estoy por mudarme (no a causa del terromoto, suerte mía) y cambios en mi vida se aproximan. Pero, al grano, la razón principal de mi demora es que estoy redactando el siguiente Especial de la Tetona de Fellini. Me reservo el tema, pero adelanto que implicó ver más de quince películas y será extenso. Aunque, eso espero, ameno y lleno de figuritas para quienes no quieren esforzar la vista. Estaré con lo nuevo pronto. Muchas gracias a quienes me leen y vuelven. La Tetona de Fellini todavía tiene para rato. "Leer nota completa" esta vez no te lleva a ninguna parte.


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Viaje alrededor de un nombre

¿Cómo empezar esta vez? Pensé que por mi cumpleaños me podía permitir ser atípicamente personal. Así pues, la única manera de “celebrar” mi existencia, pero sin dejar de hablar de cine, era eligiendo “Dersu Uzala” (1975). La relación entre los dos es trivial pero drástica (para quien escribe): mi madre tomó mi primer nombre de esta cinta de Akira Kurosawa. En mi recuerdo más antiguo en una sala de cine me veo presenciando “Dersu Uzala” a los seis años. Trascendental momento que apenas entendí, gracias a las explicaciones que mi mamá me susurraba. Desde entonces tuve que referirme a esta película muchísimas veces para responder a la simple curiosidad del prójimo. Pero hoy todo es diferente. Renuncié, hace varios años, a seguir siendo Derzu y decidí hacerme llamar por mi segundo y silvestre nombre, Andrés. Y, para mi gran pesar, desde hace dos meses, mi madre ya no puede llamarme de modo alguno.

Hoy, mi cumpleaños ya está a muchas horas de distancia (18 de Junio). Decidí que este nuevo encuentro con “Dersu Uzala” no podía ser en solitario, por eso esperé hasta que fuera posible congregar a otros alrededor de una película de dos horas y media. Finalmente, cuando la justificación cumpleañera ya no existía, la ví con mi novia Juana y mi hermano menor, Vladimir. Como pasó conmigo la primera vez, mi hermano cayó completamente dormido.

Ahora que puedo hacer averiguaciones me entero que “Dersu Uzala” fue una película muy apreciada. El movimiento ecologista, todavía reciente en esos años, debió haberse sentido muy inspirado con este gran relato sobre la armonía entre el hombre y la naturaleza. Para comenzar prácticamente salvó una vida, la de su director, Akira Kurosawa, antes inmerso en una honda depresión (con intento de suicidio) a causa del fracaso de su anterior trabajo. La reconciliación consigo mismo (de paso con la crítica y el público) sería posible gracias a que la Unión Soviética se interesó en producir su viejo proyecto de adaptar el clásico de la literatura rusa, “Dersou Ouzala”. El libro fue escrito por Vladimir Arseniev, un geógrafo que por encargo del Estado exploró la Siberia Oriental a principios del siglo XX. En medio de ese territorio entonces poco conocido por el europeo, Arseniev cuenta en su libro haberse encontrado con el anciano cazador Dersu, quien sería su gran amigo y guía a través de la taiga, la selva siberiana.

Dersu es el arquetipo del hombre fusionado a la naturaleza. Toda su familia fue víctima de la viruela, por eso Dersu vaga solitario por la taiga cazando (con extraordinaria puntería) lo indispensable para continuar su existencia austera. Conoce como ninguno las señales del bosque, capta los mensajes de la naturaleza y de su multitud de “gentes”. Para él todo fenómeno natural tiene ánimo y anuncia algo. Es bondadoso por instinto y se sorprende de la ambición y el egoísmo. Todo esto fascinó al Capitán Arseniev y ambos entablarían una profunda amistad. Este encuentro entre dos opuestos, la civilización y la naturaleza, es precisamente tema principal del film. Solos en la taiga, el Capitán y su expedición no habrían sobrevivido. Por eso, Dersu inmediatamente se vuelve esencial. Incluso salva la vida del Capitán en una magnifica escena (la única que recordaba desde los seis años) en la que en medio de una tormenta helada, Dersu logra levantar un refugio utilizando hierbas y el teodolito del Capitán. Sin embargo, para Dersu el mundo de la ciudad no puede significar ningún bien. Cuando comienza a perder la vista, el anciano acepta la invitación de vivir en la casa de su amigo. Pero allí se sentirá infeliz, incapaz de entender las reglas de la convivencia urbana. Decide, entonces, regresar al bosque pero no imagina que llevará consigo lo que sería una trágica intromisión del progreso: un rifle moderno que Arseniev le obsequia.

Quizá por una falla de la memoria o un error tipográfico, yo terminé inscrito como “Derzu” con “z”. La pronunciación también sería deformada. Al revés del original, a mí me llamarían con la fuerza de voz en “Der”. Oídos distraídos aportarían también brutales mutaciones en formas que van desde “yerson” hasta “versus”. Estas desviaciones quizá anticipaban mi futura condición de ser un Dersu en negativo, un sarcástico homenaje. A las bondades de Dersu, yo antepondría un egoísmo entusiasta, miopía, vanidad de a pie, escepticismo vicioso, parálisis urbanita y la capacidad de desconexión total de cualquier mensaje que no sea dicho a gritos y en letras grandes. Es decir, simple alimento para osos en Siberia. Si a todo esto consuelo hiciese falta puedo anotar que, irónicamente, yo Derzu con “z” desde hace tiempo trabajo para quienes se preocupan por proteger la naturaleza y la sobrevivencia de los Dersu con “s” del mundo. Me refiero al movimiento ambientalista. Si no fuera consuelo suficiente (de seguro no lo es), puedo pensar que si bien no fui iluminado por Dersu, de hecho lo fui por “Dersu Uzala”, la película de Kurosawa. Quien sabe si la semilla de mi amor por el cine no fue plantada por aquella remota pantalla cinemascope donde Dersu y el Capitán resistieron la tormenta helada, frente a mis ojos, y vieron el sol salir la mañana siguiente.

Pero si alguna identificación con Dersu es factible, inevitable sería pensar en mi madre, que eligió este nombre fascinada por un personaje cuya filosofía, a su manera, ella siguió durante toda su vida. Mi mamá desde joven fue apasionada de la medicina natural. La estudió y practicó con éxito muchas veces. Su estilo de vida estaba guiado por la certeza de que si tu cuerpo se sentía bien, ningún pesar racional o emocional podía derribarte. Con esta visión ejerció variedad de habilidades y oficios, ninguno de ellos sentada frente a un escritorio: nadadora, actriz, profesora de teatro (principalmente), instructora de yoga y tai chi. Pero fue un infortunio, de esos malos de verdad, el que la inmovilizaría. Le descubrieron un cáncer de seno cuyo tratamiento la obligó a recurrir a la medicina tradicional, en la que nunca confió, y peor aún, en una de sus formas más agresivas, la quimioterapia. Meses después, la enfermedad se complicó sorpresiva y drásticamente. Sobrevinieron increíbles dolores de cabeza y su capacidad para caminar quedo muy afectada. Tuvo que ser hospitalizada durante casi un mes. Al salir de alta, enflaquecida y en silla de ruedas pero algo más restablecida, se propuso seguir combatiendo el cáncer con el tratamiento natural más radical de su vida. De acuerdo a lo indicado por su médico naturista, tomaba extractos cada hora, vitaminas e infusiones de hierbas chinas. Mostró signos de mejora y hubiera seguido adelante si la enfermedad no hubiese estado tan avanzada y su cuerpo tan debilitado por quimios y radioterapias. Falleció en Abril, a los cincuenta y un años. En su mente, inclusivo en agonía, sé que una tenue esperanza de sanar se mantenía encendida.

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La gran casa de las muñecas

Del menú del cine para caballeros ningún plato más surtido que una película de Cárceles de Mujeres. Los más alocados ardores de la fantasía masculina encuentran placer aquí. Para ti que buscas engreír tu misoginia, o si apreciar bellezas acaloradas por el deseo es lo que te emociona, mujeres en prisión es el aliciente indicado. Un subgénero que urdió tramas donde la desnudez, la tortura y el lesbianismo son rutinas de la vida carcelaria. Mujeres enjauladas que en su largo cautiverio nunca llegarían a preguntarse: ¿cómo es posible que aquí todas seamos tan sexys?

La respuesta es que habitan “The Big Doll House” (La gran casa de las muñecas, 1971), una de las primeras cintas de cárceles de mujeres con intenciones meramente explotation. Las heroínas encarceladas no eran cosa nueva en el cine, desde los años treinta inspiraron melodramas retorcidos donde las protagonistas recibían escarmiento por algún pecadillo o soportaban la desgracia de ser apresadas siendo inocentes (en más de un sentido). En los cincuenta, estas películas fueron menos panfleto moralista y más solapada truculencia para mentes aficionadas a la fotonovela, las escándalos y la sección policiales. Una vez ocurrida la revolución sexual gringa, en los setenta, el cine de cárceles femeninas se convertía en terreno para la fantasía sadomasoquista de las masas. Si antes los argumentos eran pocos realistas ahora hasta impresionaban a los psicoanalistas. Los ingredientes estaban dispuestos, y aunque combinados componían un insulto a la inteligencia, podían ser todo un halago al paladar: reas esculturales uniformadas con microfaldas, peleas de “gatas” (con desgarramiento de ropa), duchas colectivas, inspección de cavidades corporales, bellas adictas a la heroína, guardianas nazis sadolesbianas, toqueteos de apaciguamiento, trabajos forzados con camisetas mojadas, lesbianismo desatado, hembras violadoras, rebeldes escarmentadas y tímidas torturadas. Además como toda película de cárceles que se precie, el objetivo supremo no podía ser otro que la fuga, con el expendio de municiones, explosiones y apuñalamientos que ello suele requerir.

“The Big Doll House” fue una producción del maestro de las películas de bajo presupuesto, Roger Corman. Para inaugurar su nueva empresa, New World Pictures, Corman envió a su director protegido, Jack Hill, con unos fajos de billetes y media docena de hermosuras a la lejana Filipinas, donde todo era más barato. Al regreso cada dólar que cruzó el océano se multiplicó en dividendos exorbitantes al estreno de “The Big Doll House” en el circuito drive-in de Estados Unidos. En nada opacó la torpeza histriónica el brillo de una nueva estrella del cine de medianoche, Pam Grier. Una guapísima actriz negra que había renunciado a su trabajo de recepcionista para unirse al elenco. El éxito le proporcionaría roles de prostituta, sensual vengadora o drogadicta en muchas cintas blaxploitation, muy recordadas algunas como “Coffy” (1973) o “Foxy Brown” (1974). Finalmente, en los noventa, Grier sería redescubierta por un admirador, Quentin Tarantino, para lograr su consagración mainstream protagonizando “Jackie Brown” (1997).

Pero ¿cuál es el argumento de “The Big Doll House”? Entramos en calor con la canción “Long Time Woman”, cantada por Pam Grier, mientras las chicas son traídas en jaulas hacia el presidio de una banana republic. Crímenes: desde espionaje hasta prostitución. Condenas: 99 años de trabajos forzados. Por suerte, el penal no está muy al día en tecnología de máxima seguridad. Las instalaciones se ven de lo más precarias y el control de las reclusas está en manos de un puñado de menudas asiáticas, lideradas por la estricta Miss Dietrich (garrote y minifalda). En las celdas las internas, siempre limpias y bien peinadas, se entretienen con carreras de cucarachas. Los rigores de la vida carcelaria incluyen ser torturadas por orden de un hombre misterioso en un sillón. Los deseos contenidos impulsan a una de la presas a forzar a Harry, vendedor de frutas y golosinas, a fornicar con ella, cuchillo en mano: "Get it up or I'll cut it off!" (Levántalo o te la corto). Y que mejor manera de resolver las disputas por el liderazgo que una pelea en el barro.

Dicen que Roger Corman quedó impresionado con los excesos de “The Big Doll House”. Yo no estaría tan seguro, quizá mi percepción ya esté curtida de tantos retorcimientos visuales, por lo que encontré la película moderada en desnudez y violencia. Inclusive en la escena de la ducha, las actrices están bastante conscientes de no mostrar sus pechos más de lo que exige el guión. Sin embargo, para aquellos tiempos, la película dio con una formula que propició la aparición casi inmediata de otras por el estilo, cada cual sumando más contenido explicito a medida que los grilletes de la censura se iban aflojando.


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Falsificaciones turcas

¿Batman en Lima? ¿Acuamán en La Paz ? ¿Hulk en El Cairo? ¿El Hombre Araña en Bombay? Superhéroes en visita extraoficial al Tercer Mundo. Sin licencias que los acrediten, los héroes importados fueron capturados por el cine popular en países de bajo presupuesto. En Turquía, cuya cinematografía recreó sin trámites ni pudores muchos refritos occidentales, arribó de contrabando el ataúd de Killing, temible villano de la fotonovela italiana. Su maldad en tierra turca se tituló “Kilink Istanbul'da” (Kilink en Estambul, 1967), blockbuster nacional. Pero Killing era a su vez reflejo de otro personaje, Kriminal. En el mundillo de los enmascarados las extrañas coincidencias, por no decir los plagios, eran cosa frecuente. Así que ladrón que roba a ladrón…no paga derechos de autor.

Ningún otro villano hubiera podido elegir atuendo más contundente que Kriminal. De todas las apariencias posibles, este maestro del disfraz escogió como su uniforme una calavera de pies a cabeza, por delante y detrás. La Muerte personificada en una historieta donde el malvado siempre reía al final. En el comic de los 60´s, el antihéroe podía ser el protagonista, su mundo de violencia y el sexo era el anzuelo para el morbo juvenil. En este caso, Kriminal, personaje inglés creado en Italia, lucía una crueldad grotesca y su amante Lola Hudson aportaba el trazo de sus curvas. Casi en simultáneo, Kriminal es reciclado con otros personajes para dar origen a Killing en la fotonovela, varios puntos más arriba en la escala del sadismo.

Como en muchas partes, entre toda la marea de productos extranjeros debió llegar Killing a Turquía. Por esos años, mediados de los sesenta, la serie de televisión Batman era popular en todas partes. Si se falsifican marcas gringas para vender con publicidad gratis, lo mismo solía hacer una industria cinematográfica pobre. El brevemente prospero cine turco se apropió de cuanto personaje circulara con popularidad. Productores ávidos en hacer dinero invocaron a los superhéroes y estos acudieron en duplas imposibles (Santo y el Capitán América), como híbridos deformes (Superman cruzado con Batman), cambiando de bando (Hombre Araña como villano) o resistiendo enemigos ajenos (Superman contra Fantomas).

“Kilink Instanbul'da” (1967) es vestigio de aquella “edad de oro” del cine turco. Periodo en que un puñado de productoras se cebaron con dinero a base de ideas robadas, presupuestos bajos y rodajes en tiempo record, pero una vez pasada la bonanza no quedaría tras ella una industria nacional establecida. “Kilink en Estambul” es una clásica mezcolanza de referencias que su director, Yilmaz Atadeniz, culminó en tres semanas. Tenemos al villano cadavérico y megalómano, un superhéroe con la “S” de Superman y la máscara de Batman, y una banda sonora plagiada de James Bond.

Killink se traslada de Inglaterra a Turquía en un ataúd. En Estambul, sus secuaces lo resucitan (es curioso, pues Kilink no está muerto, la calavera es sólo un disfraz, como después afirmaría) y sale en busca del Dr. Houloussi, científico que ha dado con la formula para crear el arma más destructiva (Kilink aspira al dominio mundial, por si no lo saben). El científico se niega a revelar el secreto, Kilink lo mata, secuestra a su hija, la tortura en una mazmorra. No es suficiente, entonces secuestra y tortura a más gente, pero la esquiva formula sigue oculta. Mientras tanto, el hijo del Dr. Houloussi es bendecido por un espirito bienhechor llamado Shazam que lo convierte en Uçan Adam (Superman), relleno con esponja en brazos y pecho. Cuando no está urdiendo complots o amenazando a sus subordinados, Kilink goza de la compañía de bellezas turcas, a quienes abraza o tortura de acuerdo a su ánimo.

“Kilink Instanbul'da” fue tal éxito de taquilla que los productores deliraron de avaricia. El mismo año estuvieron terminadas las dos siguientes partes en las que enfrentó enemigos tal inesperados como Frankestein y Mandrake. En el tope del oportunismo, crearon una versión femenina de Kilink (Disi Kilink), con la máscara de calavera pero exhibiendo tetas y nalgas nada mortuorias.

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