Revelaciones de una máscara


A Julio Escalante, amigo y cinéfilo omnívoro.

Santo, el Enmascarado de Plata, quien fuera el único superhéroe latinoamericano de cobertura planetaria, vencedor de la estética y el bajo presupuesto, campeón del kitsch, catarsis dominguera y solución fornida contra las pesadillas. Un hombre que de tanto luchar contra el anonimato se convirtió en ídolo anónimo. Un rostro que necesitaba ocultarse para ser reconocido. Icono de la cultura de masas, película tras película, el Santo forjaría su mayor milagro: hacer que lo pésimo se vuelva clásico.

Leer nota completa

Es un mounstro grande y pisa fuerte

Ni siquiera habían pasado diez años y el pueblo japonés volvió a correr por refugio. Lo que no fue aplastado por la bomba atómica, de seguro lo sería por la más misteriosa de sus consecuencias: un gigantesco reptil prehistórico, resucitado del subsuelo marino. La radioactividad traería de vuelta a una criatura de tiempos remotos para darle otra paliza a los sufridos japoneses. Pero esta vez las secuelas serían de lo más rentables. Inspirado por aquel clima de temor y recuerdos amargos, el film “Gojira”(1954) de Ishiro Honda respondería al mundo con el más temible de los mountros japoneses. ¿Lo reconocen? En su pasaporte occidental figura el nombre de Godzilla.

Leer nota completa

Filmada con el color de la sangre

Tres años después de “Psicosis”, el director Herschell Gordon Lewis rueda su propia versión de cómo matar a una mujer en la ducha. Para comenzar una cuchillada en el ojo, con carnecita colgado después en la hoja. Para terminar, el descuartizamiento de una pierna, con hueso saliendo de la carne. Hitchcock prefería el blanco y negro, Herschell Gordon lo quiso en Technicolor. La sangre es la estrella, “in blood color” anuncia el afiche. Con la entrada te dan una bolsita para los vómitos. “Blood Feast” (festín de sangre,1963) se estrena y por primer vez gruesos borbotones de rojo se esparcieron sobre las pantallas. Herschell Gordon abrió una puerta trasera y dejó entrar al demonio más temible del cine: el gore.

Herschell Gordon se ganaba la vida modestamente rodando películas de desnudos. A inicios de los sesenta el público recién aprendía a saborear los nudie films, pero pronto el mercado se saturaría de pieles y el negocio decrecería. Herschell y el productor David F. Friedman se preguntaban qué podría ahora llenarles los bolsillos con rapidez. La próxima vedette del cine tenía que ser la muerte. Miles pagarían por el espectáculo del cuerpo humano destruido sólo para probar si son capaces de resistirlo. Si de negocios hablamos, no pudo ser mejor idea. Como se trataba de un producto nuevo, sin etiqueta adherida, “Blood Feast” asoló sin restricciones en cines baratos por todo Estados Unidos. La rentabilidad fue extraordinaria tanto Herschell Gordon se preguntaba qué habría pasado si la película hubiese sido buena.

Hoy “Blood Feast” es la niña mimada de los merodeadores de los sótanos del cine. La película es oportunista y despreocupadamente defectuosa, tanto que su deforme estampa es ahora objeto de adoración. Todo esto logrado con un guión primitivo, un presupuesto microscópico, un elenco artísticamente paupérrimo, varias latas de pintura roja y algunos kilos de carne de res.

“Blood Feast” es pionera en introducir al personaje del asesino en serie. En este caso tenemos a Fuad Ramses, un chiflado aficionado a la egiptología, de mirada desquiciada, acento extraño, cejas levantadas y cojera, que además dirige un negocio de comida exótica. Mrs. Fremont, una dama de la alta sociedad, visita su tienda en busca de algo especial para la fiesta de su hija Suzette. Fuad sugiere: “¿alguna vez ha tenido un festín egipcio?” (órgano con nota espeluznante). La señora queda encantada con la idea pero, por si las moscas, Fuad la hipnotiza con sus ojos lunáticos. Inmejorable oportunidad de realizar el ritual para la reencarnación de la diosa Ishtar. Las amigas de Suzette serán las vírgenes que habrá que sacrificar. Partes de sus cuerpos serán ofrecidas después (previo cocimiento) a los comensales del festín. Fuad se esmera en los preparativos y sale por las noches a filetear bellas jovencitas. Luego del asesinato de la bañera, de donde obtiene una pantorilla, se despacha a otra joven segundos antes que su novio la descalifique para el ritual. En un descampado sorprende a la pareja y huye con los sesos de la chica. En otro paraje pecaminoso, un motel, una joven aporta su lengua que Faud extrae a mano limpia en la escena clásica del film.

Mientras tanto, los dos detectives que investigan el caso se lamentan de no tener pistas. En la escena del crimen, frente al cadáver de la última víctima (que la cámara recorre de punta a punta mostrándonos que no escatimaron pintura), los policías se cruzan de brazos y encienden sus cigarrillos. Cuando por fin abren los ojos, Ramses está camino a la casa de Suzette para culminar el ritual. Mientras los asistentes disfrutan sus piñas coladas, Faud en la cocina intenta con engaños decapitar a Suzette. “¿No querrá sacrificarme sobre este mesa?”, pregunta, “Cómo se le ocurre, señorita”. Mrs. Fremont sorprende a Faud con el machete alzado. El asesino sale disparado. La policía irrumpe en el lugar. Advierten del tipo de platillo que Faud estaba por servirles y Mrs.Fremont resolutiva responde: “bien, entonces daremos sándwiches a los invitados”. Afuera Faud Ramses tendrá un final de antología que muy posiblemente sugirió el calificativo de trash (basura) para este tipo de películas.

Realizada con los estándares actuales del gore, “Blood Feast” sería quizá una película que pocos resistirían. Sin embargo, su artificialidad se delata a cada momento por lo divertidamente precarios que fueron todos sus recursos. Los errores de cámara son innumerables, los actores parecen sacados de una actuación escolar y la sangre no oculta su parecido a la pintura. Como en los films de desnudos, el guión sólo es un débil hilo conductor para el espectáculo visual prometido. Con “Blood Feast” el show son cuchillazos y mutilaciones a toda cámara, cada cierto rato, seguido por el descanso de una tanda de diálogos.

Tal sería el credo del gore. El nuevo reto sería lograr representaciones de la destrucción del cuerpo cada vez más convincentes y extravagantes. Dando por sentado que el público necesita sentir que todo es falso, ¿a ver que tan fácil les resulta esta vez? Es así como todo un campo de los efectos especiales en el cine se puso manos a la obra. “Blood Feast” resulta tan entretenida porque es justamente el torpe comienzo de todo eso. Si hiciéramos una película gore casera nada más barato que comprar carne en el mercado. Así fue como Herschell Gordon resolvió el asunto de los efectos. La lengua extirpada perteneció a una inocente oveja, los sesos parecen menudencia de pollo y quién sabe que otras porquerías tuvieron que ponerse encima aquellas muchachas.

Después del éxito de “Blood Feast”, Herschell Gordon Lewis no desperdiciaría la oportunidad de seguir llenándose los bolsillos con su nueva fórmula. Su nombre comenzaba a susurrarse entre la nueva marea de aficionados al cine más sórdido. Los siguientes títulos “2000 maniacs” (1964) y “Color me blood red” (1965) completarían su “trilogía de la sangre” con más historias de asesinatos en serie y abundante hemoglobina. Sus producciones posteriores (“The wizard of gore”, 1970, sobre un mago que pide un voluntario para cortarle las piernas de verdad, o “The Gore Gore Girls”, 1972, donde los destripamientos se realizan en un night club) redundarían en lo mismo pero con estándares creativos aún menores. Eventualmente el negocio se agota, Herschell Gordon Lewis abandona el cine y funda una exitosa empresa de marketing. No es para menos, un hombre que logró hacerse rico vendiendo carne cruda en el cine puede enseñarnos a vender cualquier otra cosa.


Mostrar más imágenes de "Blood Feast"












Leer nota completa

Monterey Pop: gente en movimiento

Por lo general, las filmaciones de conciertos se limitan a registrar a los músicos en escena. Aunque desplieguen una multitud de cámaras en todo rincón posible, la sutil seducción del lenguaje del cine siempre estará lejos de sus ambiciones. A veces hasta gustándote mucho la música, la frialdad de su contraparte visual hace que finalmente te aburras. En la cresta de mi gusto por el rock sesentero, vi “Monterey Pop”(1968) y conocí a la más maravillosa excepción. Una película de concierto que, además de musicalmente brillante, resultó ser una experiencia cinematográfica total.

“Monterey Pop” es consecuencia de la apoteosis del movimiento hippie. Ocurrido entre junio y septiembre de 1967, en la costa oeste de Estados Unidos, fue el llamado “summer of love”. Por ese tiempo el poder de la flor mostró su máximo colorido y aroma. Hordas de simpatizantes de otras ciudades se aglomeraron en San Francisco, la cuna de los hippies, para experimentar un estilo de vida totalmente diferente. Cuando el verano acabó muchos regresaron a casa llevándose consigo las revelaciones del amor, la paz y la marihuana. Los zarrapastrosos, entonces, dirían los de derecha, se multiplicaban por todo el país. La industria del cine, por su parte, no podía quedarse de brazos cruzados frente a este naciente y melenudo público, contrario a la Guerra de Vietnam. La contracultura hippie comenzaba a figurar en las grandes pantallas para su mayor exaltación. El documental “Monterey Pop” fue pionero en hacer de la juventud hippie objeto de fascinación cinematográfica. Preparó el camino para que después “Woodstock” (1970) se lleve la gloria de ser la película hippie por excelencia.
“Monterey Pop” es el encuentro feliz entre el director D. A. Pennebaker y el Monterey International Pop Music Festival, evento sin precedentes que congregaría a más de 200 mil personas atraídas por la música y la vibra del momento. Durante tres días, entre el 16 y 18 de Junio de 1967, en Monterey, California, el “verano del amor” recibió banda sonora definitiva por obra de los músicos que el festival engrandecería. Tendría, entre otros, a Jimi Hendrix en la cima de sus poderes; a Janis Joplin, frente a un público boquiabierto, en su primera actuación masiva; a The Who, traídos de Inglaterra para destrozar guitarras y patear tambores en suelo americano; a Jefferson Airplane con su espléndida cantante, Grace Slick; los sonidos azucarados de Simon and Garfunkel y The Mamas and the Papas; al enérgico Otis Redding por última vez en un escenario, tristemente moriría poco después en un accidente; y a Ravi Shankar, un músico traído de la India para satisfacer el hambre de misticismo del público.

El Festival de Monterey fue el primer, y quizá el único, ejercicio totalmente exitoso de la “utopía hippie” a nivel masivo. Demostraron que era posible congregar a miles bajo las banderas de la tolerancia, el repudio a la guerra y la adoración al rock, sin tener que lamentar algún incidente durante la convivencia. Algo importante ya que por esos años la policía ponía mil y un reparos a eventos como este, y en especial, si se trataba de gente poco amiga del jabón. El festival terminó las tres jornadas sin muertes por sobredosis, lo que terminó de asegurar el prestigio de la experiencia. Prestigio basado principalmente en la gran calidad de las presentaciones, algunas de ellas son ahora efemérides de la historia del rock, como la incineración de la guitarra por Jimi Hendrix o la perfomance de Janis Joplin, que la lanzaría a la fama sólo para acelerar la destrucción de su ser sufriente. Otra distinción que se lleva Monterey es haber sido el primer festival de rock a beneficio. Los músicos tocaron gratis, excepto Ravi Shankar que cobró, no por gusto se viaja desde la India. El material fílmico y las grabaciones siguen rindiendo dinero, cuarenta años después, para una fundación sin fines de lucro.
Tal éxito de organización dejó un magnifico precedente para intentar lo que vendría luego en la costa este, el Festival de Woodstock de 1969, que desbordó toda expectativa hasta volverse casi una fuerza natural. Favorito de la nostalgia hippie, Woodstock fue sin embargo el cierre de lo que Monterey inició en aquel lejano “verano del amor”. El mensaje de convivencia pacífica parecía haberse dañado con el recuento de los casos de sobredosis, accidentes e incluso muertes que se reportaron en Woodstock. Poco después, en diciembre de 1969, en el Altamont Free Concert, encabezado por los Rolling Stones, un asesinato propiciado por el alcohol y el racismo, ocurrido mientras la banda se presentaba, dio la estocada final a los ilusos sesentas.

Como a nosotros todo esto sólo nos consta por los registros fílmicos, si “Monterey Pop” no fuera tan buen documental el festival habría sido poco menos que olvidado. El responsable de esto es D. A. Pennebaker, un director que había sobresalido poco antes con “Don´t Look Back” (1967), un documental sobre la primera gira de Bob Dylan en Inglaterra. En “Don´t Look Back”, D. A. Pennebaker practicaba un estilo, por ese entonces novedoso, donde el personaje era retratado a través de sus propias acciones, discretamente registrado por una cámara en mano, sin intervención de entrevistas y narraciones. Hablamos del Cine Directo que tuvo en D. A. Pennebaker a uno de sus pioneros. El Direct Cinema propugnaba un tipo de documental que registrara la realidad con la menor alteración posible, donde la cámara no fuera una intrusa sino un ojo asomándose por la cerradura. El gran éxito de “Don´t Look Back” (1967), junto con la imagen ya legendaria de Bob Dylan, introdujo a D. A. Pennebaker en el mundo del rock. Era la elección obvia cuando los organizadores pensaron en un cineasta que registre el festival.
Para el proyecto de “Monterey Pop”, con los mejores equipos de grabación de sonido y varios camarógrafos a su disposición, D. A. Pennebaker retrataría toda una generación un par de décadas menor que él. Al contrario de lo que se prefiere hoy, registrar a los artistas desde la mayor cantidad de ángulos, Pennebaker se decidió por el uso frecuente del primer plano y el plano detalle. Una cámara fascinada con los pequeños elementos: cuerpos, rostros activados por la música, dedos animando instrumentos. Tanto que escasos planos pueden satisfacer secuencias enteras de un artista.

El público es tan importante como las estrellas sobre el escenario. Pennebaker se distrae constantemente con rostros y reacciones que encuentra entre la masa. Gente que no se sabe observada, comunicando su estado de ánimo de la manera más sutil. Por momentos el público se vuelve protagónico, y el documental se entretiene con la juventud de sus rostros, su vestimenta y sus gestos mínimos de bienestar. El retrato más optimista de una generación prometedora… pensar que ahora todos ellos deben estar tan viejos.

Mostrar más imágenes de "Monterey Pop"











Mostrar todavía más imágenes de "Monterey Pop"










Leer nota completa

La sociedad alienígena

En los años cincuenta, mientras Estados Unidos se jactada de su prosperidad y estilo de vida, una película de serie B pondría en las pantallas la peor pesadilla de una sociedad que se ahogaba en la paranoia colectiva. De la naciente Ciencia Ficción, que por entonces producía obras baratas destinadas al consumo de adolescentes maravillados con los viajes al espacio y el encuentro de otros mundos, venía “Invasion of the Body Snatchers” (La invasión de los suplantadores de cuerpos, 1956) para poner la alerta en rojo. La fantasía, en apariencia inofensiva, de este género podía ser utilizada como inquietante alusión de las tensiones que se respiraban no en otros planetas, sino a la vuelta de la esquina.

Leer nota completa

El infierno son los otros

En un género, el porno, que hoy se desvanece en la abundancia y el consumismo, donde muchos circularon sin querer ser recordados, Gerard Damiano es uno de los pocos nombres que es imposible olvidar. Es responsable de films que dieron al género su partida de nacimiento en la sociedad diurna. Gracias a Damiano, por escasos años en Estados Unidos, ver una película pornográfica podía ser considerado de buen gusto. Los intelectuales podían comentarla sin desprestigio, los periodistas podían recomendarla sin escándalo. Con “Devil in Miss Jones” (El diablo en la señorita Jones, 1973), Damiano dio al porno su máxima manifestación. Entiéndase, en términos artísticos. Maximalismos más palpables no tardarían en llegar.

A causa del gran impacto que significó “Deep Throat" (Garganta Profunda, 1972), su debut, Gerard Damiano fue primero solicitado por la Justicia y después asaltado por la Mafia. Pero mientras los delincuentes tomaban el control de la rentable “Garganta”, su director se reponía espléndidamente en su siguiente película, “Devil in Miss Jones”. En ella, Damiano demostraba tener inusuales ambiciones de estilo sin que ello significara reducir la cuota de carne que el público esperaba encontrar. De hecho, hasta fue aumentada. Sin embargo, la “señorita Jones” no necesitaría del escándalo que gozó la juguetona “Garganta” para volverse un clásico. Sofisticada e inquietante, “Devil in Miss Jones” encandiló a los críticos con la promesa de una pornografía intelectual. “La señorita Jones”, el redentor de un género que nunca creyó en vírgenes.

La acción se inicia de la manera menos sexual imaginable, un duchazo de agua fría para la platea calenturienta. La madura Justine Jones (Georgina Spelvin) se corta las venas y muere desangrada en la bañera. A continuación, aparece en una sala donde un funcionario del más allá le informa de la complejidad de su caso para la burocracia celestial. En vista que Justine llevó una vida intachable, incluso murió siendo virgen, merecería naturalmente irse al Cielo. Sin embargo, el hecho de haber acabado sus días suicidándose la pone inevitablemente en lista de espera para el Infierno. Como este será finalmente su destino, en retribución le ofrecen la posibilidad de “ganarse” el Infierno, haciendo que el castigo valga la pena. Regresar a la Tierra y desempeñarse con pasión en un Pecado Capital. Para alegría de todos, Justine elige la lujuria, darse un atracón del placer que en vida no conoció.

Acto seguido Justine inicia su aprendizaje a manos de su “tutor” (Harry Reems) que como primera lección le introduce un dildo en el ano. A pesar del rudo bautizo, el interés de la señora Jones no hace más que crecer. Descubre maravillada las experiencias que ofrece el pene de su tutor. Lo manipula, hace preguntas, le rinde veneración inmediata. La felación es un descubrimiento inevitable, y Justine lo practica como si fuera su inventora en una escena que inclusive hoy es sorprendente. Con dolor y placer Justine pierde su antigua virginidad. En su nueva vida el disfrute carnal será lo único importante. A continuación vemos a la señora Jones pasar lista a las estaciones obligatorias del catálogo porno: un escarceo lésbico, masturbación con frutas, felación a dos bocas, penetración a dos penes y hasta jugueteos con una serpiente. Conmovedor el momento en que Justine se masturba en la bañera, donde antes se había suicidado. El acto, acompañado por una banda sonora épica, tomada de un western, nos muestra un apego desesperado por la vida.

Como estaba previsto, el tiempo de revancha se termina para Justine y su destino es el Infierno. El funcionario intenta aliviarla adelantándole que tal lugar no es como lo pintan. No hay fuego eterno o demonios hundiendo sus tridentes, por el contrario es un sitio tranquilo, donde las almas simplemente esperan. Advertencia: en las líneas siguientes contaré el final. Trasladada al Infierno, Justine aparece en una celda en compañía de un hombre, interpretado por el mismo Gerard Damiano, que vive obsesionado con el sonido de las moscas y en constante miedo. Para la ahora lasciva señora Jones, el infierno será pasar toda eternidad (que deben ser muchos años) con un sujeto absolutamente desinteresado por el sexo. “No puedo hacerlo por mí misma”, le grita desde la angustia y la excitación, luego de fracasar en seducirlo. Justine se masturba infructuosamente en pos de un orgasmo que nunca llegará.

A pesar de estar totalmente adscrita al porno y a su propósito de estimular, “Devil in Miss Jones” es una película de ruptura en el género. Para comenzar, abre con una chocante escena, el suicidio en la bañera, elemento totalmente atípico en un género tan complaciente y predecible. Apostando por hacer un film consistente y no utilizar un pretexto argumental para hilvanar números sexuales, Damiano se toma su tiempo tanto en la contemplación de la muerte como en las celebraciones del placer. El desenlace nos deja una reflexión irónica sobre lo vano que resulta tanto ser casto o lujurioso. Aunque parezca mentira, “Devil in Miss Jones” fue escrita bajo el influjo existencialista de Jean Paul Sartre, concretamente de la pieza teatral “A puerta cerrada” (1967). En esta obra, tres personajes condenados al Infierno descubren que su castigo será permanecer en la misma habitación, soportándose mutuamente por siempre. De aquí la famosa frase, “el infierno son los otros”, sus miradas y nuestra necesidad de aceptación.

Sin lugar a dudas “Devil in Miss Jones” no sería el clásico que es solamente por su buena historia, la otra gran razón es la maravillosa performance de su actriz protagonista, Georgina Spelvin, seudónimo que en el mundo del porno tuvo Michelle Graham. Su elección en el rol principal fue otro elemento de ruptura. Georgina tenía 36 años cuando interpretó a la señora Jones y su cuerpo hoy sólo encontraría vitrina en las producciones “amateur”. Es decir, de una normalidad que el canon pornográfico prefiere evitar. Tal vez por eso, Georgina originalmente fue contratada como cocinera. Con formación actoral, pero fracasada como actriz formal, Spelvin ya había debutado en producciones eróticas empujada por el desempleo. Pero en su paso por la naciente industria porno de los setenta, rápidamente dejó de hacer los almuerzos para convertirse en una de sus figuras más respetadas.

Simplemente, Georgina Spelvin puso su conocimiento actoral al servicio de las exigencias del género. Es justamente esta capacidad lo que hace “Devil in Miss Jones” una película tan potente. Georgina hace verosímil el cambio tan abrupto de virgen a ninfómana. En el trayecto, dejó para sus seguidoras el paradigma de la puta pornográfica: ciega adoración al falo y sus varoniles fluidos, predilección por el coito y magnífica actitud para intentar otras formas de penetración. Pero todo esto, que miles han repetido hasta el cansancio, tuvo en Spelvin la interpretación más convincente y apasionada. ¿Que mejor para excitar al público que hacerles creer que toda aquella voracidad sexual es sincera? Spelvin lo logró a puro pulso, mira tú.

Luego de deslumbrar a los gringos en “Devil in Miss Jones”, la falta de atributos anatómicos no fue obstáculo para que Georgina Spelvin participe en infinitad de producciones posteriores. Hizo apariciones discretas en el cine mainstream, como un guiño para la audiencia pornófila, pero casi siempre en el rol de prostituta, donde suelen encasillar a las actrices XXX cuando intentan cruzar la frontera. Spelvin hizo su última aparición, pero sin sexo, en el remake “The New Devil in Miss Jones” (2005), nueva revisión de este film ya antes manoseado hasta por cinco falsas secuelas, y se retiró a los 47 años, vaya descaro.


Mostrar más imágenes de "Devil in Miss Jones"











Leer nota completa