Monterey Pop: gente en movimiento

Por lo general, las filmaciones de conciertos se limitan a registrar a los músicos en escena. Aunque desplieguen una multitud de cámaras en todo rincón posible, la sutil seducción del lenguaje del cine siempre estará lejos de sus ambiciones. A veces hasta gustándote mucho la música, la frialdad de su contraparte visual hace que finalmente te aburras. En la cresta de mi gusto por el rock sesentero, vi “Monterey Pop”(1968) y conocí a la más maravillosa excepción. Una película de concierto que, además de musicalmente brillante, resultó ser una experiencia cinematográfica total.

“Monterey Pop” es consecuencia de la apoteosis del movimiento hippie. Ocurrido entre junio y septiembre de 1967, en la costa oeste de Estados Unidos, fue el llamado “summer of love”. Por ese tiempo el poder de la flor mostró su máximo colorido y aroma. Hordas de simpatizantes de otras ciudades se aglomeraron en San Francisco, la cuna de los hippies, para experimentar un estilo de vida totalmente diferente. Cuando el verano acabó muchos regresaron a casa llevándose consigo las revelaciones del amor, la paz y la marihuana. Los zarrapastrosos, entonces, dirían los de derecha, se multiplicaban por todo el país. La industria del cine, por su parte, no podía quedarse de brazos cruzados frente a este naciente y melenudo público, contrario a la Guerra de Vietnam. La contracultura hippie comenzaba a figurar en las grandes pantallas para su mayor exaltación. El documental “Monterey Pop” fue pionero en hacer de la juventud hippie objeto de fascinación cinematográfica. Preparó el camino para que después “Woodstock” (1970) se lleve la gloria de ser la película hippie por excelencia.
“Monterey Pop” es el encuentro feliz entre el director D. A. Pennebaker y el Monterey International Pop Music Festival, evento sin precedentes que congregaría a más de 200 mil personas atraídas por la música y la vibra del momento. Durante tres días, entre el 16 y 18 de Junio de 1967, en Monterey, California, el “verano del amor” recibió banda sonora definitiva por obra de los músicos que el festival engrandecería. Tendría, entre otros, a Jimi Hendrix en la cima de sus poderes; a Janis Joplin, frente a un público boquiabierto, en su primera actuación masiva; a The Who, traídos de Inglaterra para destrozar guitarras y patear tambores en suelo americano; a Jefferson Airplane con su espléndida cantante, Grace Slick; los sonidos azucarados de Simon and Garfunkel y The Mamas and the Papas; al enérgico Otis Redding por última vez en un escenario, tristemente moriría poco después en un accidente; y a Ravi Shankar, un músico traído de la India para satisfacer el hambre de misticismo del público.

El Festival de Monterey fue el primer, y quizá el único, ejercicio totalmente exitoso de la “utopía hippie” a nivel masivo. Demostraron que era posible congregar a miles bajo las banderas de la tolerancia, el repudio a la guerra y la adoración al rock, sin tener que lamentar algún incidente durante la convivencia. Algo importante ya que por esos años la policía ponía mil y un reparos a eventos como este, y en especial, si se trataba de gente poco amiga del jabón. El festival terminó las tres jornadas sin muertes por sobredosis, lo que terminó de asegurar el prestigio de la experiencia. Prestigio basado principalmente en la gran calidad de las presentaciones, algunas de ellas son ahora efemérides de la historia del rock, como la incineración de la guitarra por Jimi Hendrix o la perfomance de Janis Joplin, que la lanzaría a la fama sólo para acelerar la destrucción de su ser sufriente. Otra distinción que se lleva Monterey es haber sido el primer festival de rock a beneficio. Los músicos tocaron gratis, excepto Ravi Shankar que cobró, no por gusto se viaja desde la India. El material fílmico y las grabaciones siguen rindiendo dinero, cuarenta años después, para una fundación sin fines de lucro.
Tal éxito de organización dejó un magnifico precedente para intentar lo que vendría luego en la costa este, el Festival de Woodstock de 1969, que desbordó toda expectativa hasta volverse casi una fuerza natural. Favorito de la nostalgia hippie, Woodstock fue sin embargo el cierre de lo que Monterey inició en aquel lejano “verano del amor”. El mensaje de convivencia pacífica parecía haberse dañado con el recuento de los casos de sobredosis, accidentes e incluso muertes que se reportaron en Woodstock. Poco después, en diciembre de 1969, en el Altamont Free Concert, encabezado por los Rolling Stones, un asesinato propiciado por el alcohol y el racismo, ocurrido mientras la banda se presentaba, dio la estocada final a los ilusos sesentas.

Como a nosotros todo esto sólo nos consta por los registros fílmicos, si “Monterey Pop” no fuera tan buen documental el festival habría sido poco menos que olvidado. El responsable de esto es D. A. Pennebaker, un director que había sobresalido poco antes con “Don´t Look Back” (1967), un documental sobre la primera gira de Bob Dylan en Inglaterra. En “Don´t Look Back”, D. A. Pennebaker practicaba un estilo, por ese entonces novedoso, donde el personaje era retratado a través de sus propias acciones, discretamente registrado por una cámara en mano, sin intervención de entrevistas y narraciones. Hablamos del Cine Directo que tuvo en D. A. Pennebaker a uno de sus pioneros. El Direct Cinema propugnaba un tipo de documental que registrara la realidad con la menor alteración posible, donde la cámara no fuera una intrusa sino un ojo asomándose por la cerradura. El gran éxito de “Don´t Look Back” (1967), junto con la imagen ya legendaria de Bob Dylan, introdujo a D. A. Pennebaker en el mundo del rock. Era la elección obvia cuando los organizadores pensaron en un cineasta que registre el festival.
Para el proyecto de “Monterey Pop”, con los mejores equipos de grabación de sonido y varios camarógrafos a su disposición, D. A. Pennebaker retrataría toda una generación un par de décadas menor que él. Al contrario de lo que se prefiere hoy, registrar a los artistas desde la mayor cantidad de ángulos, Pennebaker se decidió por el uso frecuente del primer plano y el plano detalle. Una cámara fascinada con los pequeños elementos: cuerpos, rostros activados por la música, dedos animando instrumentos. Tanto que escasos planos pueden satisfacer secuencias enteras de un artista.

El público es tan importante como las estrellas sobre el escenario. Pennebaker se distrae constantemente con rostros y reacciones que encuentra entre la masa. Gente que no se sabe observada, comunicando su estado de ánimo de la manera más sutil. Por momentos el público se vuelve protagónico, y el documental se entretiene con la juventud de sus rostros, su vestimenta y sus gestos mínimos de bienestar. El retrato más optimista de una generación prometedora… pensar que ahora todos ellos deben estar tan viejos.

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Cómo conseguirla:

La vi en la excelente edición
en DVD de Criterion Collection.
De hecho esta sería la primera opción.
De todas maneras
está disponible
en el Emule. No hay necesidad de subtítulos

Para descargar película:
Enlace eD2k

¿Cómo funcionan? Consejos técnicos

4 comentarios:

Lee Marvin dijo...

Esta me la apunto!!!!

saludos!!!

Oscar Pita-Grandi dijo...

Tremendo dato! Esta pasa al estante de "documentos" de la historia del cine.

Alma dijo...

La bajé hace unos dias de emule... No se ve tan mal, jejejeje...
Aun no la he podido ver... Apenas la vea te doy mi opinion Andres, que estés muy bien

Alma

pedro bedoya dijo...

Excelente película. Aprovecho para felicitarte y agradecerte por tu esfuerzo. Una pregunta: ¿Sabes cuándo se estrenó Woodstock en Lima? Recuerdo haberla visto en la entrañable cazuela del Orrantia. Gracias nuevamente. Saludos. Pedro