La sociedad alienígena

En los años cincuenta, mientras Estados Unidos se jactada de su prosperidad y estilo de vida, una película de serie B pondría en las pantallas la peor pesadilla de una sociedad que se ahogaba en la paranoia colectiva. De la naciente Ciencia Ficción, que por entonces producía obras baratas destinadas al consumo de adolescentes maravillados con los viajes al espacio y el encuentro de otros mundos, venía “Invasion of the Body Snatchers” (La invasión de los suplantadores de cuerpos, 1956) para poner la alerta en rojo. La fantasía, en apariencia inofensiva, de este género podía ser utilizada como inquietante alusión de las tensiones que se respiraban no en otros planetas, sino a la vuelta de la esquina.

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El infierno son los otros

En un género, el porno, que hoy se desvanece en la abundancia y el consumismo, donde muchos circularon sin querer ser recordados, Gerard Damiano es uno de los pocos nombres que es imposible olvidar. Es responsable de films que dieron al género su partida de nacimiento en la sociedad diurna. Gracias a Damiano, por escasos años en Estados Unidos, ver una película pornográfica podía ser considerado de buen gusto. Los intelectuales podían comentarla sin desprestigio, los periodistas podían recomendarla sin escándalo. Con “Devil in Miss Jones” (El diablo en la señorita Jones, 1973), Damiano dio al porno su máxima manifestación. Entiéndase, en términos artísticos. Maximalismos más palpables no tardarían en llegar.

A causa del gran impacto que significó “Deep Throat" (Garganta Profunda, 1972), su debut, Gerard Damiano fue primero solicitado por la Justicia y después asaltado por la Mafia. Pero mientras los delincuentes tomaban el control de la rentable “Garganta”, su director se reponía espléndidamente en su siguiente película, “Devil in Miss Jones”. En ella, Damiano demostraba tener inusuales ambiciones de estilo sin que ello significara reducir la cuota de carne que el público esperaba encontrar. De hecho, hasta fue aumentada. Sin embargo, la “señorita Jones” no necesitaría del escándalo que gozó la juguetona “Garganta” para volverse un clásico. Sofisticada e inquietante, “Devil in Miss Jones” encandiló a los críticos con la promesa de una pornografía intelectual. “La señorita Jones”, el redentor de un género que nunca creyó en vírgenes.

La acción se inicia de la manera menos sexual imaginable, un duchazo de agua fría para la platea calenturienta. La madura Justine Jones (Georgina Spelvin) se corta las venas y muere desangrada en la bañera. A continuación, aparece en una sala donde un funcionario del más allá le informa de la complejidad de su caso para la burocracia celestial. En vista que Justine llevó una vida intachable, incluso murió siendo virgen, merecería naturalmente irse al Cielo. Sin embargo, el hecho de haber acabado sus días suicidándose la pone inevitablemente en lista de espera para el Infierno. Como este será finalmente su destino, en retribución le ofrecen la posibilidad de “ganarse” el Infierno, haciendo que el castigo valga la pena. Regresar a la Tierra y desempeñarse con pasión en un Pecado Capital. Para alegría de todos, Justine elige la lujuria, darse un atracón del placer que en vida no conoció.

Acto seguido Justine inicia su aprendizaje a manos de su “tutor” (Harry Reems) que como primera lección le introduce un dildo en el ano. A pesar del rudo bautizo, el interés de la señora Jones no hace más que crecer. Descubre maravillada las experiencias que ofrece el pene de su tutor. Lo manipula, hace preguntas, le rinde veneración inmediata. La felación es un descubrimiento inevitable, y Justine lo practica como si fuera su inventora en una escena que inclusive hoy es sorprendente. Con dolor y placer Justine pierde su antigua virginidad. En su nueva vida el disfrute carnal será lo único importante. A continuación vemos a la señora Jones pasar lista a las estaciones obligatorias del catálogo porno: un escarceo lésbico, masturbación con frutas, felación a dos bocas, penetración a dos penes y hasta jugueteos con una serpiente. Conmovedor el momento en que Justine se masturba en la bañera, donde antes se había suicidado. El acto, acompañado por una banda sonora épica, tomada de un western, nos muestra un apego desesperado por la vida.

Como estaba previsto, el tiempo de revancha se termina para Justine y su destino es el Infierno. El funcionario intenta aliviarla adelantándole que tal lugar no es como lo pintan. No hay fuego eterno o demonios hundiendo sus tridentes, por el contrario es un sitio tranquilo, donde las almas simplemente esperan. Advertencia: en las líneas siguientes contaré el final. Trasladada al Infierno, Justine aparece en una celda en compañía de un hombre, interpretado por el mismo Gerard Damiano, que vive obsesionado con el sonido de las moscas y en constante miedo. Para la ahora lasciva señora Jones, el infierno será pasar toda eternidad (que deben ser muchos años) con un sujeto absolutamente desinteresado por el sexo. “No puedo hacerlo por mí misma”, le grita desde la angustia y la excitación, luego de fracasar en seducirlo. Justine se masturba infructuosamente en pos de un orgasmo que nunca llegará.

A pesar de estar totalmente adscrita al porno y a su propósito de estimular, “Devil in Miss Jones” es una película de ruptura en el género. Para comenzar, abre con una chocante escena, el suicidio en la bañera, elemento totalmente atípico en un género tan complaciente y predecible. Apostando por hacer un film consistente y no utilizar un pretexto argumental para hilvanar números sexuales, Damiano se toma su tiempo tanto en la contemplación de la muerte como en las celebraciones del placer. El desenlace nos deja una reflexión irónica sobre lo vano que resulta tanto ser casto o lujurioso. Aunque parezca mentira, “Devil in Miss Jones” fue escrita bajo el influjo existencialista de Jean Paul Sartre, concretamente de la pieza teatral “A puerta cerrada” (1967). En esta obra, tres personajes condenados al Infierno descubren que su castigo será permanecer en la misma habitación, soportándose mutuamente por siempre. De aquí la famosa frase, “el infierno son los otros”, sus miradas y nuestra necesidad de aceptación.

Sin lugar a dudas “Devil in Miss Jones” no sería el clásico que es solamente por su buena historia, la otra gran razón es la maravillosa performance de su actriz protagonista, Georgina Spelvin, seudónimo que en el mundo del porno tuvo Michelle Graham. Su elección en el rol principal fue otro elemento de ruptura. Georgina tenía 36 años cuando interpretó a la señora Jones y su cuerpo hoy sólo encontraría vitrina en las producciones “amateur”. Es decir, de una normalidad que el canon pornográfico prefiere evitar. Tal vez por eso, Georgina originalmente fue contratada como cocinera. Con formación actoral, pero fracasada como actriz formal, Spelvin ya había debutado en producciones eróticas empujada por el desempleo. Pero en su paso por la naciente industria porno de los setenta, rápidamente dejó de hacer los almuerzos para convertirse en una de sus figuras más respetadas.

Simplemente, Georgina Spelvin puso su conocimiento actoral al servicio de las exigencias del género. Es justamente esta capacidad lo que hace “Devil in Miss Jones” una película tan potente. Georgina hace verosímil el cambio tan abrupto de virgen a ninfómana. En el trayecto, dejó para sus seguidoras el paradigma de la puta pornográfica: ciega adoración al falo y sus varoniles fluidos, predilección por el coito y magnífica actitud para intentar otras formas de penetración. Pero todo esto, que miles han repetido hasta el cansancio, tuvo en Spelvin la interpretación más convincente y apasionada. ¿Que mejor para excitar al público que hacerles creer que toda aquella voracidad sexual es sincera? Spelvin lo logró a puro pulso, mira tú.

Luego de deslumbrar a los gringos en “Devil in Miss Jones”, la falta de atributos anatómicos no fue obstáculo para que Georgina Spelvin participe en infinitad de producciones posteriores. Hizo apariciones discretas en el cine mainstream, como un guiño para la audiencia pornófila, pero casi siempre en el rol de prostituta, donde suelen encasillar a las actrices XXX cuando intentan cruzar la frontera. Spelvin hizo su última aparición, pero sin sexo, en el remake “The New Devil in Miss Jones” (2005), nueva revisión de este film ya antes manoseado hasta por cinco falsas secuelas, y se retiró a los 47 años, vaya descaro.


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El regreso de los zombies nostálgicos

De niño mi profesión soñada era director de películas de terror. ¿Qué otro género me podría merecer más respeto? A los siete años sufrí una semana de pesadillas producto de la inofensiva “Cocoon” (1985). Ni la práctica ancestral del “paso del huevo” logró sacar de mí la terrible impresión de haber visto gente quitarse la piel como si fuera un abrigo. Después de noches de insomnio con las primeras secuelas de “Pesadilla en la calle Elm” (1984), pensaba qué emocionante sería poder inventar aquello que tanto me intranquilizaba.

Una de mis películas favoritas de aquella época es “The Return of the Living Dead” (El regreso de los muertos vivientes, 1985). Gracias a ella descubrí, a los diez años, que el miedo que sentía también podía resultar divertido. Tiempo después, a los veintiséis años, la vuelvo a ver y lo primero que descubro es que no era a blanco y negro, como recordaba, sino el televisor de aquel cine club de barrio, en la tranquila y árida provincia de Ilo, donde viví.

En un subgénero invadido por obras olvidables, a pesar de su título engañoso, esta película es una de las piezas distinguidas. Es originaria, cómo lo es prácticamente todo el género de manera indirecta, de la clásica “Night of the Living Dead” ( La noche de los muertos vivientes, 1968) de George A. Romero. Años después de estrenada, sus dos guionistas, John Russo y Romero, se disputaron el uso del término “living dead” en el título de posteriores producciones. El veredicto determinó que Romero debería conformarse con usar simplemente “dead”, mientras Russo podía hacer lo que quisiera con “living dead”. Entonces escribió una novela. Romero continuaba su saga con la excelente “Dawn of the Dead” (El amanecer de los muertos, 1978) mientras que Russo vendía los derechos de su propia historia de zombies a un estudio. El proyecto se retrasaría largo tiempo debido a varios cambios de director, finalmente sería adaptada y dirigida por Dan O'Bannon, uno de los creadores de “Alien”, y vencería ampliamente, en términos taquilleros por lo menos, a la tercera parte de la saga de Romero, “Day of the Dead” (1985).

Si bien son los films de Romero los considerados, con justicia, auténticos clásicos del cine de zombies, la primera entrega de “The Return of the Living Dead”, sin embargo, aportaba un estilo fresco para contar una historia de putrefacción. Un mórbido sentido del humor, un guión lúdico, dosis satisfactorias de gore y hasta una chica bailando desnuda sobre una tumba, hicieron que un amplio público, que ya dominaba las claves del subgénero, amara sus cadáveres viscosos. Lamentablemente sus secuelas no tuvieron suerte creativa, ni sello de autor alguno, pero aún así fueron consumidas por millones de aficionados.

En “El regreso de los muertos vivientes”, el joven Freddy inicia su nuevo empleo en un almacén de artículos médicos. Frank, el encargado, le muestra el stock: esqueletos venidos de la India, perros partidos por la mitad y hasta un cadáver congelado. Todo se vende para fines didácticos y científicos. Para impresionar al novato, Frank le cuenta que los hechos contados en “Night of the Living Dead” realmente sucedieron, pero para no meterse en problemas con los militares, el director tuvo que ocultar la verdadera causa de la reanimación de los muertos. Se trataba de un gas tóxico preparado por el Ejército de USA, originalmente pensando para ser rociado sobre marihuana, pero que resultó tener efectos secundarios muy particulares sobre la carne muerta. Los cadáveres reanimados accidentalmente fueron capturados por el Ejercito y escondidos. Pero, fíjense la coincidencia, debido a un error administrativo, uno de ellos fue enviado al almacén. “¿Quieres ir al sótano a verlo?” pregunta y el muchacho que no lo duda un segundo.

La carnicería empezó con una torpeza. Para demostrar la seguridad de la cápsula que contiene el cuerpo, Frank la golpea y el gas reanimador se dispara. Al despertar se dan con la sorpresa que todo lo muerto ha recobrado vida, desde las mariposas disecadas hasta el cadáver reciente en el freezer, que ahora grita y golpea desesperadamente la puerta. Presas del pánico, lo único que atinan es en llamar al jefe. Luego de un histérico forcejeo con el muerto viviente, los empleados y el jefe logran descuartizarlo. Descubren que la única manera de desaparecer los miembros, todavía en movimiento, es cremándolos en la morgue vecina. Resultó ser mala idea. El humo de la cremación, combinado con la lluvia, esparcirá el poder de reanimación por todo el cementerio (naturalmente, también ubicado en la misma cuadra). Ya saben las consecuencias: hordas de vigorosos muertos vivientes rodeando el vecindario. Los protagonistas y una pandilla de amigos de Freddy, que fue a matar el rato en el cementerio, se la pasarán gritando de miedo mientras luchan por bloquear el ingreso de los cadáveres.

A diferencia de los carnívoros y más dramáticos muertos de Romero, los “living dead” tienen como única preferencia culinaria el cerebro de los vivos. En una escena memorable, los personajes capturan el tórax cadavérico de una mujer y le preguntan la razón de esta exquisitez. Comer cerebro calma el dolor de estar muerto, el dolor de sentir la propia putrefacción.

Entre otras razones, “The Return of the Living Dead” es hoy una película entrañable para mucha gente porque es una fantasía formidable imbuida de la cultura pop de los ochentas. Encontramos en ella aquellos sonidos y colores que ahora son característicos de la época. Vestuario, diseño de créditos, punk y sintetizadores en la banda sonora, y hasta efectos especiales perfectamente ochenteros. Hay que reconocer, también, que contribuyó mucho a su recordación, que el personaje punky Trash (Linnea Quigley) se la pase desnuda durante casi toda su existencia en la película, siendo mujer o zombie.

En “The Return of the Living Dead” el humor es negrísimo. La desesperación de los personajes no produce angustia alguna sino risa. Sus vidas nos parecen tan estúpidas, que se siente mejor estando del lado de los zombies. A pesar de estar muertos de miedo, queda un resquicio por donde el apego a la propiedad y la buena reputación sigue en la mente de los norteamericanos. La parodia llega al máximo con un desenlace que hace trizas del poder militar. Llamadas a medianoche, un botón y un proyectil se movilizan a tiempo antes que el escándalo aseche al amanecer. Saldo: 4000 muertos, muchos de ellos reincidentes.


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La invasión infinita

¿Requisitos para ser una película de culto? Por ejemplo, que un escritor hoy casi mítico haya trabajado en su realización. Mejor aún si dicha cinta fue, en su momento, poco valorada por el público de su país. Naturalmente que haya reposado largo tiempo en el olvido antes de ser avistada por críticos y entusiastas. Mayor exquisitez si pertenece a una cinematografía accidentada como Sudamérica. En concreto, “Invasión” (1969), una película distinguida por el inmenso nombre de quien fue uno de sus guionistas: Jorge Luis Borges. La película de culto argentina por excelencia.

El director argentino Hugo Santiago había imaginado para su primer largometraje una ciudad imaginaria sitiada por fuerzas extrañas. Pensó que de escribirla lo haría a la manera de Borges y Bioy Casares. Suerte la suya fue tener en confianza a este último y poder ir a su casa a proponérselo. Después de experiencias desigualmente satisfactorias con el cine, una adaptación del relato “El Hombre de la esquina rosada” y la primera versión de “Emma Zunz” bajo el nombre de “Días de odio” (1954), Jorge Luis Borges es convocado por Casares para trabajar por primera vez como guionista. Junto a Santiago, el dúo de escritores se entusiasmó con el proyecto y echarían a andar la máquina de escribir.

“Invasión” es una historia fantástica en el sentido más sutil del término. Corre el año 1957, Aquilea, una ciudad ficticia que no oculta su gran parecido con Buenos Aires, está siendo rodeada silenciosamente por misteriosos enemigos. Don Porfirio dirige un grupo, al parecer clandestino, de defensores de la ciudad. Identificables por sus trajes oscuros, un puñado de habitantes de Aquilea se arriesga en el intento de sabotear el avance del poderoso invasor. Sin embargo, la toma de Aquilea parece ser un hecho inminente y toda resistencia condenada a la inmolación. Sospechando que luchan por una causa perdida, los defensores, tras fracasadas escaramuzas, van desapareciendo en el heroísmo. Los hábitos de la vida cotidiana (tomar mate con los amigos, la convivencia entre esposos) se van contaminando de idealización mientras la realidad se extinge solemnemente. Un lúgubre músico reaparece a lo largo del film con su guitarra a cuestas interpretando la Milonga de Manuel Flores cuya letra, escrita por Borges, es una resignación tranquila frente a la muerte: “Manuel Flores va a morir, eso es moneda corriente. Morir es una costumbre que sabe tener la gente. Y sin embargo me duele decirle adiós a la vida. Esa cosa tan de siempre, tan dulce y tan conocida”.

Vista hoy “Invasión” nos sugiere además una metáfora anticipada del régimen fascista que secuestraría Argentina pocos años después. Los hombres de trajes claros, tal es como visten los invasores, capturan a un militante y la infame picana hace, posiblemente, su primera aparición en el cine argentino. Sin embargo, como en la Argentina real, en la invadida Aquilea florece una resistencia condenada a ser infinita.

El universo de Borges nos habla en "Invasión", principalmente, a través del tema del heroísmo. Como sucede en su literatura, el film refleja su fascinación por el coraje arrebatado y el destino fatal, a veces glorioso, a veces vano, de los héroes. En los boliches de Aquilea la valentía es lo más preciado. Por otra parte, "Invasión" está influida por la concepción borgeana del relato fantástico, es decir donde no existe lo "sobrenatural" sino la especulación de otras nociones del tiempo y el espacio, aplicadas a mundos imaginarios.

Estilísticamente, “Invasión” bebío de las tendencias más vanguardistas del cine francés de la época. Hugo Santiago obtuvo su formación como cineasta siendo asistente de Robert Bresson. Por eso su estilo tiene más predilección por hilvanar pequeños momentos poéticos que en sacar adelante un gran relato épico. La acción transcurre sin explicación de causas, dejando al espectador mucho a su intuición, expresándose a través de diálogos literarios, sonidos, miradas y emplazamientos silenciosos. Aunque tal vez excesivamente densa en su devenir, “Invasión” es en conjunto una película sugerente y original, con materia para varias visiones.

Seguramente debido a tales características, esta película fue un rotundo fracaso comercial en Argentina. Borges, que ya por entonces era ciego, nunca la pudo ver (aunque solía ver cine a oídas) pero lamento su fracaso. Tal vez de alguna forma todo esto también estaba previsto. Santiago se instaló definitivamente en Francia donde realizó, nuevamente en colaboración con Bioy Casares y Borges en el guión, “Les Autres” (Los Otros, 1974), la historia de un librero que buscando la causa del suicidio de su hijo, se encuentra con sus otros "yo". La carrera posterior de Santiago tomó rumbos todavía más vanguardistas, mezclando lo clásico con lo experimental, alternando la producción de “objeto audiovisuales” con esporádicas obras de ficción. Toda un filmografía solitaria y casi secreta que en su mayoría no estrenaría en Argentina. En 1985, con “Les Trottoirs de Saturne” (Las veredas de Saturno), vuelve a recrear Aquilea para contar la historia de un bandoneonista exiliado en París. Lo que en “Invasión” comenzó como una ciudad sitiada, en “Las veredas de Saturno” la ocupación abarca todo un país. Con la dictadura militar de por medio entre ambos filmes, lo fantástico, que en “Invasión” distanciaba el relato de un contexto histórico específico, en “Las veredas de Saturno” adquiere una connotación política y de añoranza por una patria irrecuperablemente perdida.

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Faster Pussycat Kill! Kill!


“Faster Pussycat Kill! Kill!” (1965) es un puñado de fantasías sexuales impresas en celuloide. En ella, su director, Russ Meyer, a quién dirigir películas le excitaba, según confesión, terminó de hacer carne a las temibles criaturas que poblaban su filmografía. Mujeres preeminentes cuyos cuerpos ofrecían variedad de ángulos a la cámara desde donde colmar el ecran con piernas, caderas y, muy en especial, tetas superlativas. Sin embargo, la intención no era solamente exhibirlas, simpatizante de la liberación femenina, Meyer compuso a las más liberadas de entre las damas: respondonas, temerarias, mandonas, malhumoradas, aficionadas a los vehículos motorizados y a las peleas, y por supuesto, expeditivas en materia de sexo. Mucho antes de Sylvester Stallone y Arnold Schwarzenegger, la figura del guerrero bendecido con carnes y motores ya había pasado por el cine… y llevaba sostén.

Russ Meyer es el equivalente a Hugh Hefner en el cine norteamericano, de hecho fueron grandes amigos. Ambos aprovecharon cierta distensión de la censura, durante los prósperos años cincuenta norteamericanos, para sacar al mercado lo que muchos querían comprar: visiones de cuerpos desnudos. Meyer comenzó su producción erótica como fotógrafo durante los primeros años de Playboy, pero pronto se iría con sus chicas al cine para fundar el subgénero nudie con el film “The Immoral Mr. Teas” (1959) con un argumento que es el sueño de todo adolescente: un hombre desarrolla la habilidad de ver a través del vestido de las damas (¡me robaron la idea!). A partir de ahí los imitadores rodaron obras semejantes hasta el hartazgo, la mayoría de ellas eran simples exhibiciones de piel hilvanadas por una débil trama. Nuevamente pionero y obedeciendo sus obsesiones, Meyer agregó un nuevo ingrediente a la formula: la violencia. Apostando por las preferencias más inconfesables del público, Meyer rodaba cada película seguro de dar al público en la yema del gusto, divirtiéndolo sin mayores complicaciones, pero desarrollando una narrativa farsesca y dislocada, reconocible como su sello de autor.

Hoy muy lejos de ser considerada una película obscena, “Faster Pussycat Kill! Kill!” (1965) es vista como una atractiva extrañeza, revoltijo de arte pop, cultura del cómic y folletín erótico, para muchos la mejor de su director. A diferencia de la mayoría de sus películas, en esta cinta Meyer no se permitió ni un desnudo, aunque ganas no le faltarían ni a él ni después al público. Las tres protagonistas son Billie (Lori Williams), rubia de cinturita, ruda y hedonista; Rosie (Hají), asiática, agresiva y posiblemente lesbiana; y la temible Varla (Tura Satana), la líder, de cabellera negra, rasgos japoneses, tetona, grandota y malvada. De las tres la única con experiencia previa en la actuación era Tura Satana que anteriormente había aparecido en una película de Billy Wilder (Irma La Douce, 1963). Las otras dos tenían en su curriculum el logro, nada despreciable, de haber sido playmates. De todas maneras el talento histriónico en “Faster Pussycat” era un requisito sin importancia.

“Faster Pussycat Kill! Kill!” se inicia con una voz que diserta sobre la naturaleza de la violencia y advierte que su forma más letal se esconde bajo la piel de una mujer. “Podría ser tu secretaria, la recepcionista de tu doctor o una bailarina de un club nocturno”, y a continuación viene el ejemplo. Varla, Rosie, Billie son tres bailarinas que se contorsionan frenéticamente ante la lascivia de los parroquianos. Viajan por el desierto conduciendo sus porsche a toda velocidad con ganas de meterse en pleitos. En una pista de carreras encuentran a una pareja, un piloto experimentado y su novia Linda, menuda y dulce. Varla reta al piloto a una carrera, gana jugando sucio, discute con él, lo golpea y lo mata a mano limpia aplicándole una llave. Las chicas secuestran a Linda y huyen. Paran en una gasolinería, el encargado les cuenta que cerca de ahí vive un viejo inválido que esconde mucho dinero en su casa. Varla decide que irán por el botín. El viejo vive, rifle en mano, con sus dos hijos: Vegetable, musculoso pero retardado, y el tranquilo Tommy. Las villanas son recibidas con desconfianza y deseo. Pronto nuevas apariciones de violencia definirán el destino de los personajes.

En esta película todo es irreal, es como estar leyendo una historieta. Los diálogos no pretenden ser naturales, juegan siempre con el doble sentido. Las situaciones suceden velozmente y pasan sin mayor trámite desde forcejeos a rondas de insultos, cada cual más ingenioso, o peleas cuerpo a cuerpo y duchazos al aire libre. Todo esto enfatizado por una entretenida banda sonora de jazz y rock. Como puede apreciarse, la verosimilitud no es virtud que “Pussycat” aspire alcanzar. Meyer hasta lo afirma haciendo decir a Varla: “You don´t have to believe it, honey. Just act it.” (“No tienes que creerlo, querida. Sólo actúalo”).

"Faster Pussycat" y otras obras dieron a Russ Meyer el crédito suficiente para ser considerado uno de los directores más originales e influyentes del cine contemporáneo. Sin embargo, como su imaginación estuvo al servicio de uno de los géneros menos respetados, tuvieron que llegar tiempos, como los nuestros, donde las estéticas discordantes del pasado encuentran devotos, para elevarse a los altares de la crítica. Pero quien no tardó en premiar su originalidad fue el dinero. Las películas de Meyer están entre las más rentables del cine norteamericano, presupuestos ínfimos que recaudaron millones en taquila. Cuando Meyer realizó “Vixen” (1968), la historia de una ninfómana malhumorada y racista, se llenó tanto los bolsillos que Hollywood olvidó todos sus miramientos y decidió aprovechar esta nueva mina de oro. Para comenzar, contrató a su descubridor. Para la 20th Century Fox, Meyer dirigió otro de sus clásicos, “Beyond the Valley of the Dolls” (1970), proyectando sus obsesiones en miles de pantallas, pero esta vez con el acabado que permite el gran presupuesto. Otro de los sectores que, según cuentan, cambio de opinión respecto a Meyer fue, aunque suene irónico, las feministas (al menos algunas de ellas). Después de condenarlo por sexista, se vio con admiración que en sus fantasías las mujeres sean decididas, agresivas y en domino de la situación, mientras los hombres son desquiciados, violentos e impotentes. Toda una visión pop del poder femenino.


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