Juguemos en el bosque

Y yo que comenzaba a sentirme insensible ante el shock cinematográficamente provocado. Un día me encuentro, un segundo después de los títulos en francés, con dos caballos fornicando. Desconcertante hardcore equino: la vulva palpitante de la yegua y un falo del tamaño que no te imaginas, mostrados con la cercanía de quien se complace con la cópula humana. Después de esta poderosa escena de amor bestial, no queda duda que “La bête” (La bestia, 1975) invoca, de entre más oscuros tabúes, a la zoofilia. Pero no se trata del vicio de tu vecina por el cunnilingus incansable de su perro, sino del asalto carnal que habría cometido King Kong contra la frágil Fay Wray, de haber tenido varios metros menos.

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Los asesinos de la luna de miel

Mientras los códigos de censura decaían y los antihéroes reclamaban roles protagónicos, Bonnie y Clyde al fin perecían bajo un concierto de balas. Estados Unidos se volvió a enamorar de esta pareja de asaltantes bancarios, esta vez resucitados con la apostura de Warren Beatty y la belleza maliciosa de Faye Dunaway. Pero los serial killers no siempre fueron tan fotogénicos. Inspirada también en una pareja que hizo correr ríos de sangre y de tinta en el pasado, “Los asesinos de la luna de miel” (The Honeymoon Killers,1970) no estaba pensada para quienes gustaban del glamour de la violencia. Protagonizada por una mujer amargada que pesaba más de cien kilos y un latin lover fraudulento y angustiado por su calvicie, la película al principio no encontró más comprensión que la de aquellos que frecuentaban los cines de medianoche en busca de entretenimiento estridente.

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Un modesto apocalipsis

Repentinamente me acordé de esas siete esferas gigantes con siete púas como cuernos: una bestia vaticinada en el Apocalipsis. No sé porqué la imagen se paseó por mi mente, pero la agarré de los pelos y traje de vuelta a una de las películas para adultos que más me impresionaron en mi niñez. La vi por televisión en una hora en que se suponía los niños dormían. Recuerdo que, además de ciertas escenas violentas, me impactó su fatalismo feroz. Cuando el Diablo quiere algo no hay quien lo pare. “Holocaust 2000” (1977) es una película apocalíptica hecha en un tiempo en el que era comercial anunciar el fin del mundo para el 2000, yo la vi bastante después cuando el mundo estaba una década más cerca a su final.

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Postales de época

Jacopetti y Prosperi, aquel dúo de documentalistas italianos, habían dado vuelta al mundo buscando coloridas peculiaridades humanas para sorprender a una audiencia que poco imaginaba lo que podía ocurrir cruzando el Mediterráneo. En “Mondo Cane” (1962), su primer y mayor éxito, presentaron un estilo de documental mucho menos acomedido en conservar sereno a su público. Su cámara pretendía actuar como un sincero reportero gráfico de la crudeza de la naturaleza, pero eso sí, bellamente adornada con espléndida música y una fotografía excelsa. Frente a sus películas la indiferencia era imposible. Espectadores atacados por taquicardias y arcadas, las despreciaban con pasión. Otros quedaron culposamente fascinados ante la extrañeza que desafiaba a sus ojos. Para algunos de estos se creó después el “mondo”, la rama más torcida brotada del cine.

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Los triunfos y los fraudes

Orson Welles inició su carrera cinematográfica en la cima. A partir de ahí sólo le quedó descender por la pendiente impuesta por la antipatía hollywoodense contra este genio que no escupía monedas. Sus esfuerzos por completar otro film, a pesar de la permanente incomprensión de sus productores, tuvieron éxito por última vez con “F for Fake” (1974). Así como en su debut, su involuntaria despedida del cine también dio visos del futuro. “F for Fake” es una violación al género documental. Es un film sobre la falsificación y una película fraudulenta al mismo tiempo. Vestido de mago, ejecutando trucos ante unos niños, Welles nos promete que, durante una hora, no dirá ni una mentira en su relato sobre tres maestros del engaño.

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El secreto de la pirámide

¿Qué forma más elegante de homicidio que inducir a la víctima a encontrar la muerte por sí misma sólo para escapar de violentas alucinaciones? Un hombre engancha su sombrero en el perchero. Pero el sombrero salta de regreso a su cabeza y las formas de serpientes del perchero cobran vida para enganchar al hombre. Las lámparas también enloquecen e incendian la habitación. El hombre se libera pero preso del pánico se lanza por una ventana. Si tienes seis años y tu madre no puede explicarte bien cómo funcionan los “efectos especiales”, no hay forma de olvidar escenas como aquella. “El secreto de la pirámide” (1985), o “Young Sherlock Holmes”, intentó comenzar otra franquicia de cine para niños y adolescentes pero fracasó, y yo la vi sólo porque estaba en cartelera el domingo que me llevaron al cine. Pero después feliz habría ido a ver la secuela que nunca tuvo.

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“Se lo advertí, estúpidos”

“Se lo advertí, estúpidos” (“I told you so. You dammed fools”) era el epitafio que había pensado para sí H.G. Wells, un escritor que narraba el futuro. Este padre de la Ciencia Ficción ya lo había imaginado todo: extraterrestres catastróficos, paseos en el Tiempo, colonialismo lunar, mártires de la Ciencia y pesadillas en las que la civilización humana se quiebra por el vicio de la guerra. Masas de lectores seguían sus historias y esperaban ansiosos que en la próxima entrega la sensatez y la Ciencia salven al hombre de otro colosal aprieto del mañana. Naturalmente, el cine del futuro se ocuparía de representar a su antojo los sueños del viejo Wells, pero el escritor pudo en una oportunidad involucrarse profundamente en la realización de una película: “Things to Come” (La vida futura, 1936). Adaptando su propia novela, Wells contó las noticias de años que por entonces parecían muy distantes y que ahora están por llegar.

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El fantasma de la máquina

Donald Cammell no era en absoluto un artista indiferente a las preocupaciones de sus productores. Cuando su película, “Wild Side” (1997), fue reeditada y recortada por quienes temían que su narrativa no lineal y su excesiva crudeza sexual la hicieran invendible, el desilusionado Cammell tuvo otro buen motivo para pegarse un tiro en la cabeza. Así lo hizo, pero no murió de inmediato. Su mala puntería le otorgó 40 minutos de agonía consciente. Pidió a su esposa que sostuviera un espejo para que pudiese apreciar la película de su muerte. Dejó para el recuerdo cuatro cintas de una carrera de casi treinta años. Una de ellas, la que tenía en menor estima y realizó por encargo de un gran estudio, es “Demon Seed” (Engendro mecánico, 1977). A pesar de su desinterés por la Ciencia Ficción, o quizá por eso, Cammell dio al género una de sus obras más sustanciosas. Una supercomputadora y su empeño de procrear un hijo con una mujer. El “fantasma de la máquina” quiere sentir el sol en la cara.

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Sembrando cinefilia infantil

Febrero tuvo una interesante experiencia para mí. A fines del año pasado, preparando los cursos que la Dirección de Cine y TV de San Marcos ofrecería para el verano, me ofrecieron que dictara un curso de apreciación cinematográfica para niños. Mi primera reacción fue la del que piensa que la comunicación con niños requiere una paciencia invencible, un lenguaje pueril y una permanente sonrisa de oreja a oreja. Al pensarlo por segunda vez supe que teniendo como aliado y objeto de estudio al cine, mi supuesta incapacidad pasaría desapercibida. Así que acepté y lo ofrecimos junto a cursos de realización de ficción, guión y otras destrezas del cine, a cargo de gente mucho más experimentada que yo. La edades de mi alumnado (tal vez un intervalo disímil entre sí) estarían entre los 9 y 13 años. El costo sería de S/.100 soles, el más barato de todos los cursos. Pasó todo enero y no tuvimos ningún inscrito. Al parecer a los padres de familia no les parecía una inversión productiva que sus niños conozcan el cine, más allá de las salidas de domingo, en lugar de hacerlos sudar la gota gorda en actividades más edificantes como el futbito, el volley o simplemente atormentándolos con nivelación en matemática.

Al borde de la decepción, me propusieron que el curso se ofreciera gratis, como para ver qué tal sale. Dos semanas después ya teníamos 20 matriculados y hubieran seguido inscribiéndose si no hubiéramos puesto el tope ahí. Por un momento entré en pánico al ver que era inminente que estaría a cargo de 20 chiquillos por dos horas durante ocho clases. Pero las cosas salieron mucho mejor de lo imaginado. Para comenzar eso de enseñar cine a niños es un “juego de niños”. Lo primero que hice fue pasarles un cuestionario sobre sus preferencias cinematográficas y lo último que vieron en el cine. Aunque mayoritariamente están al tanto del cine de animación, hubo quien había visto “El sustituto” de Clint Eastwood. Imagínense, una niñita de 10 años, Daniela, cuyos “irresponsables” padres permitieron ver tremendo drama. Inmediatamente supe, lo que ya sospechaba, que los alumnos están tan familiarizados con el lenguaje audiovisual que un curso de apreciación debía ser un viaje hacia la diversidad que ese placer ya conocido tenía para ofrecerles.

Después de una clase introductoria en las que les presenté la primera sesión del cinematógrafo de los Hermanos Lumiere y un corto de vaqueros casi tan antiguo como el cine mismo (“The Great Train Robbery”,1903), las siguientes clases estuvieron dedicadas a los géneros: la comedia, la Ciencia Ficción, el horror y el musical. Para cada sesión preparaba diapositivas con conceptos de cada género que alternaba con fragmentos de películas representativas. También hubo una clase, con cámara en mano, sobre el lenguaje audiovisual. Culminamos con las técnicas de efectos especiales y el cine de animación. La respuesta de los niños fue bastante buena. Algunos participaban y en general no veía en sus caras lo que tanto había temido: expresiones de desinterés o aburrimiento. Y eso que es bien sabida la sinceridad de los niños.

Lástima que no todos los alumnos inscritos al inicio llegaron hasta la última clase. Quizá se debió a la poca importancia que le dan algunos padres a lo que no les costó abrir la billetera. En fin fue una gran experiencia que quisiera repetir y mejorar, por ejemplo, mi capacidad de improvisar en mis explicaciones. Estamos buscando otras instituciones o municipalidades que puedan estar interesadas en ofrecer este mismo curso a los niños de su comunidad. Que yo sepa esto no se ha hecho antes en Lima. Una herramienta de comunicación tan poderosa como el cine no se debe tomar a la ligera como pretenden hacernos creer lo que hacen películas “para niños”. Así que si trabajas o sabes de alguna organización que pudiera estar interesada, pásame la voz…

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Alicia y el porno musical

Un día la pornografía amable llegó a compartir cartelera con los grandes lanzamientos del momento. En 1977, como una acariciante alternativa para los que no acudían al cine con ganas de galaxias muy lejanas y esgrima de espadas de luz, 2oth Century Fox Australia exhibió, acompañando el estreno de “Star Wars” (1977), una peculiar versión de “Alicia en el país de las maravillas”. Si en una sala tenían lo más avanzado de la Ciencia Ficción, en otra se proyectaba la máxima ambición del porno: hacer un musical. “Alice in Wonderland: An X-Rated Musical Fantasy” (1976) es una película insólita, una ebria colisión de géneros sólo posible en los 70´s. Después de la cópula, no seguía el cigarrillo sino el deseo incontrolable de cantar y bailar.

A mediados de los 70´s ya no era extraño que una película con fines excitatorios fuera referida en los periódicos y se exhibiera en salas que no necesariamente pertenecían a la zona rosa. En Estados Unidos, el “porno chic” ya era accesible al gran público. Favorecido por la gran publicidad que da la controversia y la simpatía de los críticos por su atractiva desobediencia, el porno dejó de ser anónimo y a los espectadores les importaba un poco menos que los reconocieran a la salida del cine. “Alice in Wonderland” da fe de aquel esplendor perdido. Una producción de ese nivel no se había visto antes en el género. Un clásico cuento de la literatura infantil interpretado por desnudistas cantantes y animalitos libidinosos. Era algo imposible de resistir y el público acudió en tropeles a los cines. Pero congregaciones tan grandes frente a la piel desnuda en celuloide estaban próximas a disolverse. El videotape esperaba a la vuelta de la esquina y con él el porno se haría más popular que nunca gracias al propicio anonimato de su espectador.

“Alice in Wonderland” (en español conocida como “Alicia en el país de las pornomaravillas”) era obra de Bill Osco, un productor que había tenido éxito con largometrajes de porno suave. Su película anterior era una parodia de Flash Gordon, con prolijos efectos especiales y obscenidades, adulterada como “Flesh Gordon” (1972). Para continuar necesitaba otro relato de la cultura popular, libre del pago por derechos de autor y que se preste para la cochinada. Lewis Carroll se retorcía en su tumba mientras Osco hacía de su clásica novela la nueva curiosidad musical del porno. Aunque del tipo suave, pues si bien se rodaron algunas escenas de sexo explícito, estas no fueron incluidas en el producto final para lograr una certificación que le permita venderse mejor. Fue todo un éxito de público, tanto así que la 20th Century Fox adquirió sus derechos de distribución para sacarle más jugo. La crítica también la celebró a carcajadas. Sin el material hardcore, “Alice in Wonderland” lucía como un cuento picaresco más que complaciente con el ojo y, para el género al que pertenece, más que ingenioso en sus diálogos. ¡Además tenía canciones!

En todo cuento infantil no debe faltar la inocencia. En este caso Alice es una jovencita, soñadora, cohibida y bibliotecaria, que se resiste a entregarse a su novio (que trabaja en una gasolinera). Cuando, frustrado, el novio abandona la escena, Alice empieza a cantar sobre cómo siempre se pierde la diversión a pesar de ya estar bien crecidita. Acto seguido hace su aparición el consabido conejo, con unas orejas que parecen parte de su barba, que atraviesa el espejo y tras él Alice, esta vez hacia un mundo donde el sexo no viste nada de vergüenza. Alice toma una pócima para empequeñecer, pero naturalmente su vestido no se encoge por lo que se cubrirá apenas con lo que tenga a mano. ¿En qué otro musical puedes observar generosos asomos de pezones y vello púbico mientras la cantante ejecuta su número? En el país de las maravillas, Alice se encontrará con una serie de personajes extravagantes y con disfraces no identificables que, entre canciones y coreografías torpes, le enseñarán lo bien que se siente cuando te dejas llevar por la piel. Unas piedras parlantes serán testigos de su primera masturbación, será invitada a tomar el té y luego adiestrada en felación, conocerá el lesbianismo, el “interracialismo” (por acción de un caballero negro) y hasta jugueteará con una parejita de hermanitos incestuosos. Todo para que a su regreso, su novio se lleve una magnifica sorpresa.

Gustó de “Alice in Wonderland” que su gruesa irreverencia no fuera tan a la par con sus imágenes, por lo que resultó un entretenimiento muy grato, quizá hasta familiar. Durante la emoción de los 70´s por la fantasía del amor libre y el dejar salir cualquier extravagancia, no podía ser menos que apreciada una criatura como esta. Pero lo que hacía que volvieras al cine a verla una y otra vez era la bellísima actriz en el papel de Alice, Kristine DeBelle. Hubo un crítico famoso que cayó rendido y en su reseña proclamó que DeBelle tenía gran potencial tanto en el porno como fuera de él. Es que su deliciosa carita de inocente, sus mohines, sus bucles rubios, la propensión por el desnudo de su espigado cuerpo y la soltura de lengua para el diálogo picaresco, eran anzuelos certeros para pescar audiencias masculinas.

A pesar de la gran impresión que causó al principio, el futuro de DeBelle como actriz no sería muy afortunado. Por más taquillera que hubiese resultado su primera película era del tipo de las obscenas y ninguna actriz de respecto podía salir de ahí. Por eso DeBelle si quería triunfar en el mainstream debía comenzar desde abajo, soportando quizá la desventaja de ser una mala candidata para la notoriedad, debido a su experiencia previa. En los años siguientes, el nombre de DeBelle se perdía en la lista de créditos de películas protagonizadas por actores como Richard Gere o Barbara Streisand. Aunque había obtenido uno que otro rol con más de una línea de diálogo, en 1979 recayó en el soft-core, nuevamente a las órdenes de Bill Osco, en una lamentable película llamada “Cheerleader´s Wild Weekend” donde ni siquiera aparece desnuda. En 1980, fue co-estrella junto a Jackie Chan en una película que no le gustó a nadie (The Big Brawl). En la televisión le fue mejor pues obtuvo un rol de cierta importancia en una telenovela gringa muy popular (The Young and the Restless). Pero justo en ese momento, cuando su rostro brillaba en la caja boba y en horario familiar, su pasado x-rated reapareció de manera brutal. Con la llegada del video, Bill Osco relanzó “Alice in Wonderland” incluyendo aquellos insertos hardcore que tenía guardados. Todavía lejano estaba el tiempo en que si a una celebridad le descubren un video haciendo una felación, su popularidad llegaría hasta la cima. Pero para la pobre Kristine DeBelle una cosa así sólo podía ser devastadora. Aunque no toda la pornografía agregada había sido actuada por ella, era evidente que sus labios se han posado en penes y vulvas y sus dedos la habían masturbado frente a cámaras. Se dice que la versión “extendida” perjudica bastante la frescura del film original, y quizá tengan razón. Se dice también que despidieron a DeBelle de la telenovela. Siguió probando suerte pero los papeles que obtenía eran cada vez más insignificantes, tanto que alguna vez su participación terminaba en el tacho de basura de la sala de edición. Para finales de los 80´s se retiró del cine y la televisión completamente y no se supo más de ella.


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Los renacidos

El cine a veces convierte a las más acariciadas utopías en pesadillas que nadie quisiera soñar. Un hombre de mediana edad, asfixiado por el confort material y autista de emociones, llega casi por casualidad a una empresa que vende el renacimiento. Radicales cirugías lograrán que, con sus ojos de siempre, observe en el espejo un rostro que nunca vio. Pero la solución al vacío interior no es una nueva envoltura. Demasiado sombría e intensa para su tiempo, “Seconds” (1966) de John Frankenheimer, no oyó aplausos ni de los críticos más vanguardistas y fue olvidada por largo tiempo. Si después resultaron novedosas las historias de identidades físicamente transformadas o trasplantadas, como en “Abre los ojos”, por ejemplo, era porque “Seconds” había sido vista por pocos.

“Seconds” fue el primer fracaso comercial de John Frankenheimer. Este director, formado en la televisión, ni bien entró al cine acertó con una seguidilla de grandes éxitos de taquilla y de crítica (“Birdman of Alcatraz”, 1961; “The Manchurian Candidate”, 1962; “Seven Days in May”, 1964; “The Train”, 1964). Por sus películas se lucían los mejores actores del momento y después el Oscar siempre acudía a mimarlos. Pero “Seconds”, fuera del reconocimiento de la Academia por la fotografía, sólo obtuvo en ambas orillas del Atlántico antipatía por su elaborado pesimismo. Ni Rock Hudson, un arquetípico galán de los 50`s: altísimo, mandíbulas rotundas y entradas pronunciadas, dando vida a un personaje cuyo rostro representaba una proeza de la cirugía plástica, pudo impedir que este film sufriera de esa indiferencia inicial. Aunque tiempo después fue rescatada y conocida como una película de culto poco conocida, fue recién con el DVD que “Seconds” renace definitivamente. Es decir, ahora nomás.

“Seconds” (estúpidamente conocida en español como “Plan diabólico”) reunía varios ingredientes para ser incomprendida. Presentaba un tratamiento visual adelantado a su época al servicio de un relato mordaz sobre aquellos hombres de maletín y traje gris que lo habían dado todo por alcanzar el Sueño Americano. Algo doblemente inesperado viniendo de un cineasta que había aprendido a usar una cámara en la Guerra de Corea, rodando registros para la Fuerza Aérea, y cuyos mayores éxitos en el cine versaban sobre intrigas políticas, magnicidios y otras ansiedades de la Guerra Fría. “Seconds”, en cambio, venía de una novela de Ciencia Ficción que reflexionaba sobre el costo y la naturaleza de la libertad con una conclusión nada alentadora.

En “Seconds” todo ocurre veloz y confusamente ante la mirada perpleja de su protagonista y los espectadores, en el mismo grado de incertidumbre. Arthur Hamilton es un hombre maduro, adinerado, distanciado de su esposa y cansado de la vida. Un día recibe la llamada de un amigo de juventud que creía muerto. El sujeto le insiste que acuda a una dirección. Las llamadas persisten, Hamilton se refugia en su hermetismo pero un día se siente impulsado a acudir. Llega a las oficinas de una compañía clandestina. El motivo que lo trajo a ese lugar todavía le es confuso hasta que un anciano, el jefe de la Compañía, le explica qué ha venido a buscar. Los lazos afectivos que lo unen con la vida son tan tenues que nadie lamentaría mucho si Hamilton muriera, ni siquiera él mismo. Antes que su vida se hunda completamente en la deshumanización, la Compañía le ofrece un cadáver que le dará defunción oficial y una segunda oportunidad de ser feliz bajo otra cara, otra edad y otras ocupaciones. Hamilton es sometido a cirugías que cambiarán radicalmente todo lo que recuerde a su anterior identidad. “Incluso operaremos sus tendones para que tenga otra caligrafía”. Arthur Hamilton es reinsertado como Antiochus Wilson, un pintor exitoso que residirá en Malibu, California. Sus obras de arte y estatus social ya han sido previamente resueltos por la Compañía: “Usted ya ha sido aceptado”. Ahora sólo debe ocuparse de pasar por su nueva vida lo mejor que pueda, como quien toma unas vacaciones permanentes de sí mismo.

El denso clima de angustia del film se logra con la exaltación del plano subjetivo, triunfo del director de fotografía James Wong Howe. Desde la presentación de los créditos, “Seconds” se regodea en la deformación. Una pesadilla se debe mirar con “ojos de pez”, en blanco y negro, con primerísimos planos y una exagerada profundidad de campo. Además “Seconds” es pionera en el artilugio de fijar una cámara a un actor, mediante un arnés, para lograr planos donde el sujeto se mantiene fijo mientras el fondo se remece a cada paso. El inequívoco desconcierto de esta técnica ha sido explotado, hasta el cansancio, por películas que vendrían mucho después. Toda esta truculencia, sumada a la música que aporta su toque de malicia, plasmaron tan bien las inquietudes de Hamilton/Wilson que hicieron de “Seconds” la peor opción para el espectador que gustaba salir del cine relajado y reconciliado con la rutina.

En otro momento del film, Hamilton/Wilson descubre que su nueva vida, a la que no puede adaptarse aún, persigue el mismo sinsentido de la que abandonó. Como haría cualquier cliente haciendo uso de sus derechos, acude a la Compañía en demanda de una “tercera oportunidad”. El anciano le dice decepcionado: “Confiaba que conseguiría convertir su sueño realidad”. “Creo que nunca tuve ningún sueño", responde el cliente. "Si tuve alguno de seguro no fue el de ser Antiochus Wilson”. Entonces es llevado nuevamente a la sala de operaciones…

Después de “Seconds”, para Frankenheimer el sueño parecía terminar. Estados Unidos despertaba un día con la noticia del asesinato de John F. Kennedy y muchos se acordaron de Frankenheimer como el ave de mal agüero que había mostrado, cinco años antes, en “The Manchurian Candidate” un atentado del mismo estilo contra un presidente estadounidense. Desmotivado, Frankenheimer se marchó a Europa donde le fue tan mal como cineasta que decidió estudiar para chef. En los 70´s regresó a USA para retomar una carrera que ahora alternaría con un alcoholismo tenaz. Tuvo algunos éxitos aislados en los años posteriores pero no pudo librarse la fama de ser un director al que se le habían terminado las buenas ideas hace tiempo.

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