Explotation ácido
1967 ¿Qué mejor año para intentar recrear un viaje alucinógeno de principio a fin? Summer of love, rock sicodélico y una cultura que pregonaba hacer el viaje como modo autoconocimiento y, de paso, protesta contra el sistema. El cine no podía olvidarse de esta masa de percepción caleidoscópica. Roger Corman, un despreocupado director de ciencia ficción y fantasías de horror de bajo costo, realizó “The Trip” (1967) para las audiencias melenudas hartas de la trama. Una película que, casi en totalidad, es la representación de un viaje de LSD, según experiencia de su guionista, Jack Nicholson, iniciándose en el cine. Si nunca habías probado LSD por temor o por no tener amigos hippies, “The Trip” te aseguraba la experiencia más cercana. Aunque unos toques de hierba podían ayudar.“The Trip” inicia con un cartel de advertencia sobre el peligro de los alucinógenos, pero cual cajetilla de cigarrillos que lo hace por cumplir. En verdad, “The Trip” no oculta admiración por el grado de expansión mental que otorga el ácido, incluso podría ser visto como un film "didáctico" sobre su uso. El protagonista es Paul Groves (Peter Fonda), un director de comerciales que a raíz de su divorcio decide experimentar su primer viaje con LSD. Su guía le da reconfortantes consejos antes de suministrarle la pastilla. La realidad comienza a distorsionarse a los pocos minutos de metraje. Lo que sigue son las mejores técnicas de los 60´s en alucinación cinematográfica: ojo de pez, cuerpos pintados, proyecciones sobre cuerpos desnudos, efectos caleidoscopio, solarizaciones, coloridas ensoñaciones y, por supuesto, una banda sonora de rock sicodélico, esta vez proveída por Electric Flag. Evitando ser una constante divagación de imágenes, la película alterna entre la alucinación y el mundo concreto. Vemos al protagonista interactuando con otros desde su peculiar percepción. De hecho, presa del mal viaje, Paul abandona a su guía y huye a la calle, donde lidiará con delirio de persecución, alucinaciones con una lavadora, sensaciones de pánico y cuestionamientos personales con Dennis Hopper como juez. “El viaje” no es de grandes pretensiones, es uno de los primeros intentos de atrapar la ensoñación de las drogas en celuloide, mil veces después intentado después con resultados desiguales. Tiene a su favor estar libre de interpretaciones morales y hacer un tratamiento sincero de la experiencia. Aunque por momentos peca de cierta grandilocuencia, por ejemplo de haberse incluido en el torrente alucinógeno escenas de corte medieval, a lo Tolkien, hasta con enanos.
El director Roger Corman tenía en el ahorro de recursos la distinción de su estilo. Realizó infinitad de películas de bajo presupuesto, rodadas en pocos días, a ritmo constante por años y siempre pensadas en ser fructíferas en taquila. Por sus manos pasaron, como director primero y luego como productor, clásicos de la Ciencia Ficción (“It Conquered the World”,1956), exitosas adaptaciones de Poe (“El pozo y el péndulo”, 1961; “House of the Usher”, 1960), cintas blackexplotation, las primeras “cárceles de mujeres” (The Big Doll House,1971), esculturales y violentas amazonas (Barbarian Queen, 1985) entre muchas otras vertientes del cine Serie B que alguna vez interesaron al público. Otros preferían complicarse con producciones elaboradas, Roger Corman le gustaba irse a casa temprano.A lo largo de su extensa producción, Corman dio oportunidad a muchos de los jóvenes directores que liderarían la siguiente etapa del cine norteamericano. Es así como fue posible que Martin Scorsese dirigiera, en sus inicios, un drama explotation (“Boxcar Bertha”,1972), Francis Ford Coppola debutara con thrillers de horror gótico (“The Terror”, 1963; “Dementia 13”, 1963) y James Cameron, mucho antes de la astronómica “Titanic”, pusiera su firma en un film barato sobre pirañas voladoras (“Piranha II: The Spawning”, 1981), todas ellas obras austeras producidas por Roger Corman.
“The Trip” sería el antecedente más próximo de aquel triunfo de la contracultura que sería “Easy Rider” (1969). Sus tres figuras, Peter Fonda, Dennis Hopper y Jack Nicholson, habían sido reunidas dos años antes para el viaje. Jack Nicholson, aún sin éxito como actor, probaba suerte como guionista y haciendo papeles cortos en películas de Roger Corman. El guión de “The Trip”, que basó en sus experiencias, fue su mayor logro en el oficio pero también su retiro. Su papel en “Easy Rider”, el proyecto independiente de Peter Fonda y Dennis Hopper, le traería su primera nominación al Oscar y le quitaría todas las dudas sobre si lo suyo era actuar.
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África, aquella escenografía para la fantasía aventurera, se vino abajo. El espejismo de un continente rústico pero fascinante, salvaje pero dominable que el cine proyectaba a los ojos occidentales se desvaneció de golpe. África, aquel escenario del saqueo europeo, era devuelto a sus verdaderos dueños. Los documentalistas Gualtiero Jacopetti y Franco Prosperi viajaron para ver qué dejaba a sus espaldas la última autoridad colonial al zarpar. El resultado fue “África Addio” (Adiós Africa, 1966), un retrato desolador. El caos, las masacres étnicas, las tiranías sanginarias, eran ahora las postales africanas. Pero Europa prefería mirar a otra parte.
“Africa Addio” es una pesadilla con bella fotografía. El espíritu lúdico y el sentido del humor de “Mondo Cane” no tiene cabida en este retrato devastador de la condición humana. Sin la “supervisión europea”, África es presa del caos. El entusiasmo inicial por la partida de los europeos y el fin de las desigualdades que estos instauraron, rápidamente es reemplazado por los resentimientos étnicos y la pobreza extrema. Lo que sigue es el recuento de una realidad atroz. Sin las antiguas restricciones, los parques nacionales son invadidos y la vida silvestre depredada. Largas secuencias de matanza de animales están entre las más famosas de esta película. Vemos cazadores blancos disparando a elefantes desde helicópteros y decenas de cazadores nativos matando a punta de lanza a ciervos, elefantes y hipopótamos. Es arduo matar a un animal de gran tamaño sin armas de fuego, “Africa Addio” nos lo demuestra en tiempo real. La cacería de hombres no se hace esperar. Desde las alturas vemos a toda una población árabe en espera del genocidio, mientras los cadáveres se van amontonando en fosas. Más ejecuciones, guerrillas, linchamientos, la cámara de “Africa Addio” se infiltra en las revueltas y se mancha de sangre.
Como era de esperarse, la conmoción producida por “Africa Addio” fue inmensa en Italia. No solamente las imágenes eran bastante chocantes e inusuales, sino que la narración en off que las acompañaba planteaba una visión de tintes racistas. Según los realizadores, África no estaba preparada para gobernarse a sí misma. “Europa abandonó a su bebé negro cuando este más lo necesitaba”. Sin la protección del hombre blanco, los negros se desbordan en un festín de sangre y pillaje. La mayoría de veces la narración hace aseveraciones de una retórica capsiosa, de una ironía torpe, menos interesada en el análisis que en la opinión particular. La acusación de racista fue otra gran polémica que recayó sobre los realizadores. El nuevo escándalo mermó en gran media el potencial de poner en el tapete occidental la realidad africana, pues claramente el film señalaba que eran los europeos los primeros responsables de todo aquel desastre, al no formar clases políticas que ejerzan el poder en Africa. En mi opinión, Jacopetti y Prosperi no eran racistas, en el sentido estricto al menos. Su desatino estuvo en tantear sus propios comentarios políticos, demasiado superficiales y presuntuosos para un material tan delicado.
Con todo, “Africa Addio” es un hoy una obra que merece verse por importantes razones. Es el único documento cinematográfico existente sobre la transición africana. Tristemente nos demuestra que las cosas no han cambiado mucho hasta hoy, la escasa información que se difunde de África al mundo reporta los mismos trágicos hechos. Es un documental de muy buena factura, resultado de un trabajo paciente y apasionado, un doloroso placer para los ojos. Y, por último, sus realizadores arriesgaron el pellejo al hacerla y se siente constantemente la presencia del peligro.









Ni siquiera habían pasado diez años y el pueblo japonés volvió a correr por refugio. Lo que no fue aplastado por la bomba atómica, de seguro lo sería por la más misteriosa de sus consecuencias: un gigantesco reptil prehistórico, resucitado del subsuelo marino. La radioactividad traería de vuelta a una criatura de tiempos remotos para darle otra paliza a los sufridos japoneses. Pero esta vez las secuelas serían de lo más rentables. Inspirado por aquel clima de temor y recuerdos amargos, el film “Gojira”(1954) de Ishiro Honda respondería al mundo con el más temible de los mountros japoneses. ¿Lo reconocen? En su pasaporte occidental figura el nombre de Godzilla.
Hoy “Blood Feast” es la niña mimada de los merodeadores de los sótanos del cine. La película es oportunista y despreocupadamente defectuosa, tanto que su deforme estampa es ahora objeto de adoración. Todo esto logrado con un guión primitivo, un presupuesto microscópico, un elenco artísticamente paupérrimo, varias latas de pintura roja y algunos kilos de carne de res.
Mientras tanto, los dos detectives que investigan el caso se lamentan de no tener pistas. En la escena del crimen, frente al cadáver de la última víctima (que la cámara recorre de punta a punta mostrándonos que no escatimaron pintura), los policías se cruzan de brazos y encienden sus cigarrillos. Cuando por fin abren los ojos, Ramses está camino a la casa de Suzette para culminar el ritual. Mientras los asistentes disfrutan sus piñas coladas, Faud en la cocina intenta con engaños decapitar a Suzette. “¿No querrá sacrificarme sobre este mesa?”, pregunta, “Cómo se le ocurre, señorita”. Mrs. Fremont sorprende a Faud con el machete alzado. El asesino sale disparado. La policía irrumpe en el lugar. Advierten del tipo de platillo que Faud estaba por servirles y Mrs.Fremont resolutiva responde: “bien, entonces daremos sándwiches a los invitados”. Afuera Faud Ramses tendrá un final de antología que muy posiblemente sugirió el calificativo de trash (basura) para este tipo de películas.
Tal sería el credo del gore. El nuevo reto sería lograr representaciones de la destrucción del cuerpo cada vez más convincentes y extravagantes. Dando por sentado que el público necesita sentir que todo es falso, ¿a ver que tan fácil les resulta esta vez? Es así como todo un campo de los efectos especiales en el cine se puso manos a la obra. “Blood Feast” resulta tan entretenida porque es justamente el torpe comienzo de todo eso. Si hiciéramos una película gore casera nada más barato que comprar carne en el mercado. Así fue como Herschell Gordon resolvió el asunto de los efectos. La lengua extirpada perteneció a una inocente oveja, los sesos parecen menudencia de pollo y quién sabe que otras porquerías tuvieron que ponerse encima aquellas muchachas.








Por lo general, las filmaciones de conciertos se limitan a registrar a los músicos en escena. Aunque desplieguen una multitud de cámaras en todo rincón posible, la sutil seducción del lenguaje del cine siempre estará lejos de sus ambiciones. A veces hasta gustándote mucho la música, la frialdad de su contraparte visual hace que finalmente te aburras. En la cresta de mi gusto por el rock sesentero, vi “Monterey Pop”(1968) y conocí a la más maravillosa excepción. Una película de concierto que, además de musicalmente brillante, resultó ser una experiencia cinematográfica total.
“Monterey Pop” es el encuentro feliz entre el director D. A. Pennebaker y el Monterey International Pop Music Festival, evento sin precedentes que congregaría a más de 200 mil personas atraídas por la música y la vibra del momento. Durante tres días, entre el 16 y 18 de Junio de 1967, en Monterey, California, el “verano del amor” recibió banda sonora definitiva por obra de los músicos que el festival engrandecería. Tendría, entre otros, a Jimi Hendrix en la cima de sus poderes; a Janis Joplin, frente a un público boquiabierto, en su primera actuación masiva; a The Who, traídos de Inglaterra para destrozar guitarras y patear tambores en suelo americano; a Jefferson Airplane con su espléndida cantante, Grace Slick; los sonidos azucarados de Simon and Garfunkel y The Mamas and the Papas; al enérgico Otis Redding por última vez en un escenario, tristemente moriría poco después en un accidente; y a Ravi Shankar, un músico traído de la India para satisfacer el hambre de misticismo del público.
Tal éxito de organización dejó un magnifico precedente para intentar lo que vendría luego en la costa este, el Festival de Woodstock de 1969, que desbordó toda expectativa hasta volverse casi una fuerza natural. Favorito de la nostalgia hippie, Woodstock fue sin embargo el cierre de lo que Monterey inició en aquel lejano “verano del amor”. El mensaje de convivencia pacífica parecía haberse dañado con el recuento de los casos de sobredosis, accidentes e incluso muertes que se reportaron en Woodstock. Poco después, en diciembre de 1969, en el Altamont Free Concert, encabezado por los Rolling Stones, un asesinato propiciado por el alcohol y el racismo, ocurrido mientras la banda se presentaba, dio la estocada final a los ilusos sesentas.
Para el proyecto de “Monterey Pop”, con los mejores equipos de grabación de sonido y varios camarógrafos a su disposición, D. A. Pennebaker retrataría toda una generación un par de décadas menor que él. Al contrario de lo que se prefiere hoy, registrar a los artistas desde la mayor cantidad de ángulos, Pennebaker se decidió por el uso frecuente del primer plano y el plano detalle. Una cámara fascinada con los pequeños elementos: cuerpos, rostros activados por la música, dedos animando instrumentos. Tanto que escasos planos pueden satisfacer secuencias enteras de un artista.




















