La Hora de los Hornos

“Es falsa la historia que nos enseñaron”. “Un pueblo sin odio no puede triunfar”. “Ningún orden social se suicida”. Mucho después del cine mudo, los carteles en una película volvieron a gritar. Autoproclamado subversivo, el documental argentino “La hora de los hornos” (1968) fue concebido como un instrumento para encender la revolución. Pero aquellos fines sólo podían desearse en la clandestinidad, por eso su realización tenía que ser secreta, su exhibición furtiva y visionarla, un asunto comprometedor.

Acorde a su espíritu político y didáctico, “La hora de los hornos” se extiende por casi cuatro horas. Dividida en tres partes, la primera de ellas se titula “Neocolonialismo y violencia”, de 90 minutos, es la más innovadora en el lenguaje y reconocida internacionalmente. El documental fue realizado por el Grupo Liberación, liderado por Fernando E. Solanas, durante la dictadura militar del General Onganía, por lo que fue imposible exhibirla oficialmente en Argentina hasta 1973. El financiamiento provino de lo ahorrado por los realizadores en su experiencia previa en el cine comercial. Solanas se inició dirigiendo publicidad, sirviendo al “neocolonialismo”, para después cuestionar el sistema a través del mismo medio audiovisual.

“La hora de los hornos” es un documental de agitación social que presenta la historia de América Latina, la “patria grande”, como una sucesión de dominios coloniales. Primero en manos de España, luego de Inglaterra y de allí al “neocolonialismo” de Estados Unidos. La República Argentina recibe también los golpes de la “violencia neocolonial”: campesinos sin tierras, clases trabajadoras oprimidas, disidentes violentamente reprimidos. “La hora de los hornos” hace escarnio de la burguesía y la intelectualidad argentina, presentándola como traidora, alienada y vanidosa de su origen europeo. Las clases medias, por su parte, se adormecen bajo el opio de los medios masivos: la mejor arma del "neocolonialismo" (“mejor que el napalm”). Alentando la indignación de la clase trabajadora ("la única recuperable"), el documental recrea la realidad del pueblo como un régimen de injusticia extenuante. La única opción para los pueblos latinoamericanos, concluye el film, es apostar por su propia vida o muerte a través de la revolución contra el imperialismo. Cuatro minutos del rostro cadavérico del Che Guevara, tambores indígenas de fondo, cierran con solemnidad la primera parte de “La hora de los hornos”.

Lo más interesante de “La hora de los hornos” es que, como película detonadora, plantea una relación con el público radicalmente diferente. El espectador no es más sujeto de entretenimiento, consumidor de un producto terminado, sino un militante potencial al cual hay que inspirar el debate. Tanto es así que las dos siguientes partes ( “Acto para la liberación”, sobre los movimientos sindicales y de resistencia argentinos, y “Violencia y liberación”, dedicado a la argumentación ideológica), en determinados momentos expresamente plantean detener la proyección e iniciar la discusión en la sala. Las agrupaciones militantes eran alentadas a continuar con la creación colectiva de “La hora de los hornos” quitando o agregando su propio material de acuerdo a su experiencia. Esta licencia motivó la existencia de hasta diez versiones del film, en una de ellas, la que se exhibió en 1973, la imagen final del Che era reemplazaba por la de Juan Domingo Perón que por esos años volvía al poder y con quien el Grupo Liberación siempre simpatizó. Poco antes, cuando la película sólo podía ser proyectada clandestinamente, “La hora de los hornos” incriminaba a sus espectadores. Verla era asumir un riesgo.

La propuesta cinematográfica del Grupo Liberación tenía su sustento teórico en el manifiesto Por un tercer cine, que cuestionaba el cine de evasión venido de Hollywood (el primer cine) y el cine de autor (el segundo cine) como expresiones del imperialismo y el arte burgués. A diferencia de aquellos, el tercer cine (independiente, militante y experimental) rechaza la autoría individual, es resultado de la creatividad crítica colectiva. Puesto que persigue el cambio social, el tercer cine debe recurrir a las técnicas más efectivas para remover con su mensaje la base emocional del espectador. El perfecto ejemplo de este "tercer cine" es “La hora de los hornos” que, independiente de su matiz político, es una obra maestra del cine de propaganda, con lecciones muy bien aprendidas de Eisenstein pero también de Brecht y De Sica. Habiendo renunciado desde el principio a toda neutralidad, la película es un catalogo de técnicas de “desinformación”. Recurre a la exaltación, al mensaje subliminal, metáforas, metonimias, caricaturizaciones, al uso profuso de carteles con citas y arengas, de voces testimoniales y piezas musicales que en contraposición con las imágenes redondean la conmoción. Como resultado tenemos secuencias muy efectivas dignas del mejor cine soviético: un partido de golf es utilizado para ilustrar el relato de la oligarquía en el poder desde la Independencia; las robustas y orgullosos cabezas de ganado de un certamen son metáfora del latifundismo; el trajín de un matadero es alternado con íconos publicitarios e imágenes de represión policial. Cada secuencia tiene una propuesta formal diferente con climas que van desde lo didáctico, a lo exultante e indignante. Todo desemboca en la sensación estremecedora de que la realidad es una larga noche de opresión ante la cual sólo nos queda despertar (o morir).

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Explotation ácido

1967 ¿Qué mejor año para intentar recrear un viaje alucinógeno de principio a fin? Summer of love, rock sicodélico y una cultura que pregonaba hacer el viaje como modo autoconocimiento y, de paso, protesta contra el sistema. El cine no podía olvidarse de esta masa de percepción caleidoscópica. Roger Corman, un despreocupado director de ciencia ficción y fantasías de horror de bajo costo, realizó “The Trip” (1967) para las audiencias melenudas hartas de la trama. Una película que, casi en totalidad, es la representación de un viaje de LSD, según experiencia de su guionista, Jack Nicholson, iniciándose en el cine. Si nunca habías probado LSD por temor o por no tener amigos hippies, “The Trip” te aseguraba la experiencia más cercana. Aunque unos toques de hierba podían ayudar.

“The Trip” inicia con un cartel de advertencia sobre el peligro de los alucinógenos, pero cual cajetilla de cigarrillos que lo hace por cumplir. En verdad, “The Trip” no oculta admiración por el grado de expansión mental que otorga el ácido, incluso podría ser visto como un film "didáctico" sobre su uso. El protagonista es Paul Groves (Peter Fonda), un director de comerciales que a raíz de su divorcio decide experimentar su primer viaje con LSD. Su guía le da reconfortantes consejos antes de suministrarle la pastilla. La realidad comienza a distorsionarse a los pocos minutos de metraje. Lo que sigue son las mejores técnicas de los 60´s en alucinación cinematográfica: ojo de pez, cuerpos pintados, proyecciones sobre cuerpos desnudos, efectos caleidoscopio, solarizaciones, coloridas ensoñaciones y, por supuesto, una banda sonora de rock sicodélico, esta vez proveída por Electric Flag. Evitando ser una constante divagación de imágenes, la película alterna entre la alucinación y el mundo concreto. Vemos al protagonista interactuando con otros desde su peculiar percepción. De hecho, presa del mal viaje, Paul abandona a su guía y huye a la calle, donde lidiará con delirio de persecución, alucinaciones con una lavadora, sensaciones de pánico y cuestionamientos personales con Dennis Hopper como juez. “El viaje” no es de grandes pretensiones, es uno de los primeros intentos de atrapar la ensoñación de las drogas en celuloide, mil veces después intentado después con resultados desiguales. Tiene a su favor estar libre de interpretaciones morales y hacer un tratamiento sincero de la experiencia. Aunque por momentos peca de cierta grandilocuencia, por ejemplo de haberse incluido en el torrente alucinógeno escenas de corte medieval, a lo Tolkien, hasta con enanos.

El director Roger Corman tenía en el ahorro de recursos la distinción de su estilo. Realizó infinitad de películas de bajo presupuesto, rodadas en pocos días, a ritmo constante por años y siempre pensadas en ser fructíferas en taquila. Por sus manos pasaron, como director primero y luego como productor, clásicos de la Ciencia Ficción (“It Conquered the World”,1956), exitosas adaptaciones de Poe (“El pozo y el péndulo”, 1961; “House of the Usher”, 1960), cintas blackexplotation, las primeras “cárceles de mujeres” (The Big Doll House,1971), esculturales y violentas amazonas (Barbarian Queen, 1985) entre muchas otras vertientes del cine Serie B que alguna vez interesaron al público. Otros preferían complicarse con producciones elaboradas, Roger Corman le gustaba irse a casa temprano.

A lo largo de su extensa producción, Corman dio oportunidad a muchos de los jóvenes directores que liderarían la siguiente etapa del cine norteamericano. Es así como fue posible que Martin Scorsese dirigiera, en sus inicios, un drama explotation (“Boxcar Bertha”,1972), Francis Ford Coppola debutara con thrillers de horror gótico (“The Terror”, 1963; “Dementia 13”, 1963) y James Cameron, mucho antes de la astronómica “Titanic”, pusiera su firma en un film barato sobre pirañas voladoras (“Piranha II: The Spawning”, 1981), todas ellas obras austeras producidas por Roger Corman.

“The Trip” sería el antecedente más próximo de aquel triunfo de la contracultura que sería “Easy Rider” (1969). Sus tres figuras, Peter Fonda, Dennis Hopper y Jack Nicholson, habían sido reunidas dos años antes para el viaje. Jack Nicholson, aún sin éxito como actor, probaba suerte como guionista y haciendo papeles cortos en películas de Roger Corman. El guión de “The Trip”, que basó en sus experiencias, fue su mayor logro en el oficio pero también su retiro. Su papel en “Easy Rider”, el proyecto independiente de Peter Fonda y Dennis Hopper, le traería su primera nominación al Oscar y le quitaría todas las dudas sobre si lo suyo era actuar.

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El espectaculo de la agonia

África, aquella escenografía para la fantasía aventurera, se vino abajo. El espejismo de un continente rústico pero fascinante, salvaje pero dominable que el cine proyectaba a los ojos occidentales se desvaneció de golpe. África, aquel escenario del saqueo europeo, era devuelto a sus verdaderos dueños. Los documentalistas Gualtiero Jacopetti y Franco Prosperi viajaron para ver qué dejaba a sus espaldas la última autoridad colonial al zarpar. El resultado fue “África Addio” (Adiós Africa, 1966), un retrato desolador. El caos, las masacres étnicas, las tiranías sanginarias, eran ahora las postales africanas. Pero Europa prefería mirar a otra parte.

Cuando decir “mondo”, sin ser italiano, era referirse a un nuevo género cinematográfico, la carrera de Gualtiero Jacopetti y Franco Prosperi, realizadores de “Mondo Cane” (1962), peligraba bajo la marea de su propia ola. “Mondo Cane” había traído al público algo completamente nuevo. La realidad podía ser un espectáculo mucho más impactante que cualquier ficción. La inmensa popularidad de la cinta creó un público nuevo que infinidad de “mondos” posteriores aún no han logrado saciar. Por su parte, Jacopetti y Prosperi se vieron presionados a sacar el jugo al material restante de "Mondo Cane" y montaron dos películas medianas “Mondo Cane Nº2” (1963) y “La donna nel mondo” (1963). Afortunadamente, su siguiente proyecto, “Africa Addio”, salvaría su filmografía del estancamiento prematuro. Ahora sobresalir exigía una apuesta mucho más audaz. La oportunidad fue vista en el continente africano que a inicios de los sesenta se independizaba de Europa. El proyecto tomaría tres años y casi costaría la vida de sus realizadores.

“Africa Addio” es una pesadilla con bella fotografía. El espíritu lúdico y el sentido del humor de “Mondo Cane” no tiene cabida en este retrato devastador de la condición humana. Sin la “supervisión europea”, África es presa del caos. El entusiasmo inicial por la partida de los europeos y el fin de las desigualdades que estos instauraron, rápidamente es reemplazado por los resentimientos étnicos y la pobreza extrema. Lo que sigue es el recuento de una realidad atroz. Sin las antiguas restricciones, los parques nacionales son invadidos y la vida silvestre depredada. Largas secuencias de matanza de animales están entre las más famosas de esta película. Vemos cazadores blancos disparando a elefantes desde helicópteros y decenas de cazadores nativos matando a punta de lanza a ciervos, elefantes y hipopótamos. Es arduo matar a un animal de gran tamaño sin armas de fuego, “Africa Addio” nos lo demuestra en tiempo real. La cacería de hombres no se hace esperar. Desde las alturas vemos a toda una población árabe en espera del genocidio, mientras los cadáveres se van amontonando en fosas. Más ejecuciones, guerrillas, linchamientos, la cámara de “Africa Addio” se infiltra en las revueltas y se mancha de sangre.

Sin embargo, todo este horror es mostrado con una fotografía exquisita y una banda sonora de primera. Por momentos se hace difícil creer que toda esa precisión y variedad de planos pueda ser posible ante hechos supuestamente espontáneos. Esta es la sospecha que ha caído desde el principio sobre el cine de Jacopetti y Prosperi ¿Cuánto del material ha sido escenificado? En el documental “Godfathers of Mondo” (2003), Jacopetti, a sus 84 años, asegura que con “Africa Addio” nada podía estar previsto, filmaron lo que iban encontrando en sus tres años de periplo. Algo que muchos no creyeron por aquel tiempo. Antes de estrenarse, “Africa Addio” produjo gran escándalo por la acusación de haberse propiciado para las cámaras la ejecución de un rebelde negro por obra de mercenarios. La denuncia llegó a las instancias más altas en Italia. En el delirio los jueces incluso quisieron saber quién había matado a todos los demás. El equipo entero tuvo que retornar para reunir pruebas de inocencia y sólo con eso pudieron salir librados. Yo sospecho que Jacopetti y Prosperi son responsables de otra horrenda escena de muerte del film: el hipopótamo que muere por cientos de lanzas. La evidencia: en “Godfathers of Mondo”, Prosperi, que de entrada parece un aficionado a la caza (¿por qué se haría entrevistar con un comillo de marfil al costado?), nos enseña entre su colección de recuerdos africanos el cráneo del “famoso hipopótamo”. No explica cómo lo obtuvo (¿no lo habían matado para comérselo?), en cambio destaca que “ahora sería difícil encontrar hipopótamos así de grandes en Mozambique”.

Como era de esperarse, la conmoción producida por “Africa Addio” fue inmensa en Italia. No solamente las imágenes eran bastante chocantes e inusuales, sino que la narración en off que las acompañaba planteaba una visión de tintes racistas. Según los realizadores, África no estaba preparada para gobernarse a sí misma. “Europa abandonó a su bebé negro cuando este más lo necesitaba”. Sin la protección del hombre blanco, los negros se desbordan en un festín de sangre y pillaje. La mayoría de veces la narración hace aseveraciones de una retórica capsiosa, de una ironía torpe, menos interesada en el análisis que en la opinión particular. La acusación de racista fue otra gran polémica que recayó sobre los realizadores. El nuevo escándalo mermó en gran media el potencial de poner en el tapete occidental la realidad africana, pues claramente el film señalaba que eran los europeos los primeros responsables de todo aquel desastre, al no formar clases políticas que ejerzan el poder en Africa. En mi opinión, Jacopetti y Prosperi no eran racistas, en el sentido estricto al menos. Su desatino estuvo en tantear sus propios comentarios políticos, demasiado superficiales y presuntuosos para un material tan delicado.

El impacto de “Africa Addio” también se vio afectado tan pronto la censura de diferentes países pusiera las manos sobre ella para la distribución internacional. En Francia, el film fue secuestrado por el gobierno y en Estados Unidos, con alteraciones nada respetuosas, se le rebautizó como “Africa, blood and guts” (Africa, sangre y tripas) para mayor identificación con el ya desprestigiado “mondo”.

Con todo, “Africa Addio” es un hoy una obra que merece verse por importantes razones. Es el único documento cinematográfico existente sobre la transición africana. Tristemente nos demuestra que las cosas no han cambiado mucho hasta hoy, la escasa información que se difunde de África al mundo reporta los mismos trágicos hechos. Es un documental de muy buena factura, resultado de un trabajo paciente y apasionado, un doloroso placer para los ojos. Y, por último, sus realizadores arriesgaron el pellejo al hacerla y se siente constantemente la presencia del peligro.

En una de las escenas más tensas del film, el equipo se inmiscuye en auto por un barrio que está siendo tomado por rebeldes. Cadáveres recientes desperdigados en las aceras y hombres de cara contra los muros. Un guerrillero los intercepta, rompe el parabrisas con la culata y los obliga a detenerse. Jacopetti y otros del equipo son hechos prisioneros y conducidos al muro. “Africa Addio” no explica el milagro que los salvó de ser ejecutados. Jacopetti contaría después, no sin extrañeza: un soldado negro gritó de repente: “Alto, no son blancos, son italianos”, es decir no son ingleses.


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en "Mondo Cane: Occidente en shock"
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Revelaciones de una máscara


A Julio Escalante, amigo y cinéfilo omnívoro.

Santo, el Enmascarado de Plata, quien fuera el único superhéroe latinoamericano de cobertura planetaria, vencedor de la estética y el bajo presupuesto, campeón del kitsch, catarsis dominguera y solución fornida contra las pesadillas. Un hombre que de tanto luchar contra el anonimato se convirtió en ídolo anónimo. Un rostro que necesitaba ocultarse para ser reconocido. Icono de la cultura de masas, película tras película, el Santo forjaría su mayor milagro: hacer que lo pésimo se vuelva clásico.

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Es un mounstro grande y pisa fuerte

Ni siquiera habían pasado diez años y el pueblo japonés volvió a correr por refugio. Lo que no fue aplastado por la bomba atómica, de seguro lo sería por la más misteriosa de sus consecuencias: un gigantesco reptil prehistórico, resucitado del subsuelo marino. La radioactividad traería de vuelta a una criatura de tiempos remotos para darle otra paliza a los sufridos japoneses. Pero esta vez las secuelas serían de lo más rentables. Inspirado por aquel clima de temor y recuerdos amargos, el film “Gojira”(1954) de Ishiro Honda respondería al mundo con el más temible de los mountros japoneses. ¿Lo reconocen? En su pasaporte occidental figura el nombre de Godzilla.

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Filmada con el color de la sangre

Tres años después de “Psicosis”, el director Herschell Gordon Lewis rueda su propia versión de cómo matar a una mujer en la ducha. Para comenzar una cuchillada en el ojo, con carnecita colgado después en la hoja. Para terminar, el descuartizamiento de una pierna, con hueso saliendo de la carne. Hitchcock prefería el blanco y negro, Herschell Gordon lo quiso en Technicolor. La sangre es la estrella, “in blood color” anuncia el afiche. Con la entrada te dan una bolsita para los vómitos. “Blood Feast” (festín de sangre,1963) se estrena y por primer vez gruesos borbotones de rojo se esparcieron sobre las pantallas. Herschell Gordon abrió una puerta trasera y dejó entrar al demonio más temible del cine: el gore.

Herschell Gordon se ganaba la vida modestamente rodando películas de desnudos. A inicios de los sesenta el público recién aprendía a saborear los nudie films, pero pronto el mercado se saturaría de pieles y el negocio decrecería. Herschell y el productor David F. Friedman se preguntaban qué podría ahora llenarles los bolsillos con rapidez. La próxima vedette del cine tenía que ser la muerte. Miles pagarían por el espectáculo del cuerpo humano destruido sólo para probar si son capaces de resistirlo. Si de negocios hablamos, no pudo ser mejor idea. Como se trataba de un producto nuevo, sin etiqueta adherida, “Blood Feast” asoló sin restricciones en cines baratos por todo Estados Unidos. La rentabilidad fue extraordinaria tanto Herschell Gordon se preguntaba qué habría pasado si la película hubiese sido buena.

Hoy “Blood Feast” es la niña mimada de los merodeadores de los sótanos del cine. La película es oportunista y despreocupadamente defectuosa, tanto que su deforme estampa es ahora objeto de adoración. Todo esto logrado con un guión primitivo, un presupuesto microscópico, un elenco artísticamente paupérrimo, varias latas de pintura roja y algunos kilos de carne de res.

“Blood Feast” es pionera en introducir al personaje del asesino en serie. En este caso tenemos a Fuad Ramses, un chiflado aficionado a la egiptología, de mirada desquiciada, acento extraño, cejas levantadas y cojera, que además dirige un negocio de comida exótica. Mrs. Fremont, una dama de la alta sociedad, visita su tienda en busca de algo especial para la fiesta de su hija Suzette. Fuad sugiere: “¿alguna vez ha tenido un festín egipcio?” (órgano con nota espeluznante). La señora queda encantada con la idea pero, por si las moscas, Fuad la hipnotiza con sus ojos lunáticos. Inmejorable oportunidad de realizar el ritual para la reencarnación de la diosa Ishtar. Las amigas de Suzette serán las vírgenes que habrá que sacrificar. Partes de sus cuerpos serán ofrecidas después (previo cocimiento) a los comensales del festín. Fuad se esmera en los preparativos y sale por las noches a filetear bellas jovencitas. Luego del asesinato de la bañera, de donde obtiene una pantorilla, se despacha a otra joven segundos antes que su novio la descalifique para el ritual. En un descampado sorprende a la pareja y huye con los sesos de la chica. En otro paraje pecaminoso, un motel, una joven aporta su lengua que Faud extrae a mano limpia en la escena clásica del film.

Mientras tanto, los dos detectives que investigan el caso se lamentan de no tener pistas. En la escena del crimen, frente al cadáver de la última víctima (que la cámara recorre de punta a punta mostrándonos que no escatimaron pintura), los policías se cruzan de brazos y encienden sus cigarrillos. Cuando por fin abren los ojos, Ramses está camino a la casa de Suzette para culminar el ritual. Mientras los asistentes disfrutan sus piñas coladas, Faud en la cocina intenta con engaños decapitar a Suzette. “¿No querrá sacrificarme sobre este mesa?”, pregunta, “Cómo se le ocurre, señorita”. Mrs. Fremont sorprende a Faud con el machete alzado. El asesino sale disparado. La policía irrumpe en el lugar. Advierten del tipo de platillo que Faud estaba por servirles y Mrs.Fremont resolutiva responde: “bien, entonces daremos sándwiches a los invitados”. Afuera Faud Ramses tendrá un final de antología que muy posiblemente sugirió el calificativo de trash (basura) para este tipo de películas.

Realizada con los estándares actuales del gore, “Blood Feast” sería quizá una película que pocos resistirían. Sin embargo, su artificialidad se delata a cada momento por lo divertidamente precarios que fueron todos sus recursos. Los errores de cámara son innumerables, los actores parecen sacados de una actuación escolar y la sangre no oculta su parecido a la pintura. Como en los films de desnudos, el guión sólo es un débil hilo conductor para el espectáculo visual prometido. Con “Blood Feast” el show son cuchillazos y mutilaciones a toda cámara, cada cierto rato, seguido por el descanso de una tanda de diálogos.

Tal sería el credo del gore. El nuevo reto sería lograr representaciones de la destrucción del cuerpo cada vez más convincentes y extravagantes. Dando por sentado que el público necesita sentir que todo es falso, ¿a ver que tan fácil les resulta esta vez? Es así como todo un campo de los efectos especiales en el cine se puso manos a la obra. “Blood Feast” resulta tan entretenida porque es justamente el torpe comienzo de todo eso. Si hiciéramos una película gore casera nada más barato que comprar carne en el mercado. Así fue como Herschell Gordon resolvió el asunto de los efectos. La lengua extirpada perteneció a una inocente oveja, los sesos parecen menudencia de pollo y quién sabe que otras porquerías tuvieron que ponerse encima aquellas muchachas.

Después del éxito de “Blood Feast”, Herschell Gordon Lewis no desperdiciaría la oportunidad de seguir llenándose los bolsillos con su nueva fórmula. Su nombre comenzaba a susurrarse entre la nueva marea de aficionados al cine más sórdido. Los siguientes títulos “2000 maniacs” (1964) y “Color me blood red” (1965) completarían su “trilogía de la sangre” con más historias de asesinatos en serie y abundante hemoglobina. Sus producciones posteriores (“The wizard of gore”, 1970, sobre un mago que pide un voluntario para cortarle las piernas de verdad, o “The Gore Gore Girls”, 1972, donde los destripamientos se realizan en un night club) redundarían en lo mismo pero con estándares creativos aún menores. Eventualmente el negocio se agota, Herschell Gordon Lewis abandona el cine y funda una exitosa empresa de marketing. No es para menos, un hombre que logró hacerse rico vendiendo carne cruda en el cine puede enseñarnos a vender cualquier otra cosa.


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