Los dominios del escorpión

El hombre bajo el influjo de Escorpio. La vieja estética y la represión cristiana son derribadas, en su lugar domina un caos de cuero negro y rugidos de motocicletas. El film “Scorpio Rising” (1963) es la celebración de una nación clandestina. Poses desafiantes, pechos al descubierto, braguetas protuberantes celebran la belleza del sexo fuerte de una manera que sólo puede ser gay. Ni Cristo ni sus alegres discípulos se libraron del poder del Escorpión.

“Scorpio Rising” de Kenneth Anger es un corto, de treinta minutos, decididamente provocador para su época. Su estilo personal, no narrativo y donde la música pop domina como única banda de sonido, despejó el camino para la posterior llegada de los video clips. “Scorpio Rising” es un collage donde la muerte se asoma, representada por cráneos de todo diseño. La iconografía del cuero negro, el cromo, las calaveras y esvásticas de las bandas de motociclistas, se mezcla, de manera nada inocente, con estampas varoniles del cine (Brando, Dean) y un repertorio musical a lo Top Ten (Ray Charles, Elvis Presley, Martha and the Vandellas). La ruptura más llamativa de “Scorpio Rising” frente al cine hollywoodense de su época fue justamente la yuxtaposición de temas pop con imágenes. Puede parecer que la música va en su propia dirección, como si fuera una transmisión radial, pero coincide muchas veces y aporta al conjunto una ironía sediciosa y sutil.

Pero la mayor audacia de “Scorpio Rising”, que inevitablemente la proscribió en su momento, fue expresar abiertamente las preferencias homosexuales de su autor. Mandíbulas viriles, pechos trabajados, cinturas y cuellos adornados con metales son algunos de los fetiches que se invocan una y otra vez. Confundiéndolos entre los mitos americanos, “Scorpio Rising” teje un “machismo romántico” donde la rudeza es erótica y donde toda aparición masculina desliza un guiño gay. Incluso hasta llegar a la herejía: alternado con imágenes de una carrera de motos y un enmascarado nazi, Cristo y sus discípulos (fragmentos de una remota película educativa) se unen a este desfile, de fondo la canción (“He´s a Rebel” de Crystals) proclama, cual sermón: “No hay razón para que no le de mi amor”.

Cortometrajista desde los once años, Kenneth Anger fue de los primeros cineastas norteamericanos en reconocer su homosexualidad y expresarla sin disfraces en toda su obra. Cosa tan peculiar para la época, que un corto suyo, el primero en recibir cierta notoriedad, “Fireworks” (1947) llamó la atención del Dr. Kinsey en su rastreo de material sobre las “peculiaridades” de la conducta sexual de los gringos. Al conocerse se harían amigos, Anger colaboró con Kinsey con el archivo fílmico, donde él mismo habría sido registrado masturbándose.

Desde su temprana juventud, la pasión principal de Anger fue el ocultismo. Su cine hace constantes referencias a las ciencias ocultas, en “Scorpio Rising” tenemos un signo astrológico vinculado a la fuerza y la transformación. Anger comulgó con Thelema, credo fundado por Aleister Crowley, un pensador que proclamaba, a principios del siglo XX y en la Inglaterra reprimida, la sexualidad libérrima y la experimentación con alucinógenos, rodeándolas de una densa coraza mística.

Su selecta agenda de contactos incluía también a Anton LaVey, fundador de la Iglesia de Satán, los Rolling Stone, la familia Manson, Jimmy Page y seguramente una larga lista de estrellas, que aprovechó para ganar notoriedad con la publicación de un libro sobre escándalos faranduleros: “Hollywood Babylon” (1958).

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¡Reviéntame el ojo!

Esta mujer, poco antes ofrecida al público en toda su desnudez, está por ser sacrificada para el éxtasis gore. ¿Qué puede ser más horrible que perder los ojos en el cine? Hordas de amantes del cine clamaron: “dale a mis ojos, repulsión.¡Hazlos explotar!” Un director bañó de sangre sus globos oculares y se convirtieron en sus adoradores. El desmesurado Lucio Fulci inició su fama robando el título de una película exitosa y embaucando al publico con una falsa secuela, “Zombi 2” (1979). Pero nadie reclamó devolución de la entrada.

Lucio Fulci era un director italiano, cansado de las comedias y golpeado por la vida, que decidió explorar su vena más sádica y con ello ganar el dinero que sea posible. Dio señales de alarma con su primer spagueti western, “Le colt cantarono la morte e fu: Tempo Di Massacro” (Tiempo de masacre, 1966) donde las balas no impedían que la muerte fuese un asunto gráficamente detallado. Su imaginario de acuchillamientos, violaciones y mutilaciones se encontró más a gusto con el giallo, para el que realizó obras que excedían lo usual en este subgénero italiano de horror, como: “Non si Sevizia a un Paperino” (No torturen al patito, 1972). En 1979, en vista del enorme éxito de “Dawn of the dead” (1978), conocida en Italia como “Zombi”, productores del explotation italiano decidieron utilizar el título para promocionar su propia película de zombies. Pero con Fulci a la cabeza, en lugar de caer en el descarado remedo, “Zombi 2” resultó ser, a mérito propio, otra obra cumbre del gore. A principios de los ochentas, Lucio Fulci reuniría gran cantidad de admiradores con películas como “Paura nella Citta dei Morti Viventi” (Pánico en la ciudad de los muertos vivientes, 1980) o “L'Aldila” (El más allá, 1981) que convencerían a la platea que el ser humano no es más que carne, tripas y sangre. Apasionados opositores tampoco se harían esperar. Escandalizados por sus delirios cinematográficos, un sector de la sociedad compararía el cine de Fulci con un basurero de repugnancias. En los siguientes años, el director llevará una carrera errática con aislados éxitos entre varias producciones negligentes, pero cada cual más lejos en la búsqueda de mayor crueldad visual. Su obsesión con lo sórdido quizá se deba a una vida de amarguras: el suicidio de su primera esposa, aprietos económicos y salud siempre precaria. Aunque pensándolo bien, tampoco son sufrimientos de otro mundo. Más de una vez, Fulci confesaría que mucha sangre se derramó con el único fin de cobrar un cheque. En 1996, Lucio Fulci murió al olvidar inyectarse su dosis de insulina. Suicidio, suponen algunos.

En lugar de imitar a quién supuestamente precede, “Dawn of the dead”, el argumento de “Zombi 2” se inspira más en las primeras películas sobre el tema como “White Zombie” (1932) y “I Walked with a Zombie” (1943). Como en aquellas, la acción transcurre principalmente en una isla del Caribe, de preferencia Haití. Los hechizos vudú de los nativos serían la causa por la cual los muertos se reaniman con apetito caníbal. La ciencia del hombre blanco es incapaz de explicar este prodigio. Desgraciadamente, tampoco tendrían mucho tiempo para investigaciones, pues rápidamente los exploradores-científicos-aventureros terminarán mordisqueados por los zombies locales.

En “Zombi 2”, en la isla Matool, el Dr. Menard es un científico que vive obsesionado con explicar por qué los muertos resucitan y con ese pésimo ánimo. Todos los pacientes que fallecen en su pobre hospital deben recibir un tiro en el cráneo para asegurar su viaje sin retorno. Mientras tanto, en Nueva York, el velero del Dr. Menard navega abandonado cerca a la costa. En la inspección un agente muere violentamente y un zombie intenta introducirse ilegalmente. La hija del científico (interpretada por Tisa Farrow, la hermana de Mía, ¡es igualita!) y un periodista parten en busca del doctor. Aquí podemos relajarnos y olvidar la trama pues la pareja llega a Matool cuando la situación ya es inenarrable. La población de zombies se esmera en dar la bienvenida a los recién llegados. Gracias a mejores efectos especiales, los muertos de “Zombi 2” superan a los de “Dawn of the dead” en furia carnicera. Putrefactos, agusanados y emergiendo de la tierra, en “Zombi 2” tenemos muertos de antología, quizá entre los más terroríficos del cine. Aunque muchos de ellos, inevitable ajuste del presupuesto, son extras de cara blanca y pintura roja derramándose de sus bocas.

El cine de Fulci se interesa más por montar espectáculos sangrientos que por narrar historias. En “Zombi 2”, como en muchas de sus películas, las líneas de diálogo suelen ser simplemente instantes de respiro para el público, momentos en los que un desnudo gratuito nunca viene mal. La expectativa está en el grado de retorcimiento de la siguiente escena de muerte. Al servicio del morbo, Fulci hace uso agresivo de la cámara, con acercamientos veloces hacia el centro de repugnancia. “Zombi 2” tiene dos momentos muy recordados: el forcejeo entre un tiburón y un zombie en el fondo del mar (con una mujer nadando en topless cerca de ahí), con un brazo cercenado como saldo, y, más infame aún, la escena del ojo reventado. Horrible momento cumbre del cine de lo horrible.


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La Hora de los Hornos

“Es falsa la historia que nos enseñaron”. “Un pueblo sin odio no puede triunfar”. “Ningún orden social se suicida”. Mucho después del cine mudo, los carteles en una película volvieron a gritar. Autoproclamado subversivo, el documental argentino “La hora de los hornos” (1968) fue concebido como un instrumento para encender la revolución. Pero aquellos fines sólo podían desearse en la clandestinidad, por eso su realización tenía que ser secreta, su exhibición furtiva y visionarla, un asunto comprometedor.

Acorde a su espíritu político y didáctico, “La hora de los hornos” se extiende por casi cuatro horas. Dividida en tres partes, la primera de ellas se titula “Neocolonialismo y violencia”, de 90 minutos, es la más innovadora en el lenguaje y reconocida internacionalmente. El documental fue realizado por el Grupo Liberación, liderado por Fernando E. Solanas, durante la dictadura militar del General Onganía, por lo que fue imposible exhibirla oficialmente en Argentina hasta 1973. El financiamiento provino de lo ahorrado por los realizadores en su experiencia previa en el cine comercial. Solanas se inició dirigiendo publicidad, sirviendo al “neocolonialismo”, para después cuestionar el sistema a través del mismo medio audiovisual.

“La hora de los hornos” es un documental de agitación social que presenta la historia de América Latina, la “patria grande”, como una sucesión de dominios coloniales. Primero en manos de España, luego de Inglaterra y de allí al “neocolonialismo” de Estados Unidos. La República Argentina recibe también los golpes de la “violencia neocolonial”: campesinos sin tierras, clases trabajadoras oprimidas, disidentes violentamente reprimidos. “La hora de los hornos” hace escarnio de la burguesía y la intelectualidad argentina, presentándola como traidora, alienada y vanidosa de su origen europeo. Las clases medias, por su parte, se adormecen bajo el opio de los medios masivos: la mejor arma del "neocolonialismo" (“mejor que el napalm”). Alentando la indignación de la clase trabajadora ("la única recuperable"), el documental recrea la realidad del pueblo como un régimen de injusticia extenuante. La única opción para los pueblos latinoamericanos, concluye el film, es apostar por su propia vida o muerte a través de la revolución contra el imperialismo. Cuatro minutos del rostro cadavérico del Che Guevara, tambores indígenas de fondo, cierran con solemnidad la primera parte de “La hora de los hornos”.

Lo más interesante de “La hora de los hornos” es que, como película detonadora, plantea una relación con el público radicalmente diferente. El espectador no es más sujeto de entretenimiento, consumidor de un producto terminado, sino un militante potencial al cual hay que inspirar el debate. Tanto es así que las dos siguientes partes ( “Acto para la liberación”, sobre los movimientos sindicales y de resistencia argentinos, y “Violencia y liberación”, dedicado a la argumentación ideológica), en determinados momentos expresamente plantean detener la proyección e iniciar la discusión en la sala. Las agrupaciones militantes eran alentadas a continuar con la creación colectiva de “La hora de los hornos” quitando o agregando su propio material de acuerdo a su experiencia. Esta licencia motivó la existencia de hasta diez versiones del film, en una de ellas, la que se exhibió en 1973, la imagen final del Che era reemplazaba por la de Juan Domingo Perón que por esos años volvía al poder y con quien el Grupo Liberación siempre simpatizó. Poco antes, cuando la película sólo podía ser proyectada clandestinamente, “La hora de los hornos” incriminaba a sus espectadores. Verla era asumir un riesgo.

La propuesta cinematográfica del Grupo Liberación tenía su sustento teórico en el manifiesto Por un tercer cine, que cuestionaba el cine de evasión venido de Hollywood (el primer cine) y el cine de autor (el segundo cine) como expresiones del imperialismo y el arte burgués. A diferencia de aquellos, el tercer cine (independiente, militante y experimental) rechaza la autoría individual, es resultado de la creatividad crítica colectiva. Puesto que persigue el cambio social, el tercer cine debe recurrir a las técnicas más efectivas para remover con su mensaje la base emocional del espectador. El perfecto ejemplo de este "tercer cine" es “La hora de los hornos” que, independiente de su matiz político, es una obra maestra del cine de propaganda, con lecciones muy bien aprendidas de Eisenstein pero también de Brecht y De Sica. Habiendo renunciado desde el principio a toda neutralidad, la película es un catalogo de técnicas de “desinformación”. Recurre a la exaltación, al mensaje subliminal, metáforas, metonimias, caricaturizaciones, al uso profuso de carteles con citas y arengas, de voces testimoniales y piezas musicales que en contraposición con las imágenes redondean la conmoción. Como resultado tenemos secuencias muy efectivas dignas del mejor cine soviético: un partido de golf es utilizado para ilustrar el relato de la oligarquía en el poder desde la Independencia; las robustas y orgullosos cabezas de ganado de un certamen son metáfora del latifundismo; el trajín de un matadero es alternado con íconos publicitarios e imágenes de represión policial. Cada secuencia tiene una propuesta formal diferente con climas que van desde lo didáctico, a lo exultante e indignante. Todo desemboca en la sensación estremecedora de que la realidad es una larga noche de opresión ante la cual sólo nos queda despertar (o morir).

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Explotation ácido

1967 ¿Qué mejor año para intentar recrear un viaje alucinógeno de principio a fin? Summer of love, rock sicodélico y una cultura que pregonaba hacer el viaje como modo autoconocimiento y, de paso, protesta contra el sistema. El cine no podía olvidarse de esta masa de percepción caleidoscópica. Roger Corman, un despreocupado director de ciencia ficción y fantasías de horror de bajo costo, realizó “The Trip” (1967) para las audiencias melenudas hartas de la trama. Una película que, casi en totalidad, es la representación de un viaje de LSD, según experiencia de su guionista, Jack Nicholson, iniciándose en el cine. Si nunca habías probado LSD por temor o por no tener amigos hippies, “The Trip” te aseguraba la experiencia más cercana. Aunque unos toques de hierba podían ayudar.

“The Trip” inicia con un cartel de advertencia sobre el peligro de los alucinógenos, pero cual cajetilla de cigarrillos que lo hace por cumplir. En verdad, “The Trip” no oculta admiración por el grado de expansión mental que otorga el ácido, incluso podría ser visto como un film "didáctico" sobre su uso. El protagonista es Paul Groves (Peter Fonda), un director de comerciales que a raíz de su divorcio decide experimentar su primer viaje con LSD. Su guía le da reconfortantes consejos antes de suministrarle la pastilla. La realidad comienza a distorsionarse a los pocos minutos de metraje. Lo que sigue son las mejores técnicas de los 60´s en alucinación cinematográfica: ojo de pez, cuerpos pintados, proyecciones sobre cuerpos desnudos, efectos caleidoscopio, solarizaciones, coloridas ensoñaciones y, por supuesto, una banda sonora de rock sicodélico, esta vez proveída por Electric Flag. Evitando ser una constante divagación de imágenes, la película alterna entre la alucinación y el mundo concreto. Vemos al protagonista interactuando con otros desde su peculiar percepción. De hecho, presa del mal viaje, Paul abandona a su guía y huye a la calle, donde lidiará con delirio de persecución, alucinaciones con una lavadora, sensaciones de pánico y cuestionamientos personales con Dennis Hopper como juez. “El viaje” no es de grandes pretensiones, es uno de los primeros intentos de atrapar la ensoñación de las drogas en celuloide, mil veces después intentado después con resultados desiguales. Tiene a su favor estar libre de interpretaciones morales y hacer un tratamiento sincero de la experiencia. Aunque por momentos peca de cierta grandilocuencia, por ejemplo de haberse incluido en el torrente alucinógeno escenas de corte medieval, a lo Tolkien, hasta con enanos.

El director Roger Corman tenía en el ahorro de recursos la distinción de su estilo. Realizó infinitad de películas de bajo presupuesto, rodadas en pocos días, a ritmo constante por años y siempre pensadas en ser fructíferas en taquila. Por sus manos pasaron, como director primero y luego como productor, clásicos de la Ciencia Ficción (“It Conquered the World”,1956), exitosas adaptaciones de Poe (“El pozo y el péndulo”, 1961; “House of the Usher”, 1960), cintas blackexplotation, las primeras “cárceles de mujeres” (The Big Doll House,1971), esculturales y violentas amazonas (Barbarian Queen, 1985) entre muchas otras vertientes del cine Serie B que alguna vez interesaron al público. Otros preferían complicarse con producciones elaboradas, Roger Corman le gustaba irse a casa temprano.

A lo largo de su extensa producción, Corman dio oportunidad a muchos de los jóvenes directores que liderarían la siguiente etapa del cine norteamericano. Es así como fue posible que Martin Scorsese dirigiera, en sus inicios, un drama explotation (“Boxcar Bertha”,1972), Francis Ford Coppola debutara con thrillers de horror gótico (“The Terror”, 1963; “Dementia 13”, 1963) y James Cameron, mucho antes de la astronómica “Titanic”, pusiera su firma en un film barato sobre pirañas voladoras (“Piranha II: The Spawning”, 1981), todas ellas obras austeras producidas por Roger Corman.

“The Trip” sería el antecedente más próximo de aquel triunfo de la contracultura que sería “Easy Rider” (1969). Sus tres figuras, Peter Fonda, Dennis Hopper y Jack Nicholson, habían sido reunidas dos años antes para el viaje. Jack Nicholson, aún sin éxito como actor, probaba suerte como guionista y haciendo papeles cortos en películas de Roger Corman. El guión de “The Trip”, que basó en sus experiencias, fue su mayor logro en el oficio pero también su retiro. Su papel en “Easy Rider”, el proyecto independiente de Peter Fonda y Dennis Hopper, le traería su primera nominación al Oscar y le quitaría todas las dudas sobre si lo suyo era actuar.

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El espectaculo de la agonia

África, aquella escenografía para la fantasía aventurera, se vino abajo. El espejismo de un continente rústico pero fascinante, salvaje pero dominable que el cine proyectaba a los ojos occidentales se desvaneció de golpe. África, aquel escenario del saqueo europeo, era devuelto a sus verdaderos dueños. Los documentalistas Gualtiero Jacopetti y Franco Prosperi viajaron para ver qué dejaba a sus espaldas la última autoridad colonial al zarpar. El resultado fue “África Addio” (Adiós Africa, 1966), un retrato desolador. El caos, las masacres étnicas, las tiranías sanginarias, eran ahora las postales africanas. Pero Europa prefería mirar a otra parte.

Cuando decir “mondo”, sin ser italiano, era referirse a un nuevo género cinematográfico, la carrera de Gualtiero Jacopetti y Franco Prosperi, realizadores de “Mondo Cane” (1962), peligraba bajo la marea de su propia ola. “Mondo Cane” había traído al público algo completamente nuevo. La realidad podía ser un espectáculo mucho más impactante que cualquier ficción. La inmensa popularidad de la cinta creó un público nuevo que infinidad de “mondos” posteriores aún no han logrado saciar. Por su parte, Jacopetti y Prosperi se vieron presionados a sacar el jugo al material restante de "Mondo Cane" y montaron dos películas medianas “Mondo Cane Nº2” (1963) y “La donna nel mondo” (1963). Afortunadamente, su siguiente proyecto, “Africa Addio”, salvaría su filmografía del estancamiento prematuro. Ahora sobresalir exigía una apuesta mucho más audaz. La oportunidad fue vista en el continente africano que a inicios de los sesenta se independizaba de Europa. El proyecto tomaría tres años y casi costaría la vida de sus realizadores.

“Africa Addio” es una pesadilla con bella fotografía. El espíritu lúdico y el sentido del humor de “Mondo Cane” no tiene cabida en este retrato devastador de la condición humana. Sin la “supervisión europea”, África es presa del caos. El entusiasmo inicial por la partida de los europeos y el fin de las desigualdades que estos instauraron, rápidamente es reemplazado por los resentimientos étnicos y la pobreza extrema. Lo que sigue es el recuento de una realidad atroz. Sin las antiguas restricciones, los parques nacionales son invadidos y la vida silvestre depredada. Largas secuencias de matanza de animales están entre las más famosas de esta película. Vemos cazadores blancos disparando a elefantes desde helicópteros y decenas de cazadores nativos matando a punta de lanza a ciervos, elefantes y hipopótamos. Es arduo matar a un animal de gran tamaño sin armas de fuego, “Africa Addio” nos lo demuestra en tiempo real. La cacería de hombres no se hace esperar. Desde las alturas vemos a toda una población árabe en espera del genocidio, mientras los cadáveres se van amontonando en fosas. Más ejecuciones, guerrillas, linchamientos, la cámara de “Africa Addio” se infiltra en las revueltas y se mancha de sangre.

Sin embargo, todo este horror es mostrado con una fotografía exquisita y una banda sonora de primera. Por momentos se hace difícil creer que toda esa precisión y variedad de planos pueda ser posible ante hechos supuestamente espontáneos. Esta es la sospecha que ha caído desde el principio sobre el cine de Jacopetti y Prosperi ¿Cuánto del material ha sido escenificado? En el documental “Godfathers of Mondo” (2003), Jacopetti, a sus 84 años, asegura que con “Africa Addio” nada podía estar previsto, filmaron lo que iban encontrando en sus tres años de periplo. Algo que muchos no creyeron por aquel tiempo. Antes de estrenarse, “Africa Addio” produjo gran escándalo por la acusación de haberse propiciado para las cámaras la ejecución de un rebelde negro por obra de mercenarios. La denuncia llegó a las instancias más altas en Italia. En el delirio los jueces incluso quisieron saber quién había matado a todos los demás. El equipo entero tuvo que retornar para reunir pruebas de inocencia y sólo con eso pudieron salir librados. Yo sospecho que Jacopetti y Prosperi son responsables de otra horrenda escena de muerte del film: el hipopótamo que muere por cientos de lanzas. La evidencia: en “Godfathers of Mondo”, Prosperi, que de entrada parece un aficionado a la caza (¿por qué se haría entrevistar con un comillo de marfil al costado?), nos enseña entre su colección de recuerdos africanos el cráneo del “famoso hipopótamo”. No explica cómo lo obtuvo (¿no lo habían matado para comérselo?), en cambio destaca que “ahora sería difícil encontrar hipopótamos así de grandes en Mozambique”.

Como era de esperarse, la conmoción producida por “Africa Addio” fue inmensa en Italia. No solamente las imágenes eran bastante chocantes e inusuales, sino que la narración en off que las acompañaba planteaba una visión de tintes racistas. Según los realizadores, África no estaba preparada para gobernarse a sí misma. “Europa abandonó a su bebé negro cuando este más lo necesitaba”. Sin la protección del hombre blanco, los negros se desbordan en un festín de sangre y pillaje. La mayoría de veces la narración hace aseveraciones de una retórica capsiosa, de una ironía torpe, menos interesada en el análisis que en la opinión particular. La acusación de racista fue otra gran polémica que recayó sobre los realizadores. El nuevo escándalo mermó en gran media el potencial de poner en el tapete occidental la realidad africana, pues claramente el film señalaba que eran los europeos los primeros responsables de todo aquel desastre, al no formar clases políticas que ejerzan el poder en Africa. En mi opinión, Jacopetti y Prosperi no eran racistas, en el sentido estricto al menos. Su desatino estuvo en tantear sus propios comentarios políticos, demasiado superficiales y presuntuosos para un material tan delicado.

El impacto de “Africa Addio” también se vio afectado tan pronto la censura de diferentes países pusiera las manos sobre ella para la distribución internacional. En Francia, el film fue secuestrado por el gobierno y en Estados Unidos, con alteraciones nada respetuosas, se le rebautizó como “Africa, blood and guts” (Africa, sangre y tripas) para mayor identificación con el ya desprestigiado “mondo”.

Con todo, “Africa Addio” es un hoy una obra que merece verse por importantes razones. Es el único documento cinematográfico existente sobre la transición africana. Tristemente nos demuestra que las cosas no han cambiado mucho hasta hoy, la escasa información que se difunde de África al mundo reporta los mismos trágicos hechos. Es un documental de muy buena factura, resultado de un trabajo paciente y apasionado, un doloroso placer para los ojos. Y, por último, sus realizadores arriesgaron el pellejo al hacerla y se siente constantemente la presencia del peligro.

En una de las escenas más tensas del film, el equipo se inmiscuye en auto por un barrio que está siendo tomado por rebeldes. Cadáveres recientes desperdigados en las aceras y hombres de cara contra los muros. Un guerrillero los intercepta, rompe el parabrisas con la culata y los obliga a detenerse. Jacopetti y otros del equipo son hechos prisioneros y conducidos al muro. “Africa Addio” no explica el milagro que los salvó de ser ejecutados. Jacopetti contaría después, no sin extrañeza: un soldado negro gritó de repente: “Alto, no son blancos, son italianos”, es decir no son ingleses.


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