Agarrando pueblo
En un país acostumbrado a las malas noticias, Colombia, la “pornomiseria” era el género que mejor cotizaba. Desde luego jamás pidió ser clasificado con ese nombre. Por el contrario, eran películas supuestamente desencadenadas por la indignación y destinadas a fruncir la frente condescendiente de Europa. En los 70´s, junto a sus pares de Latinoamérica, el cine colombiano exhibió en las vitrinas de los festivales a sus mendigos enloquecidos, sus niños de la calle o a sus bandoleros de la cocaína. Esta larga explotación, que persiste ahora en la forma de telenovelas sobre capos de la droga o sicarios supersticiosos, se topó un día con la rotunda sacada de lengua de un corto: “Agarrando pueblo” (1977).Hurgando en la basura el cine colombiano encontró días de prosperidad. Estimuladas por la buena recepción festivalera y con la bendición del intelectual local que las ensalzaba como “denuncia social”, miserias de todo pelaje cruzaron el Atlántico en latas de película. Su producción había sido propiciada por una ley, impuesta en 1971, llamada “del sobreprecio”: el espectador pagaba unos pesos adicionales para financiar al cine colombiano. Al amparo de este beneficio se rodaron infinidad de cortos cuya exhibición era obligatoria en todas las salas. Los cortos presentaba lugares turísticos, escenas de humor costumbrista pero, en especial, se concentraban en “retratar” la miseria cotidiana. Oportunistas con cámara mortificaron a los espectadores con productos ramplones, opacos en lo artístico y muchas veces realizados en complicidad con los exhibidores. En esta espesa maleza cinematográfica destacaron unos pocos por su autenticidad, como "Chircales" (1972), y por su eficiente sensacionalismo, como “Gamín” (1976), aplaudido en Europa. Pero en general para el público sólo significó soportar minutos de ineptitud cinematográfica nacional antes de la película gringa. El cine colombiano, con una cantidad de producción nunca antes vista pero sin controles de calidad, perdió una oportunidad de volverse industria y se desprestigio a sí mismo, corrompido por el oportunismo.
Pero por ese tiempo había también en Cali un grupo de apasionados por el cine. Andrés Caicedo, Luis Ospina y Carlos Mayolo, entre otros, veían a través del cine lo que el mundo, de inicios de los 70´s, tenía para influir sus mentes: el rock, los hippies, el boom de la literatura, el arte pop, la revolución cubana, el teatro del absurdo, el movimiento socialista, entre tantas cosas. En ese tiempo de pasiones, ellos propagaron su cinefilia fundando el Cine Club de Cali y después una revista, Ojo al Cine. Esta etapa terminó con el suicidio de Caicedo, a sus 25 años, quien desde el más allá gozaría de la fama póstuma de los escritores malditos. Mientras tanto Ospina y Mayolo, todavía desde Cali, se iniciaron en la realización de documentales y disgustados por la vocación vampírica del cine de su país, también salieron a la calle para “agarrar pueblo” es decir "engatusar".El equipo de filmación de “¿El Futuro para Quién?” sale a las calles de Cali con sus latas de película para recolectar imágenes de existencias miserables. Se topan con un mendigo y que agite más el tarro, le piden. Acechan a una niña sentada en la acera, exasperan a una anciana, registran a una loca de la calle. ¿Qué nos falta? ¿A ver qué más de miseria hay? Nos falta un loco. ¿Sabe donde podemos encontrar a un loco?, preguntan a su taxista. Entonces encuentran a un hombre que se quema la lengua, restriega su cara y espalda con vidrio molido y se lanza a través de un aro con cuchillos oxidados. Al día siguiente deben filmar el epílogo: la reflexión del reportero luego de entrevistar a una familia paupérrima. Contratan a personas que traen sus vestuarios de “pobres” y se inmiscuyen en una casucha sin sospechar que el dueño después irrumpirá en medio del encuadre. ¡Con que agarrando pueblo! Intentarán convencerlo de dejarlos filmar ahí. Su casa ha sido elegida entre muchas otras, ¿sabía? Más del 25% de las casas de los colombianos es igual a la suya. Y si hay tantas ¡por qué esta!
El atrevimiento subversivo de “Agarrando pueblo” va lejos. No sólo es una sátira aguda contra la pseudodenuncia que sirve a un mercado internacional donde importa más mantener los esquemas imaginados del Tercer Mundo y no explicar las razones del subdesarrollo. Más interesante es que en su afán de ser insolente y contracinematográfica, al final “Agarrando pueblo” se autodestruye. No hay inocencia posible detrás de una cámara. Los modos y las formas para “captar la verdad” son puros timos. Estos modelos son puestos en evidencia a tal extremo que ni los propios autores del corto se salvan. “Agarrando pueblo” tuvo al principio una recepción ofendida entre colegas pero pronto le llegó el turno de ser premiada en festivales, a su pesar tal vez.
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Hace un tiempo conocí la versión moderna del artilugio del 3-D. Quedé maravillado, media hora por lo menos, con lo impredecible que resultaba observar una pantalla a través de vidrios coloreados. Comprendo cómo el 3-D, incluso cuando menos sofisticado, se hizo popular como truco para sentirse un poco más abrazado por la ilusión del cine. Pero en el camino quedaron tretas menos refinadas. Hace mucho tiempo, a los espectadores de “The Tingler” (1959) se les advirtió que los estremecimientos de horror de los personajes serían trasmitidos hacia aquellos en las butacas. Si usted, persona sensible, no lograba controlar la sensación podía liberarse gritando. Nunca una película se había esmerado tanto en arrancar aullidos de su público.

Esta vez no he visto la película que voy comentar. Sería exagerado afirmar que nadie la ha visto, aunque quizá ya nadie la recuerda. Sin embargo, “London after midnight” (1927) es la película “perdida” más conocida. De todo el material de la era silente que expiró, víctima de la propensión inflamable de su propio soporte, no hay otra obra extraviada con tantos dolientes. Ellos niegan su desaparición definitiva, hacen circular rumores de un posible hallazgo, quizá algún oscuro coleccionista desde un remoto país, algún día vendrá con la novedad: “London after midnight” no ha muerto. Un chispazo eléctrico provocó el incendio que en 1967 destruyó la única copia conocida. El infortunio iniciaría también la leyenda: el cine ya tenía su Santo Grial, el non plus ultra de las películas raras. La devoción es tan grande que arqueólogos del cine, empleando migajas de su esplendor perdido, el guión y fotografías del rodaje, reconstruyeron “London after midnight”. Pero el resultado es simplemente una demostración de cuánto se le echa de menos: el identikit de un fantasma.
Mucho antes de ser consumida por el fuego, “London” ya se perfilaba como película de culto. Fue realizaba en los estertores del cine silente. Tres meses antes de su estreno se dio a conocer “The Jazz Singer” (1927), la primera película con diálogos sincronizados. Así que muy pronto el sonoro se volvió la norma y miles de cintas mudas envejecieron de repente. Los estudios almacenaron sus películas y era preferible que el público las olvidara pues muchas fueron relanzadas en versiones sonoras. “London after midnight”(1927), en particular, ya era vieja poco después de nacer y rápidamente fue retirada de circulación.
A pesar del vampirismo, la trama de “London” pertenece más bien al policial que al horror. Un aristócrata, llamado Roger Balfour, es encontrado muerto y rotulado con una nota de suicidio. El Inspector Burke aparece en la mansión, interroga al mayordomo, Sir James, y al sobrino Arthur, pero como al parecer no hubo asesinato el caso se cierra. Cinco años después, los nuevos inquilinos se dan con la sorpresa que la mansión está ocupada por dos personajes misteriosos, una mujer fantasmal y un hombre de capa y colmillos. El mayordomo, que se ha mudado a la casa del costado, sospecha que se trata de vampiros y que podrían estar relacionados con la muerte de Balfour. El inspector regresa y, acompañado por Sir James, descubre que el ataúd de Balfour está vacío. Espían por una ventana de la casa y observan a Balfour sentado en su sala. Más adelante (les cuento el final porque no la verán), Burke le da una pistola a Sir James y lo insta a preguntar por su antiguo patrón en la mansión ocupada. Pero en la entrada de la casa lo espera aquel vampiro que lo hipnotiza y le ordena actuar como el día del suicidio hace cinco años atrás. Una vez frente al supuesto Balfour, Sir James repite una conversación en la que manifiesta su deseo de casarse con la hija de Balfour. Balfour se habría negado y por ello, pistola en mano, el mayordomo le obligó a firmar su nota de suicidio antes de dispararle. Todo ha sido montado por Burke en su intento de demostrar que un criminal hipnotizado puede reproducir su crimen. El Balfour resucitado es un hombre disfrazado y el vampiro tan temido es el inspector Burke. Se dice que “London after midnight” es la única película de Lon Chaney donde la transformación es un disfraz que será finalmente removido frente al espectador. Momento del que no queda registro.
No hay reverencia más grande que la que se rinde a una “obra maestra” extraviada. A pesar de lo muy publicitada que fue “London after midnight” entre los coleccionistas, no hay noticias confirmadas de la existencia de otra copia. Entusiastas esperanzados han especulado que algún coleccionista la atesora y está en espera que caduque el copyright para sacarla a la luz y ganar millones. Lamentablemente para probar esta posibilidad hay que esperar hasta el 2022. Más alentador es el 








Gracias al cine, la mayoría de gente supo que este planeta alguna vez estuvo poblado por reptiles gigantescos. Aquellos fósiles de los museos se hubieran demorado millones de años en provocar aquella fascinación general por los monstruos del pasado. El primer encuentro entre ojos humanos y un triceratops data de los comienzos del cine. Antes de “Jurassic Park” (1993) y sus paleontólogos del ADN, la morada de estas criaturas ahora imposibles debía estar en algún confín del mundo, aislado del tiempo de los homo sapiens. Tal vez aquel lugar podía estar próximo a algún pueblito del desierto de México, habitado por vaqueros angloparlantes diestros con el lazo y niños que hacen cualquier trabajo por un peso, como ocurre en “The Valley of Gwangi” (1969). La película de dinosaurios de Ray Harryhausen con formato de western.
Una disputa que civilizadamente se resuelve con una cachetada, en el horror gore equivale a un navajazo del mentón al ombligo. Tropezar al andar nos puede costar una pierna quebrada en cuatro partes. La mala suerte no sabe de desgracias menos severas a ser infectado por un virus que pudre nuestra carne en vida. Descansar en paz significa renacer con vigor caníbal y vivir es encontrarse plásticamente con la muerte. Entre los que escribieron esta dramaturgia del gore está “Re-Animator” (1985).
El artificio es un suero de color verde fosforescente capaz de reanimar el cerebro de los muertos recientes. El escenario es un hospital donde, como en todos, por más electroshocks que se apliquen es imposible reavivar la línea que ya se puso horizontal. El arrogante Herbert West es el médico obsesionado por testear el suero re animador que aprendió de su maestro en Austria (¿otro invento de los nazis?). Daniel es un joven doctor todavía poco curtido en ver morir a sus pacientes. Su novia, Megan, es la belleza que, como el teatro del gore exige, estará en peligro de morir o de aparecer desnuda, incluso ambas cosas al mismo tiempo. Como miembros del mismo hospital, Daniel conoce a West, le alquila el sótano de su casa y resulta cómplice casi involuntario de sus experimentos. Utilizando el suero, West logra que un gato muerto continúe con sus maullidos agónicos. Luego se inmiscuyen en la morgue del hospital para intentarlo con un cadáver recién llegado. El cuerpo se levanta furioso con ganas de ahorcar a su resucitador. El verdadero problema empieza cuando el cadáver reanimado mata casualmente al padre de Megan. Para salir de aprietos West le inyecta el suero. Qué mejor manera de borrar un asesinato que reviviendo al muerto.
Stuart Gordon, director de “Re-Animator”, se formó en el teatro y los comics. Durante sus inicios como dramaturgo estrenó una pieza cuya meta era lograr que el público deseara abandonar la sala. Sin utilizar un argumento nauseabundo, simplemente aburriéndolo. El inicio de la obra se retrasaba, la temperatura de la sala se incrementaba y las puertas eran encadenadas, mientras que el contenido de la pieza era lo más estúpido posible. Luego produjo una versión de “Peter Pan”, inspirada en el movimiento hippie y la Guerra de Vietnam, que terminó con él y su esposa arrestados por obscenidad. Posteriormente se une al productor Brian Yuzna para probar suerte en el cine de horror y Ciencia Ficción. Ambos compartían admiración por H.P Lovecraft, lo que motivó su primer trabajo: “Re-Animator”.









La trama de “La Mosca” es una de las más recordadas de todo el género de Ciencia Ficción. En 1986, David Cronenberg hizo su versión de “The Fly” (1958) y causó tal impacto que si algún día inventan la tele transportación, nadie olvidará rociar con insecticida las cabinas antes de cada viaje. ¿Cómo una proeza como la desintegración de la materia fue arruinada por una vulgar mosca doméstica? Otro argumento surgido del candoroso pesimismo de la Ciencia Ficción de los 50´s. La tecnología humana se había vuelto demasiado peligrosa como para estar en poder de humanos.
Seguramente en los tiempos oscuros de la Edad Media, cuando la Tierra era plana y estática por la voluntad de Dios, se pensaba que el cielo giraba sobre el horizonte, arrastrando consigo al Sol y con él, los días y las noches. Muchas vueltas dio el cielo antes que el hombre descubriera que no era el centro y que la Tierra era simplemente el escenario de nuestra ilusión por perdurar.
Aldealseñor ha sido pisado por los dinosaurios, primero, y por los caballos del Imperio Romano, tiempo después. En medio (y luego) una serie de asentamientos humanos han tenido lugar en el territorio que hoy momentáneamente se llama Aldealseñor. “El Cielo Gira” es, al mismo tiempo, un recordatorio del imparable devenir de la Historia y el reencuentro de la realizadora con sus recuerdos más lejanos, que son también parte de la vasta memoria del mundo.
Los habitantes de Aldealseñor se saben los últimos pero que después todo proseguirá. Cerca del pueblo se construyen edificios que atraerán gente joven y unos enormes molinos de viento no dejarán de girar. Incluso los partidos políticos, distraídos en sus recorridos de rutina, todavía pegan propaganda electoral en sus calles. El ruido de sus altoparlantes despierta a los ancianos y a los gatos.
El tono está marcado por el origen autobiográfico del proyecto. Según nos cuenta Álvarez, “El Cielo Gira” fue inspirado por la visión de una pintura que la trasladó al paraje parduzco, reseco y áspero frente al cual despertó durante los tres primeros años de su vida. La directora participa en el relato mediante monólogos en off que son reflexiones personales que otorgan al conjunto del film cualidades poéticas adicionales, junto a imágenes que ya son bastante elocuentes.













