La Tetona de Fellini en versión cine-club
Noticia: La Tetona de Fellini ahora en versión cine-club. La casualidad que lo propicio fue que un amigo es ahora coordinador cultural de la Biblioteca Central de la Universidad en la que estudié, San Marcos. Así que ahí, en el cuarto piso, en la sala de conferencias, vamos a montar una salita de cine bajo la responsabilidad de quien escribe.Me alegra especialmente que esto suceda en la Universidad de donde egresé como comunicador en el 2003, pues fue en San Marcos donde yo descubrí el placer interminable de apreciar el cine. En este momento muchos estudiantes están por hacer el mismo descubrimiento y me da gusto estar de vuelta para inducirlos en la adicción total. Esta sala, aún sin nombre (acepto sugerencias), tendrá una orientación a un cine que no llamaría “raro” pero si “alternativo” y poco divulgado. He visto que en la Universidad hay cine clubs con carteleras comprometidas, clasicistas o hasta comerciales, así que no vendría mal otra con un menú más zafado. En fin, algo así como el blog pero con ecran.
Sin embargo, el ánimo de muchos sanmarquinos no es muy relajado por estos días como para irse al cine. San Marcos es una institución con una tradición longeva, fue la primera que fundaron los españoles en América, y naturalmente desde siempre ha sido la Universidad estatal más importante del Perú. Por lo tanto, la comunidad universitaria es muy fuerte en defender su posición ante todo tema que la afecte. Sucede que desde hace años la Municipalidad quiere construir un anillo vial para descongestionar el tráfico de los alrededores pero para eso necesita terrenos que pertenecen a la Ciudad Universitaria. La actual rectoría cedió los terrenos, como pago de tributos en deuda, y las obras ya se iniciaron hace meses. Los estudiantes plantean que se puede rediseñar la obra sin necesidad de ocupar parte de la Universidad. Pero hasta ahora no hay acuerdos, la obra continúa y ya parte de los muros han sido derribados. El mes pasado una protesta de estudiantes fue reprimida ferozmente por la policía. La policía ingresó ilegalmente, y a punta de bombas lagrimógenas y garrotes, persiguió a los manifestantes incluso hasta el interior de las aulas de clases (!), para golpear y detener a varios estudiantes. Hace tiempo que en San Marcos no ocurría una cosa semejante. Así que se vive un clima de tensión por el peligro que la polémica se siga tornando violenta.
zona en conflicto¡Y yo aquí con este proyecto! Pero, bien, en una Universidad siempre hay gente para todo y así debe ser. Absolutamente desligado de la coyuntura, como siempre, vamos a comenzar con un ciclo de cine de Ciencia Ficción de los 50´s. Hace un tiempo publiqué un Especial: “Los pasatiempos de la histeria” sobre este momento en la historia del cine, recolecté más de diez películas, leí y escribí bastante al respecto. Así que ya lo tengo todo listo. He elegido 5 películas para este ciclo llamado naturalmente: “¡Vigilen los cielos!” (no vaya a caerte una piedra). Dos de las películas no llegaron a entrar en el Especial porque todavía no habían llegado a mí y son: “El increíble hombre menguante” (1957) y “La mosca” (1958), deliciosos ejemplares del género que recomiendo sobremanera. La primera función es este jueves 19 de Junio, a las 5:00 pm en la Sala de Conferencias de la Biblioteca Central, ingreso libre. Aquí el afiche con la programación, pasen la voz (click para ampliar):
Si vives en Lima pero no estudias en San Marcos también estás invitado. Sólo tienes que dejar un documento en la entrada, decir que vas a la Biblioteca Central bastará, y ponerte a caminar hasta el edificio algunas cuadras. La idea es sazonar las proyecciones con algunas palabras previas para ponerlos en contexto y adelantarles que estas peliculas no eran inocentonas como parecen ahora. Keep watching the skies!
En los 70´s, después de años de lucha, el movimiento feminista logra implantar en el imaginario colectivo a un nuevo villano: el hombre que insiste violentamente en perpetuar la sociedad patriarcal que creó. El cine, ese gran reciclador, no podía desaprovechar aquella ola de indignación ante el maltrato a la mujer. Se produjeron infinidad de reacciones desde el cine culto o militante, pero quienes realmente dieron “escarmiento” a los machistas fueron las sensacionalistas producciones de Serie B. Los cinemas de medianoche tenían un nuevo subgénero en las marquesinas: el rape and revenge. Una interpretación explotation del movimiento feminista. Jóvenes inocentes que caen en la desgracia de ser violadas, por varios individuos, y no con poca brutalidad. Pero el trauma en lugar de paralizarlas despertaba en ellas una indomable sed de venganza que sólo era saciada cuando las cabezas de los agresores rodaban ensangrentadas por el ecran.
Precisamente de Suecia salió uno de los primeros antecedentes de este subgénero y nada menos que del respetadísimo Ingmar Bergman. Me refiero a la inolvidable “Junfrukällan” (1959), conocida en español como “La fuente de la doncella”. Si bien en esta película la víctima no puede hacerse cargo de la venganza, porque es asesinada, sino su familia; como espectadores nos invade la misma sed de sangre, alentada aquí además por el misticismo y la reflexión existencial, que quedará violentamente satisfecha. Varios años después uno de los asistentes que tuvo Bergman durante su clásica “Persona” (1966), llamado Bo Arne Vibenius, sería el director de “Thriller: A Cruel Picture”, una película que se encargaría de "hacer justicia" de una manera mucho más gráfica y menos pensativa.
En “Thriller: A Cruel Picture”, la violación será solo el primer círculo de un destino infernal. Siendo niña, Madeleine fue ultrajada por un viejo y el trauma la dejó muda. Vive sencillamente en la granja de sus padres y es objeto de compasión de sus vecinos. Un día al perder el bus acepta subirse al auto de un hombre de la ciudad. El hombre, complacido con su docilidad y que no pueda decir ni una palabra, la invita a un restaurante lujoso y luego a su departamento. Una vez ahí la duerme y comienza a inyectarle heroína. Al despertar, semanas después, Madeleine se entera que le esperan días horrendos. Ha caído en la trampa de un proxeneta que la obligará a prostituirse a cambio de la droga a la que ahora es adicta. Por si no fuera suficiente, cuando Madeleine araña la cara de su primer cliente, el caficho se lo cobra quitándole un ojo con un bisturí. En adelante usará un parche del color que haga juego con su vestido. Los padres de Madeleine han sido engañados por unas cartas enviadas por el secuestrador, donde les hace creer que su hija los odia y que ha escapado. En su primer dia libre, Madeleine sale en su busca pero se topa con otra desgracia: sus padres se han suicidado. Desde entonces Madeleine toma una determinación silenciosa para la cual, cada lunes, se entrena en artes marciales, manejo de armas y en conducir a alta velocidad. Soportará todavía más días de humillación pero cerca estará el momento en que sus crueles clientes y el proxeneta pagarán con sus vidas.
“Thriller: A Cruel Picture” es también una película pornográfica. Su narración tranquila se ve trastornada, en las escenas de cama, por close-ups coitales que más bien causan extrañeza. Obviamente los insertos no fueron filmados por Christina Lindberg, una belleza que colmó con su desnudez tantas páginas centrales en revistas para caballeros y que luego encabezó carteles de cine erótico. Durante toda su carrerra intentó mantener a raya el gusto por lo explicito de los guiones que le enviaban. Durante la explosión del porno chic de los setenta, Christina Lindberg fue una de las actrices que prefirió ponerse la bata y marcharse. Gerard Damiano, el que llevó el porno a las primeras planas con su “Garganta Profunda” (1970), tuvo a Christina en uno de los proyectos que no culminó. 










Los escritores autoreflexivos de blogs personales, los impertinentes que van por la vida cámara en mano, los adictos a la “espontaneidad” del reality show y hasta los nostálgicos que atesoran videos familiares; tienen, sin saberlo, como progenitor creativo al director Ross McElwee. Pionero en el arte de filmarse el ombligo y, a partir de ahí, reflexionar sobre el hombre y su búsqueda de sentido. “Sherman´s March” (La marcha de Sherman, 1986), su documental más representativo, es más bien un proyecto “fracasado”. McElwee quería plasmar la campaña devastadora del General W. T. Sherman, durante la Guerra Civil, contra el separatista Sur norteamericano; pero sorpresivamente antes de comenzar su novia termina con él. Deprimido, McElwee viaja de todos modos al Sur natal, siguiendo los pasos de Sherman, pero esta vez padeciendo su propia expedición por reencontrar amor.
¿Se puede vivir y registrar la vida al mismo tiempo? ¿Se filma lo que se vive o, en realidad, se filma para tener una vida? ¿Es factible encontrar amor, si llevamos una cámara a todas partes? “Sherman´s March” es una pequeña Odisea, donde el autor naufraga entre interrogantes sin puerto a la vista. El documental se construye en base a lo inesperado. Incluso la idea original del film, seguir los rastros de la marcha militar de Sherman, resulta alterada por un hecho fortuito (el rompimiento con la novia) que cambia radicalmente las prioridades del autor. Para otros directores un hecho como este podría justificar el abandono del proyecto, para McElwee es el desencadenante para iniciar otro. ¿Pero de qué tratará ese nuevo proyecto? Ni él mismo lo sabe, se siente tan deprimido que le vendría bien abandonar Nueva York y viajar al Sur para visitar a su familia. A ver qué pasa. Mientras tanto, la cámara va registrando lo cotidiano o derrochando película, de acuerdo a cómo se mire.
Ross también se topa con personajes del Sur norteamericano donde el conservadurismo es parte de la identidad. Se encuentra con gente que vive aislada esperando el Fin del Mundo en la forma de una Guerra Nuclear. Cerca de allí encuentra un monumento donde están escritos consejos para que los sobrevivientes sepan cómo reconstruir la civilización. Quizá esto también es consecuencia de la marcha de Sherman, pueblos azotados en el pasado por el poder militar de su propio país, y que en tiempos de la Guerra Fría fueron los menos optimistas acerca del destino de la humanidad.








Da la casualidad que mientras escribo en los cines se proyecta un blockbuster llamado “Iron Man”. Quizá sea superflua la coincidencia, la película hallada también alude en el título la naturaleza metálica de su protagonista. ¿Qué se puede esperar de “hombres de hierro”? Tengo entendido, según el tráiler, que en “Iron Man” (2008), ser “de hierro” es estar en la última moda en armamento, controlar el poder que otorga una superarmadura. Ejemplos mucho menos literales se encontrarán si fundimos el hierro con virtudes como la valentía y la firmeza, pero tampoco es este el caso. En ambas figuras, hierro es símbolo de poder. En la japonesa “Tetsuo, the Iron Man” (1989), el metal es metafórico y al mismo tiempo dolorosamente literal. Es la conversión sufriente de un hombre en una mounstrocidad metalúrgica. Los tempranos futuristas nunca imaginaron que su optimista canto al progreso y la máquina podía derivar, con los años, en una exaltación tan insana como esta. Desechos de revoluciones industriales atacando organismos humanos como un cáncer, transformando hombres en chatarra.
¿Qué otra película puede ser tan buena en abrirte el apetito? A pesar que en su compañía se han ingerido toneladas de pop corn, el cine no quiere tener mucho que ver con el hambre. Tal vez con el hambre del que se muere de hambre, para ver cómo muere, pero el apetito de a pie es antidramático. ¿Cuantas veces hemos salido de un cine conmocionados por agudos bosquejos de la condición humana? Tal vez muchas. Pero ¿cuándo con las ganas de agacharnos frente a un plato de sopa, y comerla con palitos, si es posible?. Sólo con la japonesa “Tampopo” (1984), la búsqueda dramática de la sopa perfecta, se salía del cine conmovido por las pasiones que nacieron entre el corazón y el ombligo.
Si existió el “spaguetti western”, sin que haya tenido que ver en realidad con los spaguettis, el director Juzo Itami, más preciso, calificó su comedia como “noodle western” porque además de inspirarse en aquel género, “Tampopo” es en efecto una película sobre fideos. El camionero Goro y su ayudante acuden casualmente a un modesto restaurante donde sirven la tradicional sopa de fideos. En el local los visitantes perciben cierta hostilidad de los parroquianos, pero el imperturbable Goro no piensa dejarse molestar por ningún lío hasta que haya terminado su sopa. No en vano parece ser el único japonés que usa un sombrero de vaquero a todo momento, hasta en la bañera, como comprobaremos después. La dueña del local, la joven viuda Tampopo, impresionada por el aplomo de Goro a la hora de comer, le pide su opinión sincera sobre la sopa que sirve. Goro la califica de mediocre y le corrige un par de errores de cortesía. Tampopo le suplica, agarrada a la puerta de su camión que está por partir, que sea su maestro en los rigores del arte de la sopa de fideos. No sin dudarlo, Goro acepta y entrena a Tampopo en los detalles de la correcta preparación y hasta en la actitud ante el cliente. El cocinero no debe perder de vista la reacción de sus comensales: no hay peor ofrenta que un plato a medio acabar. Tener categoría era lograr que el cliente incline la sopera en total verticalidad. Reverencia que sólo gozan las mejores sopas de Tokio.
Las escenas que van sucediendo paralelas a la trama principal redondean estupendamente la sazón de esta película. Son pasajes que van del costumbrismo al erotismo. La sociedad japonesa retratada desde sus refinamientos en el comer. Tenemos así un ceremonial almuerzo de negocios, que termina en estafa; la solemnidad de quienes ordenan en un restaurante de lujo; una absurda clase de etiqueta donde señoritas niponas aprenden a comer spaguettis con occidentales tenedores; incluso una mujer que muere inmediatamente después de servir la cena familiar. El marido aflijido ordena a sus hijos: “Sigan comiendo. ¡Es la última comida que hizo mamá!. Coman mientras esté caliente”.










“Nada diferencia los recuerdos de los momentos habituales. Sólo más tarde se dan a conocer cuando muestran sus cicatrices.” En una mañana cualquiera, en un aeropuerto de París, un niño observa el rostro de una mujer. De repente, un hombre que corre hacia ella es derribado de un disparo. Pocos años después estalla la III Guerra Mundial y París es destruida. Aquel niño, ahora uno de los sobrevivientes, se aferra al recuerdo de esa mujer como protección ante una memoria desoladora. “La Jetée” (1962) era un corto que hacía de “telonera” a “Alphaville” (1965) de Jean-Luc Godard, el film de Ciencia Ficción de la Nueva Ola francesa, por excelencia. El aperitivo era quizá mejor que el plato fuerte. Una historia de viajes en el Tiempo contaba con la intrepidez formal de quienes querían romper con el pasado.
Iakov Protazanov fue uno de los artistas que abandonó Rusia con la caída de los zares. Su pertenencia a la burguesía y a sus modos de hacer cine, no eran las mejores recomendaciones para prosperar en la nueva nación roja. Sin embargo, Protazanov regresó. En Europa hubiera podido cosechar las frutas del reconocimiento personal, pero eligió ser otro cineasta discreto bajo la hoz soviética, lista para segar la mala hierba ideológica. Pero como con los artistas la desconfianza nunca es suficiente, de alguna manera, Protazanov se salió con la suya. En los primeros años del triunfo de la Revolución, Protazanov filmó la primera película sobre un viaje al planeta rojo. “Aelita” (1924) no hubiera podido nacer simplemente como una pionera representación de una civilización marciana. Los soviéticos no habrían financiado escapismo semejante. Protazanov urde en esta cinta silente un engañoso tejido de metáforas. Las interpretaciones ahora discrepan, pero en su momento “Aelita” fue vista como una crítica al intelectual soñador y, de paso, la exaltación del Comunismo a niveles interplanetarios.
Un extraño mensaje de radio venido del espacio es transmitido a la Tierra, el ingeniero Los es quien lo capta en Moscú. A medida que la obseción de Los por descifrar el mensaje va en aumento, su matrimonio con Natasha, una abnegada enfermera del Soviet, se va desmoronando. Erlich, un aristócrata oportunista, está cortejando a Natasha con éxito inminente. Mientras tanto, en Marte, tenemos a Aelita, la reina de una sociedad totalitaria cuyo proletariado es guardado en refrigeradores cuando ya no es necesario. Tuskub, padre de Aelita, es el tirano que realmente gobierno. Eludiendo prohibiciones, Aelita observa a través de un telescopio marciano la vida humana en la Tierra. Se impresiona de la costumbre de besar y luego fija su atención en el ingeniero Los, que al mismo tiempo ha comenzado a fantasiar con una reina de Marte que lo observa enamorada.
En la interpretación “oficial” de “Aelita” prevaleció la crítica al intelectual de educación burguesa, que en lugar de comprometerse con el rumbo materialista de su pueblo, pierde el tiempo, por ejemplo, soñando con viajar al espacio. El aislamiento y egoismo de Los contrasta con el paisaje general de la película: obreros partiéndose el lomo en levantar construcciones, enfermeras infatigables y masas marchando en conmemoraciones. Mientras tanto el impulsivo Los sólo quiere irse al planeta rojo.
Al mismo tiempo, “Aelita” contiene un ingrediente personal que parece favorecer las interpretaciones menos propagandísticas. Tanto como Protazanov, como Alexei Tolstoi, pariente del famoso León Tolstoi, autor de la novela en la que se basa libremente la película, son hombres que luego de una larga estadía en Occidente optaron por retornar a su patria bajo el nuevo régimen. Ambos, como el ingeniero Los, fueron artistas atrapados entre el Pasado, el individualismo permitido para el intelectural en el tiempo de los zares, y el Presente, donde todo exceso de fantasía era un vicio a erradicar.













